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LA VIRGEN NEGRA DE MADRID

Las denominadas "Vírgenes Negras" suelen tener un tono de color oscuro, generalmente a causa de su antigüedad, aunque algunas están relacionadas con cultos paganos como el de la diosa egipcia Isis, que habría sido asimilado por el cristianismo. Y en los últimos tiempos se las ha asociado con asuntos que conllevan cierto misterio, como los Caballeros Templarios, tan de moda, o los ovnis. En España hay algunas muy famosas, como la Moreneta (la Virgen de Montserrat de Barcelona) o la Virgen de Guadalupe (Cáceres). Pero en Madrid tenemos la Virgen de Atocha, que también pertenece al grupo de Vírgenes Negras. Se ubica en la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, en la Avenida de Ciudad de Barcelona, muy cerca de la Estación de Atocha.

Como es muy habitual, no conocemos los verdaderos orígenes de la escultura madrileña, ni cuando se esculpió o descubrió. Ni falta que hace, que ya los feligreses se encargan de inventarse alguna bonita historia relacionada con su devota Virgen. Y entonces tenemos que tirar de leyenda, que son más divertidas, pero muy poco realistas. De la Virgen Negra de Atocha, la leyenda o el cuento que ha trascendido generación tras generación, desde tiempos inmemoriales, asegura nada más y nada menos fue esculpida por el Apóstol San Lucas, y que la trajeron a la Península los Apóstoles Pedro y Santiago desde Antioquía, de donde no sabemos cómo, derivaría su nombre. Otra versión más creíble es que su nombre procede del árabe "atochar", cuyo significado es "campo de esparto", lo que ya nos suena más, y es en ese campo donde los cristianos encontraron la imagen después de la invasión musulmana, entroncando con las leyendas y tradiciones de esculturas escondidas para evitar su ultraje por los mahometanos y reaparecidas posteriormente de forma milagrosa. La Vírgen Negra de Atocha, por supuesto tiene su propia historia fantástica.

Cuando la trajeron los Apóstoles, la imagen fue depositada en una ermita próxima a la actual Basílica de Atocha. Un caballero de la zona, alcaide de Madrid, que atendía al nombre de Gracián Ramírez, era muy devoto de la Virgen, tanto que cabalgaba hasta la ermita todos los días desde su pueblo cercano a la ribera del Jarama para rezar. Gracián se había retirado con su familia a este pueblo ante la acometida islámica en 711. Recordemos, que eran tiempos en los que los musulmanes ocupaban la región, así que en cierta ocasión en que venía a cumplir con su devoción, vio que la ermita había sido asaltada y la Imagen robada. El caballero pareció volverse loco, maldiciendo a los culpables, que no dudaba eran musulmanes. En ese momento, se desató una gran tormenta, cayendo un rayo en un atochar cercano. En medio del humo, Gracián, que había conseguido dominar a su encabritado caballo, descubrió la Vírgen Morena robada. Como un Orlando furioso y después enamorado, juró que construiría un refugio para la Virgen. Y enseguida se puso manos a la obra, contratando una peonada para hacer el trabajo. El enemigo le seguía de cerca y pensaban que preparaba una acción militar contra ellos, y se adelantaron a la faena: atacaron y mataron al grupo de obreros, aunque Gracián consiguió escapar y volver a su pueblo.

Gracián alertó a sus conciudadanos de que le perseguía una horda de agarenos con intenciones muy poco amistosas, desde luego. La esposa del buen caballero exclamó que prefería la muerte a la deshonra para ella y sus hijas y rogó a su marido que les diese muerte llegado el momento. Y así hizo Gracián, decapitó a los miembros de su familia para evitar que cayesen en manos de los mahometanos, quienes a buen seguro, las hubiesen ultrajado. De noche, atravesando el campamento musulmán, el devoto caballero, haciendo un gran esfuerzo, depositó los cuerpos de su querida familia ante la imagen de la Virgen, suplicó vehementemente su perdón por haber cometido tan terrible y nefando acto, y se volvió por donde había venido antes del amanecer.

Esa misma mañana, los aldeanos dieron feroz batalla sin cuartel a quienes les rodeaban, y a pesar de su reducido número comparado con los atacantes, lograron expulsar de sus tierras a los musulmanes. Gracián volvió a la ermita a rezar a su Patrona, totalmente compungido, y cual sería su sorpresa cuando encontró a su esposa e hijas vivitas y coleando. El único rastro de su violenta muerte era una fina línea de sangre que rodeaba sus níveos cuellos. Le dieron las gracias por su valerosa actitud. La Virgen de Atocha había escuchado sus plegarias y en consecuencia, obrado el milagro.

Felipe II estaba convencido de que la Imegen Negra era milagrosa y obraba numerosos milagros. En 1580 enfermó y como podía, dado su alto rango (por encima de él, sólo estaba Dios), ordenó que le trajesen la escultura a su cama, a ver si mejoraba. No sé si sería milagro o no, lo cierto es que el monarca no falleció hasta casi 20 años después. Felipe IV, también haciendo uso de sus prerrogativas como monarca, se hizo una copia de la llave de la Basílica para poder ir a visitar la misteriosa imagen sin molestar a nadie. Como si eso le importase, a él, al Rey de la católica España. Isabel II también era una gran devota de la Virgen de Atocha, y eso casi el cuesta la vida. El 2 de febrero de 1852 agradeció a la Virgen el feliz alumbramiento de su hija, cuando al volver al Palacio Real, un cura le atacó (otros dicen que fue atacada al salir del Palacio hacia la Basílica). La Reina se recuperó de la puñalada y el sacerdote ejecutado por regic¡dio en grado de tentativa (ver El Cura Merino). En agradecimiento por salvar su vida, hecho que Isabel atribuyó a la intervención divina de la Virgen Negra, obsequió a la Imagen con dos coronas, una para la Virgen y otra para el niño Jesús, además del manto de terciopelo verde que llevaba durante el frustrado atentado.

La Imagen suele llevar ropas y joyas encima, y en algún momento, hubo que serrar algunas partes de la estatua para encajar el vestuario, después de lo cual fue restaurada. Tiene mucha devoción entre los madrileños, es patrona de todos los recién nacidos.

 

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