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LA VERDAD DEL PALACIO DE LINARES

Y ahora lo que parece una historia verdadera y no tergiversada. La familia Murga, la de don Mateo (padre del futuro marqués de Linares) procedía de Burgos, y una rama de ella se asentó durante generaciones en el pueblo alavés de Llanteno, donde se dedicaron a la agricultura y cultivo de viñedos en extensos campos de su propiedad. Esta era la rama a la que pertenecían Mateo Murga y su hijo José Murga, futuro marqués de Linares. Don Mateo se dedicó, además de sus quehaceres como terrateniente, a comerciante y político, una persona muy influyente que adquirió en Madrid casas y solares, hizo de promotor inmobiliario y creó empresas. El típico burgués emprendedor de época decimonónica. Como había dinero de sobra en casa, José pudo prepararse a conciencia, viajando por Europa, aprendiendo idiomas, ampliando estudios. Cuando vuelve a España, en poco espacio de tiempo fallecieron sus padres y sus hermanos (aquí sí que hubiese habido una historia jugosa para alguna mente recalcitrante y retorcida), así que en 1857, se encontró como único heredero de una gran fortuna. Y en junio de 1858 se casa con Raimunda Osorio y Ortega, hija de una familia que había cultivado una íntima amistad con los Murga.

El matrimonio se dedicaba a labores altruistas, y llegaron a fundar instituciones benéficas y hospitales. En 1871, adquirieron el terreno en la esquina de la Plaza de Cibeles, sobre el que edificó poco después la suntuosa mansión que conocemos como el palacio de Linares. La pareja no tenía descendencia, según testimonios documentados de la época, por lo que decidieron apadrinar una niña llamada Raimunda Aguado y Avecilla, Mundita para los amigos. Otra versión asegura que el matrimonio sí que tuvo una hija biológica, alejada por razones desconocidas de la casa paterna y entregada en adopción a un matrimonio jiennense. Si esto fue así, es que los marqueses tenían algo que ocultar, posiblemente, como dice la leyenda, una relación incestuosa, una niña deforme...

Esta niña nació en 1877, era hija única de Federico Avecilla y de Raimunda Aguado (la tercera Raimunda que aparece en esta historia, y conocida como Munda). Lo que no me cuadra es el orden de los apellidos de la pequeña, pues debería llamarse Avecilla y Aguado, según la onomástica española. Federico era abogado y amigo de los Murga, y Munda, tenía amistad con la marquesa (también llamada Raimunda, ojo no nos hagamos líos). Pero en éstas murió el abogado Federico, que dejó endeudada a su familia. Para paliar la situación de las Mundas, viuda y huérfana, los marqueses contrataron a la viuda para trabajar en el palacio. Como Mundita vivía en palacio, junto a su madre, los marqueses se encariñaron con ella, y propusieron apadrinarla a Munda, que aceptó encantada el ofrecimiento. Aquí fue cuando José construyó la casa de muñecas a tamaño real para que jugasen su ahijada y sus compañeros de juegos.

En 1873, los esfuerzos humanitarios del matrimonio Murga habían sido recompensados con el marquesado de Linares por el rey Amadeo I, deseoso de obtener apoyos en tierra hostil. ¿Y por qué Linares? Porque José Murga y su mujer habían fundado allí un importante hospital. Pocos años después, murió la mujer, y después el marido, celebrándose en ambos casos pomposos funerales que salieron en los ecos de sociedad de los periódicos de la época. No hay pues suicidios, ni entierros en el jardín,... El testamento del marqués cedía la mayor parte de sus bienes a organizaciones benéficas, y por supuesto al hospital de Linares, en cuya capilla yacen enterrados sus dos benefactores. Mundita, casada por entonces con Felipe Padierna, conde de Villapadierna, y con quien tuvo dos hijos, heredó en usufructo la mansión de la Plaza de Cibeles. Nada hay pues de paranormal en esta historia.

Eso sí, no se sabe quien fue exactamente el padre de la marquesa, pues en la documentación del desposorio, en los datos de la esposa aparece la frase "hija de Benita Ortega Aguirre y de padre incógnito". Para los observadores más insidiosos y retorcidos, es la prueba palpable de que Mateo fue padre no solamente del marqués, sino también de la marquesa, y que por tanto, fue una relación incestuosa. Pero hay personas que se han puesto a estudiar en serio el asunto y no creen en la paternidad de Mateo Murga, y postulan la hipótesis que la marquesa Raimunda Osorio y Ortega fuese hija de Manuel Osorio, posiblemente hijo de Vicente Osorio de Moscoso, Marqués de Astorga. De hecho la marquesa siempre mantuvo el apellido Osorio.

El palacio, que durante años perteneció a Mundita, fue vendido en varias ocasiones, y poco a poco fue perdiendo el lustre original, cayendo en un estado de conservación lamentable. En 1988 fue comprado por Emiliano Revilla, empresario famoso por sus fábricas de charcutería y por tener que haber tenido que soportar un larguísimo secuestro a cargo de los terroristas etarras. Después de su secuestro cedió la mansión al Ayuntamiento de Madrid a cambio de un valioso terreno cercano a la M-30. A partir de ahí comenzó la restauración del inmueble, que alberga desde 1992 la Casa de América, centro madrileño del arte, historia y cultura latinoamericana. La casa de muñecas anexa suele albergar exposiciones.

¿De dónde salieron los rumores sobre la existencia de fantasmas? ¿De algún vigilante aburrido de hacer guardias nocturnas durante las obras? ¿Algún periodista sin ningún buen reportaje que echarse a la boca y que se inventó, coma por coma, la truculenta historia, aprovechando las obras de restauración del viejo edificio? El 4 de junio de 1990, en medio de la vorágine espectral, el Ayuntamiento madrileño permitió que una legión de los denominados "parapsicólogos" intentasen grabar u obtener pruebas de las presencias del más allá en el inmueble. Desde luego, acogotados ante tanta gente, los fantasmas se mostraron remisos a mostrar sus encantos, o desencantos, fracasando estrepitosamente la investigación.

Y lo que acabó de desacreditar todo el montaje fue el hecho de que las supuestas psicofonías grabadas por la "Doctora" Carmen Sánchez Castro resultaron ser falsas. De hecho, esta persona resultó ser una estafadora, y fue detenida por la policía, por ejercer de psicóloga sin haber obtenido título. El caso del palacio de Linares pasó a ser una leyenda urbana, de las muchas que se cuentan por ahí, sin un origen determinado, pero que no obstante, sirven para divertir al público.

 

© by Diego Salvador desde 2006