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LA MADRIGUERA DEL INTRUSO

El título ha quedado un tanto exagerado, pero al menos es un literal que atrae la atención del lector. La madriguera se refiere a un túnel que construyó el rey José I Bonaparte, el Intruso, Pepe Botella, el Rey Plazauelas. En fin, apodos, lo que se dice apodos, no le faltaron a un monarca que puso lo mejor de sí mismo para acometer una tarea que le había impuesto su todopoderoso hermano el Emperador, y para la que el propio José no estaba muy seguro de estar preparado y poderla llevar a buen fin.

Una vez que Napoleón nombró rey de España a su hermano, éste se instaló en el Palacio Real a partir del 20 de julio de 1808, es decir, una vez superada la tensa situación que desembocó en los acontecimientos del 2 y del 3 de mayo. Se superó a base de fuerza, la fuerza que el comandante napoleónico en Madrid, Murat, impuso al pueblo sojuzgado. Demasiada violencia, pensaría Napoleón, que sustituyó a su irascible mariscal por un más relajado José.

Las intenciones del nuevo soberano eran de carácter positivo, y desde el principio intentó mejorar el aspecto y las infraestructuras de la capital, aunque la manera en que le había sido impuesto al pueblo de Madrid, ocasionó el rechazo y el odio visceral de los madrileños. Por mucho que se esmerase en nuevo monarca, se le calumniaba y se le insultaba gravemente. El mote de Pepe Botella le acusaba de ser un borracho, algo que no era cierto en modo alguno, pues José era persona moderada. También le llamaron Rey Plazuelas, por las beneficiosas ordenanzas municipales que promulgó en el sentido de derribar viejos edificios tanto civiles como religiosos para abrir plazas, y de paso sanear un poco el irrespirable aire madrileño que se generaba, insano, pleno de miasmas, en el laberinto de callejuelas próximas al Palacio Real. La Plaza de Oriente y la de Ramales fueron espacios abiertos en época del monarca francés.

José I reinó entre 1808 y 1813, pero su autoridad pendía siempre de un hilo, y por ello encargó, en cuanto llegó a su residencia oficial, al arquitecto Juan de Villanueva, alguna ruta secreta por la que escapar de Palacio rápidamente y sin ser visto si las cosas se ponían feas, algo bastante factible y probable en el Madrid napoleónico.

Villanueva estudió el asunto y llegó a la conclusión de que el trayecto más rápido para salir por patas era construir un camino directo y en línea recta, que saliese desde la fachada oeste del Palacio Real (la que da al Campo del Moro), cruzase el río Manzanares y llegase hasta la Casa de Campo. La vía pensada por Villanueva no era fácil: había que construir un puente, cruzar la Avenida de la Virgen del Puerto, elevada artificialmente para proteger el Palacio en el improbable caso de desbordamiento del río.

La solución era excavar un túnel que atravesase la Avenida, levantar una calzada sobre la que se alzaría una galería cerrada de madera, hasta el inicio del futuro puente que salvase el río. Dicho y hecho. En 1810 se excavó el túnel, y casi después se edificó un puente de madera, provisional y de poca anchura. Como Villanueva falleció un año después, no terminó la "ruta de huida". Curiosamente, Fernando VII, que consideró la idea de su predecesor aplicable a él mismo, ordenó finalizar la ruta de huida, que llevó a cabo un alumno de Villanueva, Isidro González.

La entrada al túnel de Bonaparte se puede ver hoy día desde el Campo del Moro, justo debajo del acceso por el Paseo de la Virgen del Puerto: un gran arco con puertas de madera y cristales opacos. La salida del pasadizo está emplazada al otro lado del paseo junto a rampas peatonales resultantes de la gran reforma urbanística de la zona acometida en 2011 por el faraónico alcalde Alberto Ruiz Gallardón. El lugar está señalado con su preceptiva placa, pero no se puede visitar aunque ya se ha construido un vestíbulo en su interior con infraestructuras divulgativas que explican la evolución y la historia del área. Pero el presupuesto, como siempre que hay época de crisis, no da para los asuntos culturales. Gran error.

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