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Ni puerta ni sol
Un Fuenteovejuna lozoyano
Mayrit y los viajes de agua
La morada del Diablo
Las uvas de la suerte
El Kilómetro Cero
La odisea de la Mariblanca
La osa y el arbustillo
Socialistas entre Soldaditos de Pavía
Lhardy, 5 tenedores
El origen de la Plaza de Santa Ana (y otras hierbas)
El origen de las tapas
Regalía de aposento y casas de malicia
Un cementerio en la Plaza Mayor
El chaflán del monje
Autos de fe en la Plaza Mayor
La sangre de San Pantaleón
El Héroe de Cascorro
Vida de San Isidro Labrador
Más milagros de San Isidro Labrador
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La Virgen de la Paloma
Los reyes godos
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El dilema de los huesos de Don Diego
Los Gatos de Madrid
La Virgen de la Almudena
Las murallas de Madrid
Atentado anarquista en Madrid
Madrid, puerto de mar: primera parte
Madrid, puerto de mar: segunda parte
La madriguera del Intruso
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El fantasma de la casa de las Siete Chimeneas
Atis y Cibeles
Los leones de la Cibeles
La leyenda del Palacio de Linares
La verdad del Palacio de Linares
El Ángel Caído
La Casa de Fieras
La Puerta de Alcalá
Románico en El Retiro (y en otros lares)
La Calle de Alcalá, cañada real
La Virgen Negra de Madrid
El extraño caso del Dr. Velasco
El extraño caso de la hija del Dr. Velasco
Los pabellones del Campo del Moro

 

 

LOS REYES GODOS

En la plaza de Oriente, la que abrió a la fuerza para oxigenar la zona, el rey "intruso" José I Bonaparte (mejor gobernante que muchos nacionales, desde luego), podemos observar en sus jardines dos hileras de estatuas que dan la sensación de estar inacabadas, en piedra blanca y que representan ignotos reyes y reinas peninsulares. Hay 8 figuras más en los Jardines Sabatini, a la derecha del majestuoso Palacio Real. Hay 13 más y parecidos a éstas en el parque del Retiro, en el denominado Paseo de Argentina. Otras 6 frente al antiguo Ministerio del Aire. ¡Pero es que hay todavía más del mismo pelaje! En San Fernando de Henares podemos encontrar una de ellas, 2 en el Monasterio de El Paular, y ya fuera de la Comunidad de Madrid, 6 en Toledo, 8 en Burgos y 8 en Pamplona, y 4 en Vitoria. En total hay más de 100 diseminadas por la geografía española.

Acercarnos un poco simplemente a las esculturas, podemos observar que están como sin acabar, en absoluto refinadas y poco detallados sus rasgos y ropajes. Y no parece que se hiciesen cuerpos y cabezas a la vez. Tampoco es de recibo que Carlos III encargase un trabajo de tanta envergadura a escultores principiantes y mediocres. Pero sí que se hicieron para ser admiradas a distancia, a gran distancia.

Durante la remodelación y ampliación del Palacio Real, en tiempos de Carlos III, el encargado de la obra, al arquitecto italiano Francesco Sabatini se le ocurrió la megalómana idea de coronar la cornisa del palacio con estatuas de las reinas y reyes que gobernaron los distintos reinos cristianos peninsulares desde el mismísimo Ataulfo, primer rey visigodo de Hispania, hasta los reyes del siglo XVI.

Al Rey le agradó la idea, y 20 escultores abordaron la excepcional tarea. En principio se previó esculpir 112 figuras. Cuando el trabajo estaba hecho, había que subirlas a la cornisa del Palacio. Pero la cosa se acabó ahí, y no porque fuese técnicamente imposible, sino porque la madre del Rey, la supersticiosa Isabel de Farnesio se opuso, porque había tenido una pesadilla recurrente relacionada con tan magna empresa. Vio en sueños que un terremoto sacudía Madrid y que las estatuas caían de su emplazamiento aplastando a la reina, quien ante lo vívido de las ensoñaciones, se convenció de que eran malos augurios (o su propia muerte o la caída de la monarquía), y rogó a su hijo que desistiera del proyecto. Carlos III así lo hizo, no pasó nada, aunque dejó algunas estatuas en la cornisa, y ordenó almacenar la mayoría en los subterráneos de palacio.

Este hecho podría tratarse de una leyenda urbana, porque se ha pensado que lo que pasó en realidad es que alguien se dio cuenta de que el enorme peso añadido de 112 estatuas a la cornisa podría suponer una pesada carga para el edificio. O que el efecto estético de esos meños de piedra allá en lo alto no fuese todo lo artístico que hubiese deseado Sabatini. El hecho es la mayoría de las estatuas nunca a tamaña altura.

Isabel II, en 1842 mandó sacar algunas estatuas de su lugar de reposo para distribuirlas por todo Madrid, pues era una lástima desperdiciar tanto trabajo realizado. Como todavía quedaban figuras en los subterráneos, se repartieron a las ciudades antes reseñadas, pero no sabemos si las pidieron o no. LO que sí es cierto es que apechugaron con ellas, de buen grado o no.

 

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