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MADRID, PUERTO DE MAR: PRIMERA PARTE

El río Manzanares, el riachuelillo que pasa por Madrid ha sido desde siglos denostado y ridiculizado por todos, nacionales y extranjeros. No es un río acorde con una capital de la categoría de Madrid. Y esta realidad innegable ha sido a veces una pesadilla para algunos reyes, que han tratado por todos lo medios de tener su propio puerto de mar en la capital. ¡Pues faltaría más!

A comienzos del siglo XX, un concejal de Madrid pronunciaba un discurso en donde notificaba las estadísticas de la gente ahogada en el Manzanares a su paso por la capital. Y, ufano, lo hacía lleno de orgullo, pues habían perecido 29 personas ahogadas ¡más que en el Sena parisino! con lo que el ilustrísimo personaje daba a entender que el río no era tan poca cosa, sino que era caudaloso e importante, tanto como para lograr haberse cargado a tanta gente, pero olvidaba a conciencia comentar que los ahogados lo fueron porque al zambullirse, y debido a la escasa profundidad, se dieron de morros contra las piedras del fondo y se ahogaron.

Pero dejemos de insultar a nuestro pequeño gran río, que tiene un recorrido de más de 60 km, y en cuyas riberas se desarrollaron los primeros asentamientos humanos de Madrid, algo lógico por otra parte. De las excavaciones efectuadas en los yacimientos paleolíticos y neolíticos de las Terrazas del Manzanares se han extraido numerosos datos que afectan a la manera de vivir de nuestros más remotos ancestros.

El maestro de maestros Francisco de Goya ha pintado en múltiples ocasiones el río dentro de sus celebrados cuadros, como Baile a la orilla del Manzanares o La pradera de San Isidro, de ambiente cortesano muy festivo y tan alejado de otras obras suyas posteriores, cuyo carácter sombrío describe incisivamente el sentir de todo un país, como las series de Los Desastres de la Guerra y Los Caprichos. Metidos en temas más prosaicos, durante siglos se ha lavado y secado la ropa de miles de madrileños, y durante la Guerra Civil del 36, el río fue frontera entre el Madrid republicano y los franquistas que asediaban la capital.

Felipe II había elegido Madrid como capital precisamente por su carácter céntrico y la posibilidad de acceso equidistante desde los diversos puertos marítimos de la Península, que abastecían de mercancías a una ciudad que cada vez se expandía más y más. El problema estribaba en transportar los productos que desembarcaban en el litoral hasta el centro de la Meseta, vamos, hasta Madrid, lo que se traducía en que la vida en Madrid podía ser tan cara como en las grandes metrópolis europeas, como París o Londres. Por ello se necesitaba convertir Madrid en puerto de mar, lo cual se intentó, a pesar de que con el tiempo se demostró que era inviable.

El primer proyecto de convertir el poblachón manchego en puerto de mar data del siglo XVI, cuando Madrid era el centro de un gran imperio donde no se ponía el sol, como había dicho Felipe II. La flota de Indias transportaba (si el corso europeo, ávido de hincar el diente a tanta riqueza procedente del Nuevo Mundo, lo permitía) oro, plata y especias de América, pero sólo llegaban a Cádiz, Sevilla (puerto fluvial), Sanlúcar y Lisboa (por entonces Portugal formaba parte del imperio español). Y entre que muchas mercancías se quedaban allí, en manos de los comerciantes locales y extranjeros que estaban al quite y en donde el contrabando estaba a la orden del día, las mercancías que iban hacia Madrid se encarecían notablemente debido al sobreesfuerzo que suponía su transporte terrestre. Los caminos desde Cádiz a Madrid estaban en bastante mal estado y había que sortear numerosos peligros, entre los que los bandoleros de Sierra Morena no eran de los menores.

Ya Felipe II, consciente de tales dificultades, contrató a un osado italiano que había propuesto al monarca la solución al problema del abastecimiento de Madrid: abrir una ruta navegable que uniese el Atlántico con la capital. El nombre de tal emprendedor era Juan Bautista Antonelli, un arquitecto e ingeniero que había trabajado para la Corona construyendo fortificaciones en Cartagena, Orán y Gibraltar y en El Morro de Puerto Rico. Su plan pasaba por ensanchar el río Tajo desde Lisboa para hacerlo navegable hasta Madrid. La conexión sería a través de la desembocadura del Jarama en el Tajo, y a su vez, en la confluencia del Manzanares con el Jarama, donde desemboca nuestro arroyuelo.

Antonelli ideó toda una serie de complicados diques, esclusas, compuertas y demás infraestructuras pertinentes para tan alocado plan, que se construirían en las riberas de los ríos mencionados, y con el ensanchamiento de puentes existentes, los barcos de Indias subirían como Pedro por su casa desde Lisboa a Toledo, a sólo 70 Km de Madrid, y desde la antigua Urbs Regia, hasta el Manzanares. Pero claro, además había que conectar Toledo con nuestro río particular. Antonelli aseguró al Rey que estaba preparado para emprender tan magno proyecto, y que dependía de un buena partida del presupuesto real. Felipe II creyó en todo lo que le dijo el ingeniero, y dio luz verde. Antonelli se puso manos a la obra, dibujó planos y más planos y realizó un trabajo de campo sorprendente en el que aprovechando el elevado caudal del Manzanares en aquella estación, logró llegar en una canoa de remos prácticamente desde Madrid a Lisboa. Pero llevar barcos parecía harina de otro costal.

Las primeras obras dieron excelentes resultados, realizándose trabajos de infraestructuras entre las ciudades de Abrantes y Alcántara. Parecía que la cosa marchaba, pero el proyecto fracasó, y no por razones técnicas, que eso nunca lo sabremos. Felipe II se había empeñado en invadir Inglaterra y se había enfrascado en el proyecto de la Armada Invencible, que precisaba de un enorme presupuesto para ponerlo en marcha. Ya sabemos lo que ocurrió después. En 1588, la flota española fracasó y constituyó el mayor desastre naval sufrido por España en su historia.

Antonelli murió poco después de la derrota, no sabemos si por el berrinche de no poder llevar a cabo su megalómano proyecto o porque ya le tocaba, pero dejó a su primo todos los detalles del plan con las soluciones al problema peliagudo de la navegabilidad del Tajo. A pesar del interés del sucesor de Antonelli, que expuso sus planes a un desilusionado Felipe, el rey había perdido todo interés por el proyecto: apenas quedaban barcos que surcasen el Tajo hacia Madrid, y por supuesto, el desastre de la Invencible había supuesto la bancarrota de las arcas reales. La unión del Atlántico con Madrid fue una idea que se abandonó, al menos de momento...

 

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