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EL ORIGEN DE LA PLAZA DE SANTA ANA (Y OTRAS HIERBAS)

La plaza de Santa Ana, como otras muchas de Madrid, no existía a comienzos del siglo XIX, ya que Madrid era un abigarrado conjunto de callejuelas estrechas e insalubres. La creación de las plazas se debió fundamentalmente a la demolición de viejos conventos y monasterios, quizás por la caída en picado de las llamadas de Dios a los feligreses y de la devoción popular.

Lo malo es que esta tarea de ir cargándose edificios religiosos partió de un extranjero, que entonces no supo la que había armado en el profundo espíritu religioso del pueblo madrileño (y en su corazoncito). Este extranjero, no podía ser otro, era José I Bonaparte, nada más y nada menos que el hermano liberal de Napoleón Bonaparte, emperador de Francia. Gobernó como pudo, más bien que mal, a nuestro juicio, porque al que venía detrás había que darle de comer aparte, el muy nefasto "Deseado". El reinado de José I se extiende durante un quinquenio, el que va desde 1808 a 1812, y como buen Rey Plazuelas, como le denominó el malicioso populacho madrileño, creó, entre otras, la Plaza de Santa Ana, la Plaza del Rey, la Plaza de la Cebada, la Plaza de Isabel II y la (super) Plaza de Oriente. Como vemos el apelativo de Plazuelas está plenamente justificado. No tanto el groserillo mote de Pepe Botella pues poco empinaba el codo el noble hermano del pequeño corso que cambió el mundo, o estuvo en un tris de hacerlo.

D. Juan Álvarez Mendizábal (sí, ése de la desamortización, ése) era un financiero radical masón y algunos dicen que hasta judío (¡ay, si le hubiese echado Franco el guante a tan proceloso personaje!), y además Presidente del Gobierno de España (liberal, of course) cuando en 1835 hizo confiscar las propiedades de la Iglesia, esas manos muertas, para sanear, dijo, las maltrechas arcas del Estado (¿les suena? lo de las maltrechas arcas estatales, digo...). Para ello procedió a subastarlas, recaudando de esta forma algo de dinero para la pobre Corona, y además pudo airear aún más el estrecho y angustioso conglomerado de callejuelas del viejo Madrid. Así que ni corto ni perezoso, Mendízábal se cargó en sólo seis meses, 17 conventos y monasterios, que quedaron reducidos a escombros. Y de nuevo, como ya había hecho el Rey Plazuelas, buena parte de Madrid fue convertido en plazas, que permitían respirar de cuando en cuando, cuando uno salía del laberíntico mar de callejas que asfixiaba la urbe capitalina. En este caso, la más grande fue la de Tirso de Molina.

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