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LA LEYENDA DEL PALACIO DE LINARES

En 1990 comenzaron las obras para transformar el ruinoso y decadente Palacio de Linares, ubicado en la esquina noreste de la madrileña Plaza de Cibeles , en la sede de la futura Casa de América.

Y de buenas a primeras y sin saber nadie la razón, alguien comentó a los ávidos medios de comunicación madrileños, que trabajadores y vigilantes nocturnos hablaban de extraños sucesos que ocurrían de madrugada: puertas que se abren y se cierran sin que medie mano humana, el ruido de los pasitos de un niño, y hasta gemidos y chillidos desgarradores. Algunos de estos fantasmagóricos (pues todo el mundo pensó en lo mismo) acontecimientos salían de la casa de muñecas a tamaño real adyacente a la fachada principal del propio palacete, un costoso juguete que el propietario original del inmueble, el Marqués de Linares, había hecho construir para su hija biológica según la versión legendaria, adoptiva según la verídica.

Poco después de que estos acontecimientos fuesen publicados en la prensa local, comenzaron a acudir al inmueble, una caterva de parapsicólogos, médiums e investigadores de sucesos paranormales, entre ellos la doctora Carmen Sánchez Castro, parapsicóloga, que afirmaba haber grabado en el edificio siniestras voces de ultratumba, las denominadas psicofonías por los especialistas en estos tenebrosos asuntos.

La doctora Sánchez se hizo famosa en aquellos momentos, pues dijo haber grabado una frágil voz, procedente de una madre fallecida hacía más de 100 años y que acusaba a los marqueses de asesinato. Se interpretó así lo que decían las misteriosas voces:

Mi hija descansa. Mi hija Raimunda. Nunca oí decir mamá. ¡Asesinos, asesinos! Estamos aquí para la eternidad.

¡Esto promete!, debieron de pensar algunos periodistas madrileños, que intuyendo carnaza, se lanzaron a publicar en los medios de la capital, todo lo que habían oído, convenientemente adornado y aderezado, poniendo, por supuesto algo de su personal cosecha. Cada día surgía una nueva y más morbosa versión de los supuestos hechos sucedidos en el tétrico palacio hacía más de un siglo. ¡El público pagaría gustoso cuantas más supercherías mediáticas fuesen publicadas! Menudo revuelo se armó al respecto: acusaciones de incesto, espeluznantes historias de un bebé deformado ahogado en una bañera,...¡Quién da más!¡Rien ne va plus!

Pero no había más que historias inventadas que se superaban unas a otras. Las psicofonías de Cramen Sánchez resultaban confusas. En un incorregible maremágnum, se habían confundido datos reales, los nombres de los protagonistas no coincidían con los verídicos y las biografías del marqués y de su esposa se mezclaban en un confuso mar de versiones lo más sensacionalistas posibles, a la mayor gloria del amarillismo patrio. Nada que envidiar a los tabloides británicos, que son los que parecen gozar en el mundo de más justa fama.

Vamos a ver el cuento que surgió de la incongruencia periodística de la época, de esos comienzos de los años 90 del siglo XX. La verdad es que la cosa pintaba bastante siniestra. Mateo Murga era padre del futuro Marqués de Linares, José, a quien había educado de forma liberal, aconsejándole que cuando se casase, lo hiciese por amor. José se enamoró de Raimunda, mujer de clase baja. Presentó a su prometida a su padre, pensando que su baja extracción social no sería impedimento para un feliz matrimonio. Inexplicablemente, don Mateo entró en cólera y mandó a su hijo a estudiar a Inglaterra, esperando se olvidase de aquella mujer. El hijo no entendía nada, tan liberal que parecía su progenitor, y ahora mira...

Murió don Mateo, José regresó de su particular exilio, se casó con Raimunda, y al poco nació su hija Raimundita. José construyó el palacio de Linares y para complacer a su hija, le construyó la casa de muñecas a tamaño real que podemos observar en la parte delantera del jardín de la finca. Todos parecían muy felices. Pero la felicidad no es noticia, debieron pensar algunos avispados redactores de la prensa local. Nada hacia presagiar el brusco giro que dio la vida para nuestros personajes (a juicio de los periodistas que se inventaron el embuste). José encontró una carta de su padre, que no le pudo ser enviada debido a su fallecimiento. En ella le explicaba que Raimunda, la esposa de José era fruto de una aventurilla de don Mateo con una mujer que trabajaba en la Fábrica de Tabacos de Madrid. Y al casarse con José, se había producido incesto. Por eso el anciano había reaccionado como lo hizo. Además, para terminar de liar la cosa, los dos medios hermanos habían concebido una hija, Raimundita.

Según las versiones más tétricas, la niña nació enferma y deforme a causa de la incestuosa relación, justamente castigada por el Señor. Otras aseguraban que José llevó su caso al propio Papa León XIII, que se apiadó del hombre (y la mujer, no olvidemos que la pareja es cosa de dos) y emitió una bula papal que permitía convivir a la pareja bajo el mismo techo, pero de forma casta, como correspondía a dos hermanos. Esta es la versión amable que se publicó, porque luego hay otra que raya en los cuentos de terror en la mejor tradición de Edgar Allan Poe.

Vean si no la versión más morbosa, la que dio más que hablar: la pareja se cargó a su hijita, horrorizados por su pecado. El bebé es ahogado en una de las bañeras de la lujosa mansión, aunque otros afirman que fue emparedada en un muro cercano a la casa de muñecas gigante. Como les decía, alguien era un forofo de Poe. Tras el infanticidio, la pareja se separó, aunque continuaron viviendo en el palacio, pero en alas separadas. La rumorología siguió añadiendo leña al fuego, en este caso, a la tremebunda historia. Muchos años después de los terribles acontecimientos acaecidos entre sus muros, la marquesa falleció, y José, desesperado, se suicidó, dejando escrito que enterrasen su cuerpo en el mismo jardín de la mansión. No es de extrañar con hechos tan tremebundos surgiese una buena historia de fantasmas. ¡Los periodistas y los parapsicólogos la habían armado bien armada! Pero ayudó a entretener al público, ávido de emociones fuertes, aquel verano de 1990. Continuará...

 

© by Diego Salvador desde 2006