| Inicio | Contacto | Viaje por España | Revista Historia | Biblioteconomía | Noticias carpetanas | Madrid críptico | Blog |

Ni puerta ni sol
Un Fuenteovejuna lozoyano
Mayrit y los viajes de agua
La morada del Diablo
Las uvas de la suerte
El Kilómetro Cero
La odisea de la Mariblanca
La osa y el arbustillo
Socialistas entre Soldaditos de Pavía
Lhardy, 5 tenedores
El origen de la Plaza de Santa Ana (y otras hierbas)
El origen de las tapas
Regalía de aposento y casas de malicia
Un cementerio en la Plaza Mayor
El chaflán del monje
Autos de fe en la Plaza Mayor
La sangre de San Pantaleón
El Héroe de Cascorro
Vida de San Isidro Labrador
Más milagros de San Isidro Labrador
El cuerpo incorrupto de San Isidro Labrador
La Virgen de la Paloma
Los reyes godos
El frágil equilibrio de Felipe IV
El dilema de los huesos de Don Diego
Los Gatos de Madrid
La Virgen de la Almudena
Las murallas de Madrid
Atentado anarquista en Madrid
Madrid, puerto de mar: primera parte
Madrid, puerto de mar: segunda parte
La madriguera del Intruso
...son de Doña Manolita
El fantasma de la casa de las Siete Chimeneas
Atis y Cibeles
Los leones de la Cibeles
La leyenda del Palacio de Linares
La verdad del Palacio de Linares
El Ángel Caído
La Casa de Fieras
La Puerta de Alcalá
Románico en El Retiro (y en otros lares)
La Calle de Alcalá, cañada real
La Virgen Negra de Madrid
El extraño caso del Dr. Velasco
El extraño caso de la hija del Dr. Velasco
Los pabellones del Campo del Moro

 

 

LOS LEONES DE LA CIBELES

La celebérrima fuente de La Cibeles, tantos años injustamente macillada por los forofos futboleros de uno de los equipos de fútbol capitalinos punteros, representa a la Diosa Madre de la Tierra, y a dos leones que tiran como pueden del pesado carro. Lo de los leones es pura mitología griega. Veamos que contaban esos fabulosos "cuentistas" helenos, grandes en verdad en este arte, como en otros muchos.

Hace muchos, muchos años, en una época mítica, nació Atalanta, abandonada en el bosque por el simple hecho de ser hembra, algo que a su padre, como a otros muchos de entonces (y de ahora también, sobre todo en determinadas culturas), no le gustó ni un pelo, pero, cobarde él, no se atrevió a matarla con sus propias manos, y prefirió que la naturaleza lo hiciera por él. Pero la Tierra tenía sus propios designios, y estaba escrito que la chiquilla no muriese, y en éstas, una osa alimentó a la bebé como si fuera uno de sus propios hijos. Atalanta creció sana y sobrevivió al entorno hostil. Era una experta cazadora, manejaba el arco y las flechas como el troyano Paris y corría más rápido que Usain Bolt, a quien dejaría en mantillas si se enfrentasen en unos Juegos Olímpicos.

La chica, desde luego, era de armas tomar, no en vano se había criado en el bosque pegándose con todo y con todos por salir adelante. Una vez, unos centauros la hicieron propuestas indecentes, y Atalanta, ni corta ni perezosa, se los quitó de encima a flechazo limpio. Años más tarde, los hombres olvidaron su sacrificio anual a la diosa Artemisa, que, en buena lógica, se enfadó y les manó a los irreverentes olvidadizos un terrible jabalí para que les "colmillease". El animalito, conocido como el jabalí de Calidón, se puso a la faena, arrasó cosechas, mató gente, y se lo pasó en grande aterrorizando aldeas. Pero ahí estaba Atalanta, que se puso delante del bicho y le asaeteó sin compasión, acción heroica que provocó el retorno de su padre, que, a buenas horas, mangas verdes, quiso reconciliarse con la hija abandonada. Y encima vino con urgencias, pues deseaba que se casase, algo a lo que Atalanta, acostumbrada a la libertad, no estaba demasiado dispuesta, pues ya sabemos como se las gastaba el pueblo griego con sus mujeres, consideradas poco menos que criadas y máquinas de parir.

No obstante, la petición de su padre dio que pensar a la cazadora, que consultó con un oráculo, quien la advirtió severamente de que se transformaría en un animal si se casaba. Lo que le faltaba a la pobre, quien puso todo tipo de trabas a su padre y a los escasos pretendientes que pretendían cortejar a tan arisca damisela con tal de no pasar por vicaría. Por fin llegaron a un compromiso, después de muchas discusiones: como Atalanta era veloz como el viento, y segura de su invencibilidad en la prueba, sólo se desposaría con el hombre que la ganase una carrera. Y para más inri, si el contrincante perdía la carrera, debía perder además la vida. Con lo que el asunto no era ninguna bicoca, por muy bella y oronda que fuese la chica.

Aún así, y como hay gente para todo, pretendientes hubo, que pagaron con su vida la osadía de retar a tan formidable velocista. Pero héte aquí que Atalanta conoció a la horma de su zapato. El joven Hipómenes se enamoró locamente de ella, y le importó un rábano lo que hubiese que hacer para desposar tan magnífica hembra. Eso sí, conocedor de que no era capaz de vencer en carrera de velocidad, se encaminó al Olimpo, la morada de los dioses, y pidió consejo a Afrodita, diosa del amor, que con tal de difundir tan noble (y alocado) sentimiento en la Tierra, era capaz de todo. Así que la bella inmortal le dio a Hipómenes tres manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, para que el enamorado las utilizase como mejor considerase en la prueba final. Y final era, sin duda, ya que si fracasaba, ya conocía su fatal destino.

Llegó el día de la competición. En cuanto comenzó la prueba, Hipómenes se puso en cabeza. Atalanta no podía permitir tamaña afrenta y corrió lo más deprisa que pudo, pero cuando estaba a punto de alcanzar a su contrincante, y sin embargo enamorado pretendiente, éste dejaba caer en la pista una de las manzanas de oro. Atalanta, incapaz de contener su avaricia, se paraba para recoger el tesoro, y así ocurrió con las otros dos frutos dorados. Atalanta perdió, por codiciosa y se vio obligada a cumplir su promesa y desposarse con el flamante vencedor.

El matrimonio fue un éxito, y Atalanta terminó enamorándose de Hipómenes, olvidando la profecía que el oráculo había hecho. Mal hecho, porque siempre se cumplen, de una u otra manera. Un día, los dos jóvenes cazaban, y decidieron hacer un alto en un templo de Zeus, padre de los dioses. Fogosos y jóvenes como eran, comenzaron a folgar en tan sagrado lugar, algo que no gustó al licencioso Zeus (¿saben aquello de en casa del herrero, cuchillo de palo? pues exacamente igual), que decidió castigarlos por su descomunal sacrilegio, aunque igual es que le dio envidieja: convirtió a ambos en leones para siempre. Cibeles pasaba por allí, y enganchó a ambos amantes leoninos a su carro para que pudiesen estar siempre juntos. En el fondo, Cibeles era una sentimental.

El escultor de la fuente madrileña transformó a los leones en dos machos, como demuestran sus largas melenas. Quizás Zeus se excedió, pero los había transformado en león y leona, para que pudiesen continuar sus actos amorosos. ¿Conocía el escultor la leyenda? ¿Fue más maquiavélico que el propio Zeus? ¿O le pareció más artístico poner dos leones melenudos tirando del carro de la Diosa de la Tierra? Pues la verdad es que no lo sabemos. Lo cierto es que ahí están los dos leones macho.

Lo que tampoco deben conocer demasiadas personas, es que existe una réplica de nuestra diosa particular en el centro de la Ciudad de México, inaugurada el 5 de septiembre de 1980 por el presidente mexicano López Portillo y nuestro campechano alcalde Tierno Galván, regalada por el consistorio madrileño como símbolo de hermanamiento entra ambas urbes.

 

© by Diego Salvador desde 2006
d