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Ni puerta ni sol
Un Fuenteovejuna lozoyano
Mayrit y los viajes de agua
La morada del Diablo
Las uvas de la suerte
El Kilómetro Cero
La odisea de la Mariblanca
La osa y el arbustillo
Socialistas entre Soldaditos de Pavía
Lhardy, 5 tenedores
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El origen de las tapas
Regalía de aposento y casas de malicia
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Madrid, puerto de mar: primera parte
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Románico en El Retiro (y en otros lares)
La Calle de Alcalá, cañada real
La Virgen Negra de Madrid
El extraño caso del Dr. Velasco
El extraño caso de la hija del Dr. Velasco
Los pabellones del Campo del Moro

 

 

LAS UVAS DE LA SUERTE

El Reloj que corona el edificio de Gobernación de la Puerta del Sol (ya saben, la antigua Casa de Correos) es el protagonista absoluto una vez al año, cuando se dan las campanadas que celebran la muerte del año ya concluido y el nacimiento del nuevo. En ese momento mágico (y trágico para el que se va, el Año Viejo), la bola dorada desciende, justo antes de la primera campanada de la medianoche del 31 de diciembre, marcando la venida del Año Nuevo, que todo el mundo espera siempre, en función del optimismo irredento de los seres humanos, que sea mejor que el anterior, o por lo menos igual, como declaman algunos menos optimistas (ya saben, el dicho aquél que dice "Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy).

La Puerta del Sol madrileña se llena ese día de un montón de gente armada con botellas de vino espumoso (cava, champán o como quiera que sea la denominación de origen, que para todo hay), petardos, y el resto del cotillón. Y por supuesto. de la tradicional bolsita de doce uvas, las uvas de la suerte, que no de la ira. Pero esta tradición de las doce uvas no es tan antigua, pues data tan solo de comienzos del siglo XX.

Concretamente, corría el año del Señor de 1909, en el que se produjo una excelente cosecha de uvas durante el otoño, de tal forma que a finales de año existía un gran excedente de este fruto. Para evitar que se estropeara, muchos productores de uva decidieron repartir gratuitamente muchos racimos a la gente congregada en la Puerta del Sol el 31 de Diciembre, y en ésas estábamos cuando a algún lumbreras, una persona anónima, eso sí, se le ocurrió la idea de tragar una uva por cada campanada del reloj de Gobernación a las 24:00. La idea o el reto de conseguirlo se extendió como un reguero de pólvora entre la multitud, y todo el mundo anduvo en un sí es no de poder ingerir la uva con sus consabidas pepitas, algo que no es demasiado fácil, con el riesgo de ahogo si uno se traga una de ellas.

Actualmente hasta se venden uvas sin pepitas preparadas para la ocasión, a las que también se les ha desprovisto del hollejo, para facilitar aún más su ingesta. Nada que ver con los héroes que se las tragaron esa primera vez de 1909/1910.

A la llegada de 1997, los asistentes a la fiesta de Noche Vieja, pasaron o pasamos todos, un mal trago, más que habitualmente. Ese año las doce campanadas fueron tocadas en tan sólo 18 segundos, en vez de los 36 segundos, con lo que al disminuir a la mitad del tiempo disponible para el mal trago, la cosa se puso difícil. Posteriormente supimos que en años anteriores, y sólo para ese momento de fin de año, se alteraba la velocidad de las campanadas, manipulando el mecanismo del reloj para retrasarlas. Como esta manipulación, que sólo se hacía para acompañar un momento muy determinado del año, podría dañar la maquinaria del reloj, tan sensible ella, se decidió no hacerla en 1997. La protesta se extendió entre gran parte de la población, que aumentaba ese día la probabilidad de fenecer ahogado por un mal trago uvístico, y las autoridades competentes decidieron volver a ralentizar el mecanismo para futuras celebraciones de Fin de Año, aún a riesgo de cargarse el delicado mecanismo del relojito de marras. Eso sí, en lugar de hacerlo de forma chapucera como se había hecho hasta entonces, echaron mano de las nuevas técnicas para evitar en lo posible tamaño desafuero.

 

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