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EL EXTRAÑO CASO DE LA HIJA DEL DOCTOR VELASCO

Este artículo continúa el extraño caso del Dr. Velasco, pues no en vano relata un raro raro suceso intrínsecamente imbricado en la vida privada del Dr. Velasco.

En 1864, la hija adolescente del Dr. Velasco había sufrido un ataque de tifus. La muchacha no respondía al tratamiento prescrito por el Dr. Benavente, compañero de profesión del Dr. Velasco y padre del dramaturgo. En esas circunstancias, un desesperado Velasco decidió administrar un purgante a su hija, a ver si de una vez por todas acababa con el peligroso episodio tifoideo. Benavente había prevenido sobre los efectos secundarios irreparables si actuaba así, y en efecto, fue lo que sucedió: una fuerte hemorragia se llevó a la joven a la tumba.

Velasco jamás superó la muerte de su hija, de la que se culpó siempre. Y ahí empezó a actuar de forma, digamoslo suavemente, políticamente incorrecta, pues antes de enterrarla, el doctor embalsamó el cuerpo utilizando sus técnicas propias y en secreto. El recuerdo de su amada hija atormentó el espíritu de Velasco, que transformó su casa en un santuario, al colocar cuadros y fotografías de Concha en todos los rincones de la mansión. Construyó una capilla para ella en su nueva casa museo, finalizada en 1875. Y trasladó los restos mortales de Conchita a dicha capilla, cosa que no le hizo ninguna gracia a su esposa, pero que transigió con la extravagancia algo enfermiza de su marido.

Un día de mayo de 1875, los restos de la hija del matrimonio Velasco fueron exhumados del Cementerio de San Isidro, y se trasladó su cuerpo a la casa-museo del Dr. Velasco. Un amigo de Velasco, el también médico Dr. Ángel Pulido, nos hizo una impresionante descripción de la jornada. Velasco y Pulido levantaron la tapa del atúd y descubrieron como el cadáver estaba prefectamente conservado debido al perfecto embalsamamiento practicado con las buenas artes de Velasco. Concha estaba intacta y parecía viva, lo que le ocasionó una conmoción al padre. Velasco recogió del ataúd el cuerpo de su queridísima hija, y vio con sorpresa que el gran trabajo que había realizado permitía la elasticidad de las articulaciones de la desdichada muchacha. Posiblemente en ese momento, Velasco pudo perder la lucidez que le quedaba y sumirse en la demencia total. No quería que su hija volviese a ser sepultada de nuevo, aunque fuese en su capilla privada. Y decidió que el cuerpo incorrupto de Concha participaría de la vida familiar, a modo de mudo y pálido recuerdo de lo que una vez fue.

Evidentemente Velasco había perdido por completo el juicio por el amor que profesaba a una hija de cuya muerte se consideraba culpable. Colocó el cuerpo desnudo de Concha en una sala ventilada a fin de que se evaporasen los últimos fluidos conservantes. En otoño se completó el proceso de momificación, y vistió a Concha con un elegante traje de novia que había encargado a un sastre. Un verdadero caso de novia cadáver. Este hecho tiene su razón de ser, dentro de la mente enferma del doctor. Su hija se hallaba comprometida cuando falleció con el doctor Teodoro Nuñez Sedeño. Además compró joyas e hizo (no sabemos cómo ni a quien contrató y la cara que pondría al tener que realizar tan poca gratificante tarea) que le hiciesen la manicura, un buen peinado y maquillasen su rostro, de forma que pudiese salir por Madrid sin levantar sospechas, dejándola hecha un pincel

Su esposa y amigos expresaron enérgicamente sus protestas ante tamaña y poco decorosa actitud. Una noticia de ese calado, no podía quedar oculta durante mucho tiempo, puesto que vecinos, sirvientes y visitantes ocasionales no podían esconder por más tiempo su repugnancia y alarma ante hechos de un cariz tan siniestro. La truculenta historia recorrió la ciudad aderezada convenientemente, y la llama avivada por el sector más conservador del colegio médico y por la Iglesia Católica. ¡El Doctor tenía a su hija fallecida hacía 11 años perfectamente conservada y a la vista de todo el mundo!. Parecía un relato de Edgar Allan Poe.

En apariencia ajeno al escandaloso revuelo armado a su alrededor (el asunto no tenía desperdicio), el buen doctor había depositado el cuerpo de su amada Concha junto a la capilla familiar, dentro de una vitrina. Dicen las malas lenguas que a veces el doctor, la sacaba de su emplazamiento y la sentaba a la mesa para que participase de la comida familiar. Supongo que su esposa y los irvientes estarían de los nervios ante la actitud incalificable del marido y señor. Se propagó la maliciosa historia de que ella acompañaba por las noches al doctor en algunos paseos nocturnos en carruaje. Uno ya no sabe discernir la realidad de los comentarios maledicentes de los vecinos, porque la historia adquiere ya tintes más que rocambolescos. Decían que habían visto salir de la mansión del doctor por la puerta lateral tres figuras: el doctor Velasco, el novio de Concha, Nuñez Sedeño, y otra vestida de novia, apoyada entre las otras dos. La escena no debía ser más siniestra: el trío se subía en un carruaje y tomaba el oscuro paseo de María Cristina. ¡Ver para creer! Todos estos detalles escabrosos no parecen tener autenticidad, están más bien dentro de las películas de la mejor tradición de las novelas de terror.

El Dr. Pulido, testigo de primera mano, niega algunos de los tétricos detalles, como los paseos en carruaje, el traje de novia, o la participación de Nuñez Sedeño en los paseos nocturnos, pero corrobora los demás, lo que no es poco, pues confirma que algo raro pasaba en la mansión de los Velasco. Evidentemente, si todo esto fuese cierto, que parece ser que sí, el dr. Velasco recibió presiones por todos lados para acabar con la locura de mantener a la hija a la vista de todos como si estuviese viva, que finalmente, no sabemos si por insistencia o porque la luz de la razón se abrió paso en su cerebro, accedió a enterrar a su hija, pero eso sí, bajo el suelo de la mansión-museo, su intención desde el inicio de estos hechos hundidos en la bruma de la realidad y la invención. En la planta principal del museo descansaron pues los restos de Concha.

Velasco falleció en 1882 y su cuerpo embalsamado por sus estudiantes y también enterrado bajo la sala principal del museo. Tras la muerte de su marido, la madre de Concha, Engracia Pérez ordenó que enterrasen a su hija en el cementerio de San Isidro de nuevo. Pero dejó el cuerpo de su marido donde estaba, bajo su amado museo, donde permaneció hasta 1943, cuando con motivo de la res¿Conchita o Carmencita?tauración del edificio, se trasladaron sus restos a un nicho individual del cementerio de San Isidro, y por fin, en 1965, definitivamente a un nicho-panteón, junto a su esposa e hija.

Pero cuando parecía que esta truculenta historia de anatomistas y momias acababa aquí, todo parece apuntar a que no. Hay versiones que aseguran que el cuerpo de Concha se depositó en el Departamento Anatómico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid. Esta aseveración surge del hecho de haber encontrado una vitrina con un cuerpo embalsamado en un de las salas. Es una momia femenina, de algo más de un metro de altura, en cuyo rostro encontramos una etiqueta donde se puede leer: "534 Momia de la hija del Dr. Velasco", aunque no existen documentos oficiales que demuestren que esto sea cierto, ya que la versión oficial es que Concha está en el cementerio de San Isidro desde el 8 de marzo de 1886. Entonces, ¿a quién pertenece la momia encontrada en la Universidad?

En 2009, el Dr. Enrique Dorado y su equipo investigó el asunto, y concluyeron que se trata de Carmen Tarin y Perdiguero, hija de un médico, fallecida en 1867 con 12 años, lo que explica su escasa estatura. Fue enterrada en un nicho defectusoso, y el cuerpo se momificó debido a los componentes químicos (quizás aguas ricas en arsénico) de un arroyo que pasaba junto al nicho. En unas obras, se descubrió momificado el cuerpo de la niña, y el padre lo cedió al Dr. Velasco, siempre interesado por estas macabras beldades, quien trasladó el cuerpo a su propio museo en 1873. Entra dentro de la lógica la confusión entre ambas jóvenes, Concha y Carmen. Pero la momia de la facultad de Medicina es Carmencita, y no Concha.

En la década de los 80 del siglo XX, se restrauró de nuevo el viejo museo, llamado de Etnología, y en 2004, dentro de otra reforma más, pasó a llamarse Museo Antropológico, actualizándose a los nuevos tiempos que corren. En la Sala de los Orígenes hay un retrato de Concha, que sigue pasando desapercibido para la mayoría del público, entre tanta cosa rara que forma parte de la primitiva colección del doctor Velasco. Pero su leyenda ocupa un lugar destacado entre las leyendas urbanas de la ciudad de Madrid.

 

© by Diego Salvador desde 2006