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EL FRÁGIL EQUILIBRIO DE FELIPE IV

En el centro de la Plaza de Oriente, entre las hileras de "reyes godos", encontramos en monumento ecuestre que representa a Felipe IV, cuya característica esencial es que su enorme peso descansa únicamente sobre las patas traseras del caballo. En la época en la que se erigió la estatua, en el siglo XVII, el sólo hecho de conseguir el equilibrio de la escultura se consideró un prodigio de la técnica, en el que colaboraron de alguna manera, nada más y nada menos que el pintor Diego Velázquez, Pietro Tacca, Juan Martínez Montañés, y...¡Galileo Galilei!

Para no quedarse atrás, y ya que existía una estatua de Felipe III (hoy día en la Plaza Mayor), Felipe IV ordenó que se esculpiese otra para mayor gloria de sí mismo, y que superase en técnica y diseño a la de su progenitor, a imagen de la pintura que realizó Velázquez en 1634, y que hoy se muestra en El Prado. Pero obviamente, trasladar la imagen bidimensional del caballo rampante a 3D era harina de otro costal, pues era complicado que el peso de la estatua se apoyase exclusivamente en las patas traseras del caballo.

Pietro Tacca, famoso escultor florentino, había esculpido anteriormente la estatua ecuestre de Felipe III, y fue el elegido por Felipe IV. Para Tacca fue un reto, una satisfacción y la oportunidad de superarse a sí mismo. Recibió los bocetos velazqueños que debería tomar como modelo para su proyecto, pero muy pronto se dio cuenta de la complejidad que suponía tal desafío. Ni siquiera alargando la cola del caballo para ayudar a las patas traseras a sustentar el peso sería suficiente. El Rey, como todos los reyes, caprichoso y omnisciente, no aceptaría excusas. Así que Tacca se puso a pensar en otros artistas para que le echasen una mano para solucionar el tremendo problema técnico. Y pidió la ayuda del más grande científico de la época, Galileo Galilei. Galileo estudió el problema a conciencia y lo solucionó, algo evidente para un genio como él: había que concentrar la mayor parte del peso en la parte trasera del monumento, algo que se conseguiría esculpiéndolo de forma sólida, no hueca como se solía hacer. Era una solución innovadora y había que dar con ella, pues como digo, hasta entonces, las estatuas de bronce se hacían completamente huecas. También había que calcular con mucha precisión la distribución de pesos, y para ello quien mejor que Galileo, maestro de las matemáticas.

Tacca envió a España un modelo de gran tamaño para que fuese aprobado por el regio cliente. Se consideró excepcional, excepto la cabeza del jinete, que no le gustó a Felipe IV, aduciendo que ni se le parecía demasiado ni tenía el porte de dignidad y realeza necesarios para su Majestad Católica, el más ilustre de los monarcas europeos. Diego Velazquez, pintor de Corte, cuya opinión era muy apreciada en palacio, recomendó que su amigo sevillano, el escultor Juan Martínez Montañés, se ocupase de esculpir una cabeza para el rey como Dios manda. Montañés se trasladó a Madrid por mandato real (cualquiera se negaba so riesgo de perder la cabeza), y coomenzó a trabajar en el real encargo. Montañés, ebanista, esculpió la cabeza en madera. Después de ser aprobada por el máximo interesado, que ya vio que el parecido con el original era más que aceptable, se envió el modelo a Florencia para que Tacca hiciese el molde correspondiente y lo incorporase al resto de la estatua.

Después de haberse hecho en una fosa de 3 m de profundidad, el fundido de bronce sobre el molde tardó 27 días en enfriarse. Después, se pulió y barnizó cuidadosamente, y una vez terminada, se envió a Madrid, donde sorprendió al Rey y a su pintor de cámara Velázquez por el magnífico resultado, pues era una obra maestra de la escultura, que había superado con creces las expectativas del propio monarca.

Se ubicó la enorme efigie en el Palacio del Buen Retiro, la zona más elegante y distinguida de la Villa y Corte en aquel tiempo. Después se trasladó a la explanada del Alcázar y posteriormente de nuevo a los jardines del Retiro. Para mover el enorme peso se necesitó una plataforma móvil que arrastraban 14 bueyes.

Por fin, desde 1843, la estatua domina la Plaza de Oriente desde su emplazamiento actual. En la base del monumento, algunas placas conmemorativas describen relieves en los que el Rey condecora a Velázquez nombrándole caballero de la Orden de Santiago. En otro se muestra a Felipe IV en una alegoría como patrón de las letras y las artes.

Pietro Tacca firmó su obra, pero es difícil encontrar su rúbrica. En la cincha del caballo, bajo el vientre, pone: "PETRVS TACCA / F.FLORENCIA / ANNO SALUTIS / MDCXXXX". Esta estatua se ha considerado, dentro de su género ecuestre, una de las más bellas esculpidas en todos los tiempos.

 

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