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UN CEMENTERIO EN LA PLAZA MAYOR

De todos o casi todos es conocida la existencia en el centro de la Plaza Mayor de Madrid de la estatua de Felipe III, erigida a comienzos del siglo XVII. Pero lo que se sabe menos es que el interior de la escultura albargaba una necrópolis para muchos gorriones que tuvieron la desgracia de caer en su interior. Este cementerio está en la panza del caballo que monta el Rey.

Los pájaros se metían por la boca del caballo, que actualmente está soldada y por tanto no entran mosc...quiero decir ni moscas ni pajarillos por ese conducto.

Pero no siempre fue así, porque la la boca del caballo del real monumento, hecho de bronce fundido en Florencia por Pietro Tacca (o su taller), se hizo en un principio abierta, lo suficiente para que un pájaro pequeño se colase por su abertura. Los pájaros se posaban en la boca del caballo y si tenían un tamaño adecuado, podían colarse e ir a parar a las entrañas de tan noble bruto. Una vez dentro ya no había nada que hacer. Por mucho que revoloteasen en la oscuridad no solían hallar la salida y si conseguían encontrarla, la envergadura de sus alas les impedía abandonar su triste encierro. Pero lógicamente nadie reparó en ello, y si lo hizo, tampoco le dio mayor importancia. Al fin y al cabo eran una caterva de avecillas sin importancia que lo más que hacían era denigrar el monumento con sus minúsculos residuos.

La trampa mortal continuó abierta hasta que en 1931, en los días o en las horas que siguieron a la proclamación de la II República, la exaltación antimonárquica provocó toda serie de desmanes y alegrías, que pagaron las estatuas que, como la de Felipe III, representaban a la institución derribada. A alguien se le ocurrió meter un petardo de gran potencia en la boca del caballo, que explotó con gran sonoridad en su enorme vientre. No debía ser un mero petardo sino que ya tendría la categoría de bomba, desde luego. Al fragmentarse la estatua salieron disparados cientos o miles de huesecillos de los pájaros que habían encontrado en sus fauces su última morada, con lo que los allí presentes descubrieron, un poco tarde, eso sí, el cementerio de gorriones de la Plaza Mayor.

Cuando terminó la Guerra Civil, y se recuperó, hasta cierto punto, el viejo y rancio espiritu monárquico, el escultor Juan Cristóbal fue el encargado por el régimen de Franco de restaurar la vieja estatua de Felipe III. En esta restauración se selló la boca del caballo para evitar más tragedias gorrioneras.

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