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REGALÍA DEL APOSENTO Y CASAS A LA MALICIA

En los barrios antiguos de Madrid podemos observar en las esquinas o sobre los portales de las fachadas de muchas casas unas pequeñas baldosas con caracteres alfanuméricos en color azul. En ellas puede leerse por ejemplo, "Visita G Manzana 309" o "Visita G Casa nº 2". Esto se debe a que hubo un momento en que se decidió dar un número específico a cada manzana y portal de la ciudad.

El origen de este galimatías se encuentra cuando Felipe II decidió trasladar la capital a Madrid, ciudad que no se hallaba preparada para esta contingencia. Era una ciudad pequeña que debía dar alojamiento a una nueva población compuesta por funcionarios y empleados del Estado, embajadores foráneos, guardias, secretarios y sacerdotes y toda su parafernalia que constitían la Corte que venía de Toledo. Y como no había sitio para ellos, ni corto ni perezoso, que para eso eran sus servidores, el Rey promulgó una ordenanza en la que se obligaba a los vecinos del ex-poblachón manchego que había sido Madrid hasta ese instante a reservar habitaciones en sus casas para los recién llegados. La ley, denominada Regalía del aposento especificaba que todo aquel que tuviese una casa de más de una planta debía ceder las plantas superiores a los servidores estatales.

Ante tal imposición, la picaresca comenzó a funcionar a toda máquina. Muchos madrileños construyeron sus casas de una sola planta, pero otros decidieron burlar la ley, y es de aquí de donde procede el término casas de malicia: viviendas de dos pisos que pareciesen desde el exterior de un solo piso, para burlar la ley filipina. Se utilizaban varios trucos, como colocar las ventanas de manera caótica y a diferentes alturas para despistar a los alguaciles reales. Otra estratagema consistía en construir un sótano bajo la planta que daba a la calle, que no pudiese verse desde fuera, con lo que siendo una casa de dos plantas, parecía de una sola planta, y por tanto no debía acoger a los miembros de la Corte. Los propietarios, y hubo unos cuantos centenares, parecían cumplir con la ley, pero eludían avispadamente el real decreto.

Existen otras dos "casas de malicia" con el tejado en pendiente formando buhardilla, un espacio no contemplado por la Regalía de aposento.

Ya en el siglo XVIII, el gobierno ilustrado, buscando desesperadamente como recaudar más y mejor a los sufridos súbditos (como ahora, con la diferencia de que ahora nos llaman ciudadanos), realizó nuevos esfuerzos para identificar las casa existentes en Madrid, cuyas calles no se señalizaban de ninguna manera ni tenían sistema lógico numérico. Solamente las calles principales tenían una denominación conocida por todo el mundo (Alcalá, Caballero de Gracia, Montera, Arenal, ...) pero la mayoría sólo se identificaban con el nombre popular por algún hecho asociado a ellas. Por ejemplo la calle de la Sal se llamaba así por las tiendas que vendían sal y que estaban en ella emplazadas. Y lo peor de todo es que muchas calles se denominaban igual, con lo que el lío era monumental para el forastero y para el vecino de otro barrio que no conocía los demás. En otras ocasiones, una misma calle cambiaba de nombre de una generación a otra. Y para colmo hay 31 denominaciones oficiales en la nomenclatura de las vías públicas: callejón, travesía, plazuela, costanilla, glorieta, etc, etc...

Desde 1740 se hizo un gran esfuerzo desde las altas instancias para apretar las tuercas a los que no pagaban sus impuestos amparados en el laberíntico galimatías descrito en las líneas anteriores. Imagínense a los pobres recaudadores de impuestos perdidos en el laberinto de callejas que era Madrid por entonces, sin nombre que las identificase, y sin número de portal que dijese que esta o aquélla era tal o cual vivienda dentro de una vía pública. El fraude era escandaloso. En 1751, a algún funcionario lumbreras, harto ya de recorrer infructuosamente las callejas para recoger un mísero doblón propuso una solución plausible: a cada manzana se le asignaría un número. Se colocaron baldosas en las esquinas de cada edificio con la leyenda Visita G Manzana X. X era el número de la manzana y la "Visita G" significaba "Visita General de la Regalía de Aposento". Con ello, los funcionarios habían fichado ya a unos cuantos obligados tributarios. En cada manzana ya se podía numerar los portales por los cuatro lados.

Pero la solución se encontraba con muchos escollos, tal vez demasiados: una casa podía tener más de una entrada y cuando se demolía una vivienda en medio de una manzana, podía originar dos manzanas nuevas, con lo cual vuelta a empezar. Incluso las reformas en las viviendas creaban problemas adicionales, pues había que colocar nuevas baldosas para nuevas entradas y quitar las inservibles. En este caso eran: Visita G Casa X. El sistema seguía siendo de escasa eficacia por no decir nula.

Este enloquecedor sistema de localización de viviendas, o mejor dicho, de deslocalización de viviendas, se extendió durante unos 80 años, hasta que un alcalde astuto, el Marqués Viudo de Pontejos creó un nuevo sistema de identificación, el definitivo: denominar a las calles con un nombre oficial que figurase en una placa colocada en cada esquina del edificio. El nombre de las calles les fue dado en función de hechos históricos o para resaltar la importancia de determinados próceres políticos. El gran cronista madrileño Mesonero Romanos tuvo mucho que ver en esto. Además se numeraron los portales de las calles de forma que el 1 siempre estuviese en el extremo más cercano a la Puerta del Sol. Los números pares a la izquierda y los impares en el derecho.

 

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