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AUTOS DE FE EN LA PLAZA MAYOR

En la madrileña Plaza Mayor se celebraron durante varios siglos los Autos de Fe, especie de pasatiempo siniestro para el populacho organizado por la Inquisición, un espectáculo que a quien menos gracia le hacía era indudablemente al reo. Los reos eran sentenciados por menudencias como blasfemia, adulterio, brujería, apostasía religiosa y delitos tan terribles como éstos. sí eran considerados merecedores de pena capital en la Barroca España de la Contrarreforma. Y como todo lo barroco, los autos de fe tenían un fuerte componente teatral que encantaba a los asistentes: la realeza en los balcones de la Casa de la Panadería y al común del pueblo, que estaban a pie de calle. Se nombraba a los reos de uno en uno, y cuando esto sucedía, el infeliz se levantaba y escuchaba o aguantaba el chaparrón de acusaciones que se formulaban contra él y la correspondiente sentencia impuesta por el Tribunal inquisitorio. A veces el chorreo era de escándalo, pues algún ferviente religioso pretendía que el condenado se arrepintiese de sus muchos pecados, lo que a veces era todavía peor que la propia lectura de la sentencia. A veces, si el reo se arrepentía de sus delitos, se le rebajaba el castigo (que no siempre era la muerte) o se le concedía una muerte (si tal era la condena) más rápida y menos dolorosa, que en aquellos tiempos las formas de hacer que la gente abandonase este mundo podían ser de órdago.

Pero jamás de ejecutaban las sentencias en la Plaza Mayor: los condenados eran conducidos fuera de Madrid donde se les quemaba en la hoguera o se les agarrotaba, entre otras maneras de mandarlos al otro barrio, entre el regocijo de los asistentes que no fueran amigos o familia de los desgraciados.

El primer auto de fe celebrado en la Plaza Mayor se efectuó el 21 de enero de 1624, contra Benito Ferrer, acusado de delitos monstruosos: había arrancado la hostia sagrada de las manos de un sacerdote y la había pisoteado pronunciando palabras que no osamos repetir aquí. Lógicamente condenado por tales blasfemias, se le condenó a morir en la hoguera, sentencia que fue ejecutada extramuros y delante de gran parte de la población de Madrid, a la que le encantaba asistir a estos acontecimientos, a falta de fútbol.

En una carta fechada en 1680 por la esposa del embajador francés, Madame Villars describe algo cariacontecida como se condenó a 18 judíos (hombres y mujeres), dos apóstatas y un mahometano a ser quemados vivos, suponemos que por delitos relacionados con la religión, porque la buena señora no lo menciona, supongo que ser algo ya dado por supuesto. A otros 50 judíos, que se habían arrepentido tras ser arrestados, se les condenó a varios años de prisión, y a llevar un sambenito, una túnica amarilla con la roja cruz de san Andrés por pecho y espalda, para marcarles bien marcados delante de la gente. Hubo algunos condenados más por naderías como bigamia, brujería y otros delitos, que fueron condenados a ser flagelados, a galeras o al exilio. Los conTipos de sambenitodenados a morir en la hoguera sufrían lo indecible antes de llegar a la propia hoguera, ya que la gente les tiraba de todo durante su vía crucis (nunca mejor dicho) y les decía de todo menos guapos. Los propios monjes les quemaban con las llamas de pequeñas antorchas exhortándoles a convertirse a la verdadera fe antes de morir y fuesen estrangulados antes de ser incinerados para su purificación, con lo que evidentemente se ahorraban el sufrimiento dle suplicio propiamente dicho. La autora de este documento se admiraba de la resistencia de alguno de estos brutales "criminales", que eran incapaces de abjurar de su religión y soportaban todas las torturas hasta entregar su alma. A pesar de estas acometidas contra los judíos que había en Madrid, no descendió demasiado el número de practicantes de esta religión, pues mientras unos eran castigados con dureza, otros, los enchufados, eran respetados por llevar las finanzas. No todos los judíos habían sido pues, expulsados por los Reyes Católicos, que siempre ha habido clases.

Aunque la Plaza Mayor no fue, como hemos visto, escenario con ejecuciones de sentencias de muerte promulgadas por la Santa Inquisición, sí que lo fue para otro tipo de condenas. No olvidemos que las sentencias a muerte eran un divertimento para la mayoría de la población, como lo eran el teatro o los toros. Si los balcones de la plaza no eran requisados para las autoridades, sus propietarios los alquilaban a los que querían tener buena vista de los eventos acaecidos en la pública plaza, que no solamente debían tener interés en comprobar como ajustaban la golilla a los pescuezos más inciviles, sino que además tenían dinero para su alquiler, que en función de quien era el personaje ejecutado (a veces eran aristócratas), los precios podían ser abusivos.

Además la Plaza Mayor tenía un lugar específico según el tipo de ejecución: el garrote vil delante de la Casa de la Panadería, los degollamientos (la digna ejecución de la nobleza) tenían lugar delante de la Casa de la Carnicería, en el sentido opuesto, y el portal de los Paños se reservaban para la horca. Estos espectáculos eran gratuitos, por lo que gozaban de gran predicamento entre los madrileños. Después de 1790, estas actividades fueron trasladadas fuera de la Plaza Mayor.

Si José I Bonaparte abolió la Inquisición en 1808, en cuanto dejó el trono en manos del nefasto Fernando VII, se reimplantó, hasta que después de varias vicisitudes relacionadas con los gobiernos liberales constitucionalistas, definitivamente fue abolida en 1833 tras la muerte del "Deseado".

 

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