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ATENTADO ANARQUISTA EN MADRID

El mayor atentado cometido en Madrid depués del perpetrado el 11 de marzo de 2004, no fue obra de terroristas etarras, sino de un anarquista de familia bien, y se cometió en la Calle Mayor el 31 de mayo de 1906. El resultado fue un balance de 28 muertos y unos 100 heridos. El asesino no quería en principio organizar tal masacre, sólo quería cargarse al rey Alfonso XIII, que ese día se casaba con la sobrina de la famosa Reina Victoria, Victoria Eugenia de Battenberg. Pero parece que se le fue la mano, como a todos y como siempre que pasa cuando se manejan explosivos contra seres humanos.

Alfonso fue proclamado rey en 1902 por el Parlamento, y tanto el Gobierno como su madre le instQuizá la instantánea más famosa del atentadoaban a que se casara. Pero el joven rey quería elegir bien y que no le colasen gato por liebre. Por fin escogió a Victoria Eugenia (Ena para los amigos), a quien conoció personalmente en Inglaterra, y no por fotografía, como pretendían sus allegados. Había un problema que se solventó en seguida, y es que la princesa británica era anglicana y Alfonso sólo podía casarse con una católica. La niña se convirtió en la capilla del Palacio de Miramar en San Sebastián y se "sanseacabó" el problema. Así que una vez cumplido el pequeño trámite se trasladó a Madrid para celebrar su boda, pero una Boda Real como Dios manda, con su prometido Borbón.

Excepto algún rumor anarquista de poco fuste y el sempiterno ronroneo republicano, nada parecía enturbiar tan magno evento. Pero sí que había un presagio, o mejor, un aviso, que nadie pareció tomar muy en cuenta. Una semana antes de la boda, alguien con muy mala leche había grabado una nota en un sufrido árbol del Retiro y que no se andaba con chiquitas: "Ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace", firmado por alguien que no deseaba ser redimido, "Un irredento". A la izquierda de la amenaza aparecía la palabra "Dinamita" en vertical. Una de dos, o la policía no descubrió la amenazante diatriba, o si la descubrió, no la dio la menor importancia.

Y sin embargo la tuvo, ¡vaya si la tuvo! La boda se celebró sin incidentes en la iglesia de los Jerónimos, detrás del Museo del Prado, y tras la ceremonia, el cortejo real se encaminó lentamente, dándose un baño de multitudes hacia el Palacio Real, donde iba a tener lugar el banquete nupcial. La joven pareja saludaba en su calesa a una multitud enfervorizada (me pregunto cuál es la razón que conduce a esa desaforada devoción en estos casos) y enfiló la Calle Mayor para coger la calle Bailén, última etapa antes de llegar a su destino.

Se oyó (y se sufrieron los efectos) de una horrísona explosión. Alguien había tenido la terrible idea de lanzar un ramo de flores que portaba dentro un potente explosivo y que iba dirigido directamente al carruaje real. El terrorista lo lanzó desde el último piso de un edificio situado casi al final de la Calle Mayor. Pero para frutración del activista, y desgracia de tantas otras personas que no lo contaron, el ramo rebotó en un cable de tranvía, desvió la trayectoria y explotó en el aire. Se crearon escenas de pánico totalmente justificado en los alrededores del carruaje del rey y su flamante esposa: los caballos se desbocaron, el humo y los gritos de los heridos pidiendo auxilio y de la gente que había salido indemne, surcaban el aire de la Calle Mayor y sus aledaños. La escena era dantesca, pues sobre el suelo había muchos muertos y heridos. Pero el objetivo del cruel atentado no sufrió ni un rasguño, ni él ni Ena. Se cambiaron de carruaje y continuaron camino hacia su destino.

El autor de la masacre ha pasado a la imaginería anarquista como héroe y mártir por su acto. Se llamaba Mateo Morral, era hijo de papá, de un rico industrial catalán, de exquisita educación y férreas convicciones ácratas. Tenía 26 años. En la confusión subsiguiente a la explosión, Morral salió del edificio desde donde había ejecutado su criminal acción y se perdió entre la multitud. Se dirigió a las oficinas de una publicación anarquista de nombre sugerente, El Motín, y pidió ayuda a su editor, José Nakens, quien le ayudó a esconderse en casa de otro acérrimo antimonárquico. Al día siguiente, disfrazado de obrero, se dirigió a Torrejón de Ardoz, a coger un tren. Antes decidió comer en una posada de carretera. Pero sus buenos modales, que no encajaban con su indumentaria, su acento catalán y las heridas de sus manos (causadas por la misma explosión que el mismo Morral había provocado), hicieron sospechar a los posaderos, que no dudaron eMateo Morraln llamar a la policía.

Antes de que pudiese llegar la autoridad a la posada, apareció un guardia jurado que también sospechó de Morral, y le instó a que le acompañase para proceder a su identificación. Morral, aparentemente tranquilo, acompañó unos metros al hombre, hasta que, sacando una pistola, le descerrajó un tiro a bocajarro que acabó con el guardia. Descubierto, el anarquista se metió a continuación un tiro en el pecho. No había conseguido su objetivo de matar al rey, pero se convirtió en un mártir de la causa anarquista.

En la planta baja del edificio (que sigue en pie) desde donde Morral lanzó el funesto ramo, existe todavía uno de los restaurantes más antiguos de Madrid, y que ya funcionaba en el momento del atentado. De las muchísimas fotos que se tomaron del momento exacto del atentado, Casa Ciriaco, que así se llama el local, guarda una de las fotos más famosas del crimen, y que fueron portada en los periódicos de la época. Describe como nada los momentos de confusión instantes después de la tramenda deflagración.

¿Cómo es posible tanta documentación sobre el luctuoso hecho, cuando no había móviles con cámara ni era lo normal ir con una cámara fotográfica por la calle? La respuesta es fácil: el periódico ABC había ofrecido 25 pesetas de las de entonces por cada buena fotografía del acontecimiento de la boda real que se publicase en el rotativo. Lo que nadie sospechaba es con qué se iban a encontrar los improvisados fotorreporteros.

Un año después del atentado, las autoridades madrileñas decidieron colocar en recuerdo de las víctimas de la masacre una estatua, una Virgen de Todos los Santos, elevada sobre tres columnas de mármol que representanan los tres estamentos atacados: la aristocracia, los militares y el pueblo llano, En el pedestal se inscribieron los nombres de los fallecidos, y fue financiado por suscripción popular.

Durante la Guerra Civil, se destruyó el monumento y la calle Mayor pasó a llamarse Calle de Mateo Morral, en plena vorágine antimonárquica, hasta el final de la guerra, cuando la denominación de la vía volvió a ser la de toda la vida. Nuevamente se erigió un monumento en recuerdo de los caídos del atentado, a la altura de Mayor, 88, enfrente de Casa Ciriaco. Cada 31 de Mayo, personal del restaurante coloca una corona de flores en memoria de los que murieron en el atentado contra el rey.

En este enlace, podemos ver un documento gráfico del momento del atentado: http://www.fdomingor.jazztel.es/atentado%20alfonso%20xiii.html

 

© by Diego Salvador desde 2006