El Toledo carpetano prerromano

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El Toledo carpetano prerromano.

Idealización de un poblado carpetano

En las últimas décadas, las excavaciones urbanas localizadas en la ciudad actual de Toledo han desenterrado vestigios de un antiquísimo enclave datado en la II Edad del Hierro Pero la ausencia de restos significativos no resuelve cuestiones básicas como la superficie del poblado carpetano, sus características urbanas y la presencia o ausencia de fortificaciones.

Pero cuando el río suena, agua lleva. La Toletum prerromana ya debía ser un importante nudo de comunicaciones. Se la menciona en demasiadas ocasiones en textos clásicos como para ser considerada una menudencia. Por no hablar de sus monumentales edificios de época romana, o su capitalidad durante la monarquía visigoda. Además cobijó la corte de reyes castellanos. Y hasta fue capital imperial bajo Carlos I, quien mantuvo allí la sede de su aflamencada Corte. En suma, tuvo un rol preponderante en el centro peninsular desde muy antiguo.

Parece confirmarse la continuidad entre la población del Bronce Final, que ya habitaba por aquel entonces el cerro toledano, persistencia que se deduce al comprobar que el área de dispersión de materiales de la II Edad del Hierro se superpone a la zona de distribución de las cerámicas en niveles del Bronce Final y I Edad del Hierro.

Aguado (1990) considera a Toledo como una ciudad dividida en 2 mitades, cada una localizada sobre una colina. La partición estaría señalada por los cauces de dos arroyos, las actuales calles del Cristo de la Luz y Bajada del Barco. Las colinas del Alcázar y San Román son lugares estratégicos desde época prehistórica, razones más que suficientes para considerar la Toletum prerromana como un “castro doble” edificado en derredor de ambos collados.

Tito Livio calificó a la ciudad como “parva urbs, sed loco munito”, es decir, “ciudad pequeña pero en lugar fortificado” (Livio, XXXV, 22, 25). Este pasaje provoca la duda en muchos investigadores, en el sentido de si el erudito romano quiso hacerse eco de la existencia de estructuras defensivas. O tal vez, de la inexpugnabilidad del enclave emanada del propio emplazamiento sobre un cerro de difícil acceso. Rey (1928) considera Toledo como una verdadera fortaleza natural y niega la existencia de murallas en el Toletum prerromano, quizás porque no era necesario y sus habitantes se enorgullecían ufanos de la inaccesibilidad de su elevado hogar. Para Montero Vitores (1988), el poblado carpetano sería una acrópolis para la defensa del vado del río Tajo. Este autor lo considera además fortificado artificialmente, sin perjuicio de la propia ubicación estratégica natural y urbanismo desarrollado, y del reducido número de habitantes, pero muy concentrados.

Almagro Gorbea sitúa la vieja alcazaba musulmana en la colina ocupada hoy día por el Alcázar. Para este investigador, este cerro albergaría probablemente la ciudadela de la Toletum romana y anteriormente el primigenio enclave de época carpetana. Almagro y Dávila contemplan una Toletum carpetana de superficie inferior a su coetánea Complutum, pero muy por encima del tamaño medio de los “oppida” peninsulares.

Las vías naturales de acceso a la zona habitada del cerro se convertirían en las posteriores arterias de la ciudad, que difieren mucho de los ejes viarios propuestos para época romana. Estas aseveraciones no han sido confirmadas por la arqueología, pero al menos coinciden en localizar, abigarrada, la primitiva población en la parte alta de la actual. Probablemente estuvo amurallada, si nos atenemos a la tipología atestiguada en otros oppida de la región. Como no se han hallado construcciones que puedan ser fechadas con certeza en la II Edad del Hierro, habremos de conformarnos con la cronología desprendida del estudio de los materiales cerámicos, que incluyen un magnífico vaso decorado con pintura de tipo numantino, hallado cerca de la popular plaza de Zocodover. Otros niveles arqueológicos han destapado cerámicas pintadas a bandas o círculos concéntricos, así como otras estampilladas y jaspeadas.

Según un polémico texto de Livio, Toletum ostentaba una posición estratégica y prestigiosa entre las ciudades carpetanas que aparecen también en Ptolomeo, categoría sustentada por su superior condición jerárquica respecto a los asentamientos vecinos. La ciudad pudo mantener una sólida estructura política, basada en la existencia de una incipiente institución monárquica, personalizada en el rey Hilerno (Livio, XXXIV, 55,6).

Posiblemente el origen primero del asentamiento carpetano estuviese vinculado con el control del vado natural sobre el Tajo desde aquel privilegiado emplazamiento, dominando la vía de comunicación de esta zona con la región celtibérica a través de los valles del Jarama y el Henares (Carrobles y Palomero, 1998). Ya desde tiempos inmemoriales, Toletum aprovecharía los recursos alimentarios de la vega fluvial localizada al norte del enclave.

En resumidas cuentas, las dudas no se han despejado del todo sobre varios aspectos del emplazamiento prerromano. Algunos autores opinan que su superficie era muy reducida y la población escasa pero concentrada sobre la zona más inaccesible para facilitar la protección del hábitat. Esta afirmación se contradice con el oppidum meseteño típico, extenso, amurallado y escasamente habitado, de incipiente estructura urbana, caracterizada por el escaso número de viviendas dispersas entre grandes espacios libres, como Consabura o Complutum. El urbanismo y las fortificaciones anejas se consolidaron durante los siglos II y I a.C., bajo dominio romano y ya olvidada la pretendida identidad carpetana (Blasco y Sánchez, 1999).

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