La población de Mayrit

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Calle Moreria

Ni que decir tiene que la llegada de los musulmanes a la Península supuso tal impacto en todos los aspectos, que el social no iba a ser menos, puesto que la brutal colisión cristalizó en el surgimiento de una nueva sociedad. No era para menos, pues al ya complejo substrato hispanorromanovisigodo original se añadieron contingentes poblacionales foráneos, árabes y bereberes. Y ya vimos la conmoción que supuso su presencia después de Guadalate en la Península Ibérica.

Es ya hora de afrontar con cautela la formación de la sociedad maŷrití. En Maŷrit debieron convivir la mayoría de los grupos sociales andalusíes, en proporción variable, dada su situación fronteriza. Durante la nueva etapa islámica, parte de la población peninsular se urbanizó, emigrando desde el campo a las ciudades y contribuyendo a aumentar el número de habitantes de los núcleos urbanos, que experimentaron un auge extraordinario respecto al anterior período visigodo, de carácter eminentemente rural. Estas ciudades andalusíes eran de origen romano o de fundación exnovo, creada por motivos económicos, administrativos o militares. Este último fue el caso de Maŷrit. El resto de la población, que seguía siendo mayoría respecto a la urbana, continuó habitando en el medio rural, en alquerías o granjas, protegidas y controladas por las fortificaciones omeyas, tanto en el interior del territorio estatal como en las regiones fronterizas.

No se conoce demasiado del número de personas que vivía en al-Andalus, aunque se han efectuado estudios demográficos. Sobre la mayoría hispanovisigoda se superpuso una reducida población de ocupantes, a la que habría que añadir en décadas posteriores a la conquista nuevos contingentes humanos. Las nuevas aportaciones demográficas no sólo estaban constituidas por varones, sino en ocasiones también por sus familias, de procedencia árabe o bereber. En cualquier caso, una nueva población imbuida de creencias islámicas. Y algún judío que se coló de rondó a través del norte de África, y que se unió a sus ya numerosos hermanos y correligionarios asentados en al-Andalus, sobre todo en zonas urbanas. La llegada de los nuevos contingentes intensificó el proceso de arabización-islamización de la población sometida, importándose las estructuras sociales árabes y norteafricanas. Consecuencia del predominio de estas estructuras sociales y familiares musulmanas (de carácter tribal en muchas ocasiones) en la sociedad andalusí, el cabeza de familia, ya fuese pobre o rico, era dueño y señor de las vidas de los miembros de su familia, de los cuales recibía completo respeto. Las mujeres (the niggers of the world, según cantaba John Lennon hace la torta de años) estaban comprimidas y estrujadas por las asfixiantes costumbres islámicas respecto a ellas: casi nula capacidad de movimiento y de relación social. A ellas se le podía aplicar el odioso dicho popular de “en casa y con la pata quebrá”, para indicar su práctica ausencia de derechos sociales. Aunque algún ínfimo derecho tuvieron: podían recibir visitas de personas de su mismo sexo, visitar los cementerios o acudir a las mezquitas los viernes a orar, y en algunos días señalados acceder a los baños públicos. Esta última actividad, de carácter lúdico, a horas distintas que los varones, para evitar tentaciones malsonantes, of course. Algo positivo tenía la ley islámica para ellas, pues el Estado las protegía de las crueldades del marido, y si eran repudiadas, se les asignaba una pensión. Algunas mujeres, las menos, y que eran la excepción, gozaron de una independencia inusitada para los miembros de su sexo. Sobre todo aquéllas que se dedicaban a actividades muy apreciadas en la sociedad islámica, como eran la poesía, el canto o la danza.

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