La importancia de la sal en el mundo carpetano

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La importancia de la sal en el mundo carpetano y su persistencia en nuestros días: Circuito termal de Carabaña

Entre los recursos naturales destaca la importancia de la sal en el mundo carpetano, vinculada con las actividades ganaderas, indispensable para mantener numerosos alimentos en condiciones organolépticas aceptables. Las afloraciones salinas, las surgencias de agua salobre y los humedales salados menudean en la Carpetania. Algunos de sus habitantes subsistían gracias a la cercanía a estos recursos salinos, que controlaron con denuedo y defendieron a sagum y falcata, sin lugar a dudas, pero no conocemos datos acerca de su aprovechamiento, almacenamiento y comercialización.

La elevada concentración salina, y su fácil extracción, en grandes áreas de la Carpetania permitió su profusa utilización desde tiempos muy remotos. Algunas afloraciones, como los manantiales de Carabaña o Loeches, fueron desde muy antiguo apreciadas por sus propiedades curativas. Se han localizado vestigios de terra sigillata en Carabaña, lo que proporciona una buena idea sobre la utilización medicinal de este agua, a la que tan aficionados fueron los romanos, según las muestras que testifican su paso por el orbe.

La importancia de la sal en el mundo carpetano y la continuidad de su explotación bajo el dominio romano, motivó la pervivencia de numerosos asentamientos defensivos y de control del entorno. La sal pudo almacenarse en los silos, que en gran número han sido excavados junto a los “fondos de cabaña” en los poblados amurallados situados en farallones y espolones, según Sánchez-Montero. Estos poblados protegerían hipotéticamente los excedentes de diversos productos, entre ellos la sal, necesarios para los intercambios comerciales. A falta de otra cosa más valiosa con la que comerciar, tan buena era la sal como cualquier otra mercancía. Mejor aún, pues quien poseía sal era capaz de almacenar productos perecederos durante mucho más tiempo, debido a las propiedades conservativas de la sal gema, como el caso de las salazones de carne y pescado. De hecho, unos de los sinónimos del verbo conservar es nada más y nada menos que salar. La sal ha sido la única «roca» comestible por el ser humano.

En época romana se llegaron a perforar hasta pozos para extraer el agua salobre, mediante la utilización de piscinas e inyección de agua mediante orificios verticales hasta conseguir alcanzar los estratos de sal gema.

La identificación de yacimientos arqueológicos que enlazan con el aprovechamiento de sal en la Prehistoria peninsular es plausible cuando se han hallado restos de combustión, cenizas, barro cocido y numerosos fragmentos de cerámicas a mano y con vestigios del empleo de cañas y fibras vegetales en su elaboración. Estos restos conforman una escombrera adyacente a las surgencias de agua salobre, que al retirarse o evaporarse dejan un rastro de salitre blanquecino.

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