La evolución de los oppida vettones

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La evolución de los oppida vettones

En este post voy a tratar de la evolución de los oppida vettones.

El impacto del comercio con los romanos

La evolución de los oppida vettones: Puerta del oppidum de las Cogotas

Muchos historiadores y arqueólogos consideran los procesos de desarrollo de las comunidades de la Edad del Hierro independientes de la conquista por los romanos no sólo de la Península Ibérica, sino del resto de la Europa que cayó en sus manos. Sin embargo, para Álvarez-Sanchís, ambos fenómenos están íntimamente imbricados. Las transacciones comerciales con los romanos significaron un hecho fundamental para el desarrollo de la economía vettona y mesetaria en general, y estos intercambios se solían realizar en los oppida, que resultaban un poderoso foco de atracción para los mercaderes itálicos. Los romanos demandaban materias primas y mano de obra (trigo, metales y esclavos fundamentalmente), y los dirigentes de los oppida se dieron cuenta de ello y allí que se apresuron a ofrecer lo que el enemigo necesitaba, aumentando la producción local y los precios, en función de esa oscura ley de la oferta y la demanda. Este negocio, que en numerosas ocasiones aparecía íntimamente relacionado con esa otra gran actividad lucrativa que es la guerra (excepto para las víctimas de la misma, claro está), era una actividad muy rentable para las jerarquías comunitarias de la Edad del Hierro. La expansión de la actividad comercial supuso el crecimiento y la evolución de los oppida vettones, hacia donde llegaban monedas de plata y bronce, a cambio de esclavos (mano de obra más barata, imposible), metales (que muchas veces retornaba a su origen, pero convenientemente encarecidos por los avispados intermediarios, en forma de monedas), ganado, trigo, vino, aceite, perfumes, telas, cerámicas, baratijas a porrillo…La conquista de la Meseta por los romanos y el posterior proceso romanizador supuso un fastuoso cambio en el comercio tradicional de la región, dominado casi en su totalidad por la modalidad del viejo trueque. Aunque más que de comercio, podemos hablar de formas de intercambio, que es un concepto más general, pues incluye además de comercio, otras formas por las que todos los productos descritos más arriba cambiaban de mano: intercambios diplomáticos de regalos o dotes o los tradicionales saqueos y pillajes resultado de actividades militares, tanto romanas (“civilizadas”) como indígenas (“bárbaras”). Todo el mundo quería adquirir algo, lo que fuese, para poder vendérselo a los romanos, que como turistas “guiris” pagaban bien, al menos según los cánones existentes hasta ese momento en estas comunidades primitivas. La adquisición del material (humano, animal, mineral…) se hacía a veces a través de métodos pacíficos y otras de formas más violentas y coercitivas.

En resumen, el tradicional mundo vettón cambió de golpe y porrazo ante la intervención romana, un hecho que se reconoce arqueológicamente por la intensificación de los patrones de producción y en la jerarquización del territorio. Es decir, aumenta el número y tamaño de las granjas agrícolas, ya que los campesinos también querían adquirir su parte (aunque fuese  infinitesimal) las chucherías que comenzaban a fabricar a diestro y siniestro los artesanos de los oppida para el cliente que pudiese pagar por ellas, ya fuesen romanos, vettones o lusitanos.

La cerámica a torno se impone

La cerámica a torno acaba imponiéndose en casi todos los centros importantes, al igual que la metalurgia del hierro produce nuevas y eficaces herramientas como las hoces y la reja del arado. La vieja economía de subsistencia se estaba transformando a ojos vista en una limitada economía de mercado y consumo sin dejar de ser realmente, y en esencia, de subsistencia, sujeta a los violentos caprichos de la Naturaleza (sequías, inundaciones y demás catástrofes naturales a las que eran tan sensibles los hombres de aquella época remota -y los de ahora, aunque no lo queramos creer-). Pero algo estaba cambiando a través del incremento de excedentes alimentarios. Aunque numerosos campesinos continuaron con sus características actividades agropecuarias y artesanales domésticas, que eran de consumo propio. Los excedentes del mundo “rural” (todos eran “rurales”, pero la población de los oppida, algo menos, pues eran los destinatarios de los productos del “campo”) solían ser alimentarios. La producción cerámica de un campesino no pudo competir ni en calidad ni en cantidad con los alfareros especializados que habitaban los barrios artesanos de Las Cogotas, quienes manufacturaban objetos más “molones” para venderlos a aquellos que pudieran pagarlos, ya fuese en monedas o en especies.

El irregular avituallamiento de los ejércitos romanos y sus consecuencias

La vieja economía de toda la vida, la de trueque, comenzaba a convivir con una nueva economía de corte monetario, que venía de mano de los romanos. La presencia del ejército romano generó mercado. Necesitaban productos locales y se avituallaban sobre el terreno. Si estaban a buenas con una comunidad, adquirían lo necesario para su mantenimiento y pagaban con monedas, y si no estaban de humor, lo tomaban por la fuerza (dejando a su paso una caterva de bastardos y viudas), como han hecho y hacen todos los ejércitos del mundo cuando ocupan un territorio. Lo preferible era la adquisición de productos de forma pacífica, pues la táctica de tierra quemada podría resultar perjudicial para el ejército invasor a largo plazo. De una u otra forma, las necesidades de los romanos crearon nuevos puestos de trabajo más especializados: alfareros, herreros, astutos mercaderes, y claro está, incrementó la existencia del viejo mercenariado, cuyos miembros se aseguraban un buen salario y un buen pellizco del producto del saqueo de aquellas comunidades que no estaban muy de acuerdo con los expeditivos métodos socioeconómicos de los conquistadores foráneos, muy bien organizados militarmente. Los alfareros se dedican en estos momentos en cuerpo y alma a fabricar contenedores cerámicos para el transporte de los alimentos y las materias primas que necesitaban los romanos. Este tipo de cerámicas “de batalla” se hacían de forma, tamaño y decoración casi estándar, dedicada a una amplia distribución fuera (y dentro) de los oppida. Los campesinos, como no estarían en disposición de adquirir estos nuevos productos industriales, continuaron haciendo sus propias vajillas a mano y decoradas de forma tradicional, a gusto del consumidor. Es decir, de aquél que ejecutaba el objeto, el propio usuario final.

Vertederos urbanos en los oppida vettones

La evolución de los oppida vettones. El arqueólogo Jesús Alvarez-Sanchís
El arqueólogo Jesús Alvarez-Sanchís. Su tesis doctoral trata en profundidad el mundo vettón

La evolución de los oppida vettones hace que tratemos ya de verdaderos centros urbanos, por su propia estructura interna y jerarquía externa, como por los extensos vertederos descubiertos en sus alrededores, una ingente acumulación de huesos, escorias, adobes y cerámicas que denotan una presencia humana prolongada en un mismo lugar. Lo bueno de estos “basureros” o escombreras es que tienen una fecha de inicio a partir de la primera mitad del siglo II a.C., es decir a partir del contacto con los romanos, y que debieron ser resultado de la cada vez más creciente actividad industrial para satisfacer las necesidades del cliente-invasor. Según Sacristán et allí estos lugares eran escombreras donde se arrojaban restos procedentes de las reformas efectuadas sobre viviendas y talleres, que se expandían para hacer frente a la creciente demanda. A más demanda, la riqueza generada y el comercio atraían cada vez a un mayor número de habitantes. La acumulación de gente generaba cada vez más acúmulo de desperdicios. Con el incremento de la riqueza y la mejora de las condiciones de vida, aumenta el acúmulo de basura. ¡Lo que es la vida y el ser humano! Los más grandes generadores de basura en la actualidad son los ciudadanos estadounidenses, la primera economía mundial. Juzguen ustedes mismos según estos datos. Contínúo con mis exposición, que me voy por los Cerros de Úbeda. Extrapolando a la zona que nos ocupa, en Las Cogotas existen estructuras similares a las que describe Sacristán para poblados celtibéricos, en las que se acumulan fragmentos de huesos de animales en cenizales, según Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís. En Salamanca también se han excavado restos de cerámicas, adobes, huesos y otros residuos. Nada radiactivo, eso no. Por lo que no ocasionan preocupación por ese lado.  Este es uno de los rasgos que define a la ciudad del Tormes como un importante centro comercial y productor en la Edad del Hierro, algo normal si comprobamos su situación privilegiada respecto a las vías de comunicación: el propio río Tormes y la ruta terrestre que desde época tartésica pasaba por sus proximidades. Efectivamente, la Vía de la Plata.

Las murallas y la industria

Es muy probable que este doble factor comercial y productivo del que venimos hablando en la evolución de los oppida vettones (y no tan vettones), acrecentado en época romana, tuviese mucho que ver con las murallas levantadas con grandes piedras y sofisticados sistemas de acceso, durante la conquista romana, para proteger sus novedades industriales. Este tipo de nuevos recintos amurallados aparecen en los oppida ya existentes, como el Mesa de Miranda, en Ulaca, Las Cogotas y Salamanca, e incluso en ciudades surgidas exnovo durante la conquista de la Meseta por los romanos, como el caso de El Raso de Candeleda, cuyas fortificaciones datan de inicios del siglo II a.C. La presencia romana es, desde luego, un factor fundamental en la mejora de las fortificaciones de los oppida, pues las legiones disponían de temibles máquinas de asedio y asalto, que jamás se vieron anteriormente por estos lares. El otro factor, como decíamos antes, era proteger el tráfico de mercancías.

En resumen, y aunque no lo parezcan, viéndo la tosquedad de sus instalaciones, los oppida vettones tenían la categoría de auténticas ciudades. Según Álvarez-Sanchís, su organización interna posee lógica urbanística, pues se compone de barrios residenciales distribuidos en razón de la distinta riqueza de sus moradores, viviendas extramuros para los habitantes más pobres, cercados intramuros para el ganado, fundamental en estas sociedades de señores de grandes rebaños, áreas artesanales perfectamente delimitadas (alfareras, metalúrgicas, canteras…), vertederos, lugares para el comercio, el descanso eterno, zonas de culto, santuarios, saunas,…Todo un lujo, un signo de los nuevos tiempos que viven las sociedades mesetarias ante la irrupción del conquistador romano. Una irrupción que contribuyó no obstante, y en gran medida, a la evolución de los oppida vettones.

Extraido de Tierra de vettones, trabajo inédito de Diego Salvador

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