La arqueología vettona en la noche de los tiempos

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La arqueología vettona en la noche de los tiempos

Pioneros de la arqueología vettona antes del siglo XIX

Pioneros de la arqueología vettona. Combate de Guisando

A finales del siglo XV comienza la etapa que he considerado como de los pioneros de la arqueología vettona, aunque sus primeros representantes no fuesen demasiado conscientes de formar parte de tan egregio elenco…Antes de ellos, la nada absoluta, suponemos…

Un tal Diego Rodríguez de Amela publicó en 1487 una obra llamada “Compilación de las batallas campales”, de temática obvia. Pero lo importante aquí es la mención que realiza por primera vez de los Toros de Guisando, unas esculturas que llevaban en su sitio la torta de años y que nadie se había molestado hasta el momento, de detallar, ni tan siquiera de referirse a ellos ni tan siquiera de pasada. Ni una reseña miserable. Eran otros tiempos, no cabe duda. La noche de los tiempos en la arqueología. En los toros aparecían algunas inscripciones latinas, posiblemente de época de Isabel la Católica, cuya intención era reforzar la legitimidad de los famosos Pactos de Guisando, entre ella y su hermano el rey Enrique IV, por los que éste reconocía como princesa y heredera legítima a su hermana pequeña, la citada Isabel. Así que inscripciones latinas de época romana, nada de nada.

En 1596 a la gente de la zona les chocaba un poco aquello de las toscas figuras de animales, los famosos verracos, y a un vecino de Salamanca, algo más erudito que los demás, le dio por escribir una relación de esculturas, 39 en total, y que llamó toros. El vecino era Gil González Dávila, y el inventario se publicó con el pomposo título de “Declaración de antigüedad del toro de piedra de la puente de Salamanca y de otros que se hallan en otras ciudades de Castilla”. Y se quedó más ancho que largo.

El siglo XIX

Pioneros de la arqueología vettona
Combate de Guisando. Detalle

Los mismos Toros de Guisando aparecen también en la pintura. En concreto hay una muy curiosa, obra del francés Louis-François Lejeune (1830), titulada “Combate de Guisando, 11 de abril de 1811”. En ella, el autor representa como una partida de guerrilleros españoles, embosca, desnuda y despanzurra a un grupo de soldados franceses. Desde luego, Lejeune tuvo que echarle imaginación a la cosa, ya que jamás viajó a España, y por tanto, no conoció de primera mano las dichosas esculturas.

Pero no sólo de los verracos vive el hombre. El conocimiento del origen de la toponimia de las poblaciones de la región y su historia también fueron materia de interés para algunos próceres locales, que se pusieron a buscar y rebuscar como locos en su pasado más remoto. Ya en el siglo XIX, todas estas actividades de búsqueda de antiguallas, en principio algo anárquicas y alocadas, comenzaron a encontrar cierta sistematización. Se comenzó a excavar y se aficionaron a dichas actividades curas, maestros, boticarios, doctores, militares y ricachones que veían en la incipiente “arqueología” una excelente manera de gastar sus buenos dineros en plan filántropos, que daba mucho caché. Y esto coincidió con el comienzo del despegue económico español, que incrementó los hallazgos arqueológicos como consecuencia de la construcción de infraestructuras y del auge minero. Así que se crearon las Comisiones provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos en 1844, a fin de intentar proteger los vestigios de otros tiempos en cada provincia. Son el inicio, muy incipiente todavía, de las Cartas Arqueológicas y los museos provinciales.

En la Real Academia de Historia se lanzó desde 1858 una convocatoria de premios especiales por descubrir antigüedades, prestando especial atención a la red de calzadas romanas, ya que se pretendía crear a partir de este conocimiento, la futura red férrea española.

En 1876, el coronel Pedro de la Garza, realiza unas cuantas láminas de verracos abulenses y las envía a la Academia de la Historia. A partir de entonces, diversos eruditos se lanzan a aventurar hipótesis sobre el significado de dichas esculturas. Que si delimitan regiones, que si eran puestos fronterizos entre pueblos, que si señalan vías pecuarias para ganados trashumantes, que si eran objetos de culto,…

En 1879, Joaquín Rodríguez publicó un estudio llamado “La Vettonia”, basándose en las fuentes clásicas, delimitando el solar vettón en las provincias de Ávila, Cáceres, Salamanca y algunas regiones limítrofes. En 1896, Enrique Ballesteros se fija especialmente en el poblado de Ulaca, del que detalla murallas, viviendas y el altar, en su obra “Estudio Histórico de Ávila y su territorio”.

Los comienzos del siglo XX

A comienzos de siglo XX, la Arqueología comienza a transitar por la senda de lo científico y abandona en cierta medida el mundo de los aficionados anticuarios, donde había permanecido hasta el momento. Para los aficionados, no dejaba de ser una búsqueda de tesoros, pero para los profesionales, era una búsqueda de información y una respuesta a determinadas cuestiones planteadas.

Pioneros de la arqueología vettona. Manuel Gómez Moreno
Manuel Gómez Moreno

Se considera a Manuel Gómez Moreno el primer científico en la arqueología de la Meseta occidental. Fue el encargado de realizar el Catálogo Monumental de Ávila, Salamanca, Zamora y León, trabajo exhaustivo que desarrolló entre 1901 y 1907. Reunió información ya existente sobre yacimientos como Villalcampo, Yecla la Vieja, Saldeana, El Berrueco, Las Cogotas, Ulaca, o el Tiemblo, ampliadas con dibujos, mapas, fotografías y descripciones. Además incluyó en su obra el descubrimiento de nuevos hallazgos. Su obra favoreció la arqueología local de la zona, y su labor causó gran impacto, de forma que su enumeración de yacimientos y verracos sentó cátedra y fue referente ineludible durante décadas en el estudio de la edad del Bronce y del Hierro en la Meseta y el Noroeste. El principio de autoridad en estado puro. Durante mucho tiempo, Gómez Moreno fue la autoridad absoluta e incontestada en materia de verracos y otras hierbas. Lo que aparecía en su obra fue a misa durante muchos años.

Hasta el majestuoso emplazamiento de Ulaca (en el municipio abulense de Solosancho) llegaron Pierre Paris, Raymond Lantier y el ilustre abate Henri Breuil (lo de ilustre lo digo porque este señor ya sabía lo suyo de pintura rupestre cantábrica), y Martín Jiménez se la vio y deseó con el portentoso yacimiento de Yecla de Yeltes.

Esta etapa pionera finaliza con los trabajos en la provincia de Salamanca del monje agustino César Morán, que traza, un detallado es poco, exhaustivo es más, mapa arqueológico de la zona vettona. Con estos arqueólogos acaba la enumeración de pioneros de la arqueología vettona, que ya entra en una fase más profesional y cualificada con Juan Cabré y Juan Maluquer.

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