Introducción a los oppida vettones

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Introducción a los oppida vettones

Cambios de habitat mediado el primer milenio antes de Cristo.

Este post introduce al lector en el mundo de los oppida vettones.

Introducción a los oppida vettonesEl mundo que se constituye en la Edad del Hierro de la meseta occidental de la Península es la base demográfica donde surgen los oppida vettones, poblaciones que podemos calificar de urbanas, ciudades en suma, que pudiesen albergar cientos e incluso miles de personas. Estas aglomeraciones urbanas son el primer intento serio de ordenación sociopolítica del territorio vettón que supera la anterior organización en poblados autárquicos. Posiblemente las ciudades u oppida vettones son el resultado de la evolución de algunas granjas y pequeñas aldeas, a cuyos habitantes, una vez superada la fase de subsistencia pura y dura, les dio por salir fuera de sus límites primigenios y controlar los territorios adyacentes en unión de sus vecinos próximos Y decimos lo de la fase de subsistencia porque en aquellos tiempos remotos, la gente lograba sobrevivir durante más tiempo en un determinado territorio, lo que quería decir que sus técnicas agrícolas habían mejorado sustancialmente. Es posible que entonces logren mantener durante un período más prolongado que antaño la fertilidad de los suelos, realicen un sistema de policultivo (concretado en la rotación de cereales y leguminosas), se utilice el arado ligero o determinados abonos naturales, que serían, evidentemente, de origen animal. Los excrementos del ganado, para entendernos.

Según el arqueólogo Jesús Álvarez-Sanchís, los sitios habitados antes de mediados del I milenio a.C. poseían las siguientes características: solían ser superficies pequeñas, con excepciones, habitados por poblaciones que variaban entre algunas decenas y pocos centenares de personas; dentro del recinto amurallado, el caserío se organizaba junto a la muralla o formando pequeñas manzanas de casas separadas entre sí por muros medianeros; algunos de estos primitivos emplazamientos estaban fortificados de manera harto precaria con ligeras empalizadas de madera, aunque otras defensas eran más poderosas, constituidas con piedras, fosos y estacas hincadas en el suelo. Pero lo habitual es que la gente viviese de forma modesta en pequeñas granjas y alquerías sin asomo de fortificaciones. Pero esta situación general varió entre los años finales del siglo VI a.C. y el siglo IV a.C., época en la que algunos asentamientos importantes del período anterior fueron abandonados por razones que no alcanzamos a comprender, surgiendo paulatinamente nuevas aldeas fortificadas de mayor tamaño, acordes con la moda del momento. Estas aldehuelas ocuparon gran parte de la Meseta y comenzaron a contar con cementerios de incineración y donde se han hallado ajuares de respetable tamaño y número entre los que encontramos un buen puñado de armas. Este nuevo sistema de poblamiento más concentrado, convenientemente evolucionado con el transcurrir de los años y los siglos, alcanzará la época de la conquista romana.

Los oppida

En el centro de la provincia abulense destacan el valle de Amblés, con un buen número de castros fortificados (Las Cogotas, Mesa de Miranda, Ulaca y Sanchorreja) y las llanuras del río Adaja, provistas de diminutos asentamientos donde las murallas brillaban por su ausencia. De la misma época son los castros del sur de la Sierra de Gredos, próximos al río Tiétar: Escarabajosa (Santa María del Tiétar), Castillejo de Chillida (Candeleda) o Berrocal (Arenas de San Pedro). En el valle del Tajo, unos cuantos poblados junto a los ríos mantienen una más que digna secuencia de ocupación: El Carpio (Belvís de la Jara), Talavera la Vieja, Arroyo Manzanas (Las Herencias), Calera de Fuentidueña (Azután) y Cerro de la Mesa (Alcolea del Tajo). Pero todavía hay más. En el oeste de la provincia de Cáceres, de nuevo observamos que los asentamientos existentes se localizan en torno a los ríos: Castillejo de la Orden y La Muralla (Alcántara), El Zamarril (Portaje) y Sansueña (Cáceres). En el valle del río Tormes encontramos los restos de los poblados de San Vicente (Salamanca), Ledesma o las Paredejas, al pie del Berrueco (Medinilla). Los grandes castros salmantinos, los más conocidos, como Yecla la Vieja o Las Merchanas, aparecerían más tarde, en la plena Edad del Hierro.

Crecimiento demográfico

Independientemente de las diferentes situaciones que parecen transmitir los estudios arqueológicos en la Meseta occidental, de lo que no cabe duda es que el amplio número de poblados conocidos (o al menos lo que queda de ellos), demuestra un crecimiento demográfico, concretado en un buen puñado de gentes que ocupan un determinado territorio durante amplio lapso temporal, que acaban identificándolo como propio, y que tratan de controlar. Ese incremento en el número de habitantes en la zona se traduce en la diversificación de sus actividades económicas. Se fabrican más instrumentos de hierro y se roturan nuevas tierras para tratar de producir más alimentos, lo que favorece la expansión de una comunidad, que con el tiempo obedece a alguna forma de autoridad, según Álvarez-Sanchís. A partir del siglo IV a.C., según ha demostrado la arqueología, estos asentamientos humanos se van haciendo más complejos, y aparecen estructuras visibles a simple vista: murallas, fosos, necrópolis, parcelas,… En suma, límites de de un territorio fuertemente antropizado. Antropizado, sí, pero no desde nuestra perspectiva actual, obviamente.

Fundación de oppida y comercio interregional

No todos los grandes oppida que nos son más conocidos se fundaron en la época de las guerras púnicas y de la posterior acometida romana. De nuevo la arqueología ha demostrado que ya en los siglos IV y III a.C. existían importantes asentamientos, de los cuales no queda nada en la actualidad. Por poner un ejemplo, el oppidum de la Mesa de Miranda poseía tres recintos, dos de los cuales fueron construidos durante los siglos IV y III a.C. En cambio el tercer recinto, construido con técnicas muy diferentes, parece relacionado con el período de la conquista romana del siglo II a.C. En Las Cogotas ocurre otro tanto: un primer momento de ocupación que se remonta a los siglos IV y III a.C., y una segunda etapa de amurallamiento que corresponde al siglo II a.C., que delimita un recinto de estructuras urbanas relacionadas con actividades artesanales especializadas. Estos y otros ejemplos similares nos proporcionan evidencias de que las actividades manufactureras y productivas agrícolas habían alcanzado cotas poco antes de la conquista romana nunca conocidas hasta ese momento. Este aumento productivo, es para Álvarez-Sanchís, consecuencia de la existencia de un comercio interregional que ya en los susodichos siglos IV y III a.C. tenía lugar entre estas comunidades vettonas y otros colectivos mesetarios, pero también de Andalucía y del Levante. Aumentan los excedentes agropecuarios y los productos industriales, manufacturados, mejor, que permitió a estos pueblos acceder a las redes de comercio peninsulares, una situación que cristalizaría en la consolidación de una clase artesanal especializada y que habitaría dentro de los grandes centros distribuidores. Como en Las Cogotas.

Jerarquización de los núcleos habitados

El sector abulense

Introducción a los oppida vettones. Majada Braguillas en Candeleda
Majada Braguillas en Candeleda

Así, en el sector abulense, los oppida estarían en la cumbre del sistema sociopolítico, bastante jerarquizado. De estos centros principales dependían las aldeas, granjas y alquerías, cuyos habitantes suministraban vituallas a los “urbanitas” del castro. Este tipo de población diseminada y “rural” sería mayoritaria en el engranaje vettón de la época, y se encontrarían “a disposición” de los pobladores “urbanitas” de la zona. Evidentemente la estructura urbana interna y externa de los “grandes” centros urbanos distaba mucho de la de las pequeñas aldeas y granjas aisladas, carentes por completo de una mínima estructura urbana reconocible. Estos pequeños asentamientos satélites tenían una función agrícola exclusiva, pues se ubican en el fondo de los valles junto a los ríos, como ocurría en el valle Amblés. En cambio, los alrededores controlados por los oppida, revelan actividad ganadera predominante. Las actividades industriales y religiosas, cuya variedad ha demostrado una vez más la arqueología, se propagan en centros como Las Cogotas (con su barrio alfarero) o Ulaca (importante centro religioso a juzgar por la existencia de su fastuoso altar de sacrificios y su no menos importante edificio de sauna ritual). Estos grandes centros se encargaban de introducir a sus conciudadanos en las complejas redes comerciales peninsulares.

El sector salmantino

Introducción a los oppida vettones. Jesús Alvarez Sanchís Y Enrique Baquedano, director del Museo Arqueológico Regional de Madrid
Jesús Alvarez Sanchís Y Enrique Baquedano, director del Museo Arqueológico Regional de Madrid

En la propia capital salmantina (la Helmantiké de las fuentes clásicas, asaltada por Aníbal en el año 220 a.C.), la arqueología ha conseguido demostrar que su núcleo originario es el cerro de San Vicente, según C. Macarro. A juicio de este investigador, a comienzos de la Edad de Hierro ocupaba una superficie de una Hectárea y media, pero en el siglo IV a.C. ya se había extendido hasta la vecina colina de Las Catedrales. Plutarco se refiere a este asentamiento primigenio salmantino como “ciudad grande” y Tito Livio asegura que fue tomada al asalto. De estos autores clásicos podemos deducir que en el actual solar de Salamanca existió un núcleo fortificado, hecho parcialmente constatado en Las Catedrales, donde se han excavado parte de los cimientos de una gran muralla y los restos de un cubo defensivo muy bien conservado, que vio la luz en 2010. En la misma provincia de Salamanca se han encontrado asentamientos con materiales similares a los abulenses, pero de una superficie bastante más reducida: Irueña (9 Ha), Las Merchanas y Yecla la Vieja (de unas 5 Ha cada uno). En los alrededores de estos oppida menores no se han hallado restos de la jerarquía poblacional abulense, es decir, de granjas o aldeas, lo que no significa que no existiesen o que el modelo es diferente. En todo caso, y al igual que sucede con sus “hermanas mayores” abulenses, las aglomeraciones urbanas salmantinas también están orientadas a la explotación del ganado y carecen (al menos, hasta ahora) de suministradores de material agrícola. Álvarez-Sanchís relaciona estos oppida salmantinos con redes de intercambio de minerales, hipótesis forjada en la existencia de afloramientos minerales en la divisoria entre el río Duero y la vieja Vía de la Plata tartésica.

Extraido de Tierra de vettones, trabajo inédito de Diego Salvador

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