El poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva en Patones

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El poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva en Patones

El poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva (Patones de Abajo, Madrid) es un gran asentamiento de unas 30 hectáreas. Las campañas arqueológicas desarrolladas entre 1952 y 2005 han permitido fijar el precoz inicio de su urbanismo a comienzos del siglo II a.C., una fase de remodelación urbana a finales del siglo III d.C., otra tardorromana entre los siglos IV y V d.C. y una posterior visigoda. Las intervenciones de los años 50 extrajeron cerámica campaniense junto a la indígena, que sugiere un temprano contacto con el mundo romano, confirmado por Montero y sus colaboradores en los hallazgos de 1990 y 1991. Algunas de las estructuras excavadas han sido restauradas y puestas en valor en 2006 y 2013 con el objeto de musealizar el yacimiento y proporcionar accesibilidad a las visitas, que es de esperar que no se prodiguen demasiado.

Poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva. Horno en una vivienda

Fase carpetana

La amplia cronología del yacimiento queda fijado por las monedas halladas procedentes de los siglos II a.C. y V d.C. Los restos de la fase carpetana, se ubican en la parte más elevada del cerro, y se traducen en el tradicional poblado amurallado, compuesto por edificios rectangulares inmersos en un tejido urbano de calles y manzanas, una muestra más del urbanismo incipiente descubierto en multitud de asentamientos de la II Edad del Hierro en la zona centro peninsular. Los muros eran de mampostería con mortero de barro en la parte inferior y adobe en la superior. Los techos están confeccionados con troncos recubiertos y con tablones o ramajes unidos por numerosos clavos, para evitar en la medida de lo posible que todo el entramado se fuera al garete. Se ha documentado también la existencia de una alberca, edificios públicos y varios hornos y hogares. Uno de los edificios podría haber sido perfectamente un taller de herrería, como parece demostrar la existencia de numerosos objetos metálicos encontrados como los susodichos clavos, cuchillos, fíbulas, etc. Desde lo alto del estratégico emplazamiento los vigilantes pobladores del enclave controlaron y otearon las vegas fluviales de los ríos Jarama, por el sur, del Lozoya, por el este y del arroyo Valdentales al oeste.

Poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva. Vivienda reutilizada como necrópolis visigoda

Los lugares de habitación forman la característica planta rectangular, dividida en los tres compartimentos contiguos, ya típicos en las viviendas de origen celtibérico. En el central se desarrolló la vida cotidiana, modelo tradicional de vivienda que ya venía de épocas pasadas. Protegida por un abrigo rocoso estratificado, se ha documentado un edificio porticado, que pudo albergar pequeños comercios y locales artesanos. El interior bien pudo hacer las veces de almacén y el soportal de lugar de intercambio de mercancías, de compadreos o de cotilleos, a los que siempre han sido muy aficionados los hispanos.

La muralla y los barrancos naturales formaron el sistema de fortificaciones. La cerca fue construida basada en dos líneas de grandes piedras de mampostería, cuyo interior se rellenó como buenamente se pudo con guijarros y cascotes de piedra sin labrar.

Poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva. Restos de muralla

Fase romana

Con la romanización, los pobladores mutaron sus ancestrales modos de vida y costumbres, y convirtieron progresivamente el castro en una diminuta, pero característica ciudad romana planificada, con su habitual entramado racional de calles, sus infraestructuras hidráulicas y sus edificios públicos, una ciudad que descendiendo hacia la ladera, hizo trasladar la línea de la muralla. El cambio de costumbres provocó el definitivo abandono por los vivos de la cumbre, transformándose en lugar de residencia de los que habían pasado a mejor vida, puesto que fue reutilizada como necrópolis en la tardoantigüedad.

El caserío se dispuso en un trazado racional según los usos y cuadriculadas costumbres romanas: ortogonal, en damero, de calles cruzadas perpendicularmente, y dotadas de la infraestructura necesaria para el saneamiento público tales como depósitos, canales de desagüe y aceras. Las viviendas presentan fachadas a dos calles, constituyendo alargadas manzanas. Observamos los restos de una típica vivienda itálica con patio interior al que se abren el resto de habitaciones. Las estancias que miran hacia el norte están un escalón por debajo de las que están orientadas al sur y pudieron ser almacenes. En todas ellas podemos ver restos de las tumbas de una necrópolis visigoda fechada en el siglo VI.

Poblado carpetano de la Dehesa de la Oliva. Restos de vivienda

Los trabajos de la campaña de excavaciones de 2013 (mayo-junio) se centraron en el acondicionamiento y la excavación del sector más occidental de la plataforma superior o acrópolis del yacimiento, con una superficie de 10 hectáreas. Los restos identificados remiten a un amplio conjunto edilicio de carácter público-administrativo, que se extiende por una superficie de más de 500 metros cuadrados, adosándose a la muralla que circunda gran parte de la ciudad romana.

El edificio presenta un cuerpo principal de planta rectangular de 8 metros de anchura por 31 de longitud y un lado porticado; en su interior se conservan los restos de un pavimento empedrado, y una serie de bloques calizos, que corresponden con basas o pilares, por lo que este lugar ha sido designado como “Edificio de los Pilares”. Al oeste del cuerpo principal, denominado ’Edificio de Pilares’, se adosan una serie de estancias auxiliares, una de ellas con un hogar central, de menores dimensiones. Los datos recopilados confirman tanto la cronología romana republicana del asentamiento, como su abandono a finales del siglo I a.C. o inicios de nuestra era.

Urbanismo

Resumiendo, aunque el asentamiento mantiene rasgos propios del Hierro II hispano, como el emplazamiento en promontorios de fácil defensa y fortificados, la cultura romana inspiró la trama urbana en damero o urbanismo hipodámico: dos calles paralelas, que sus primeros investigadores denominaron de la Alberca y del Canal, en perpendicular a la del Hacha, que prueban una incuestionable tendencia a adoptar la forma de retícula con ángulos de 90º. Este tipo de urbanismo preponderante en la Dehesa de la Oliva es claramente superior al de enclaves tradicionalmente indígenas como La Gavia, cuyas calles mantienen la característica adaptación al relieve. No obstante, tampoco es para echar cohetes, ya que la Dehesa de la Oliva todavía mantiene ancestrales técnicas arquitectónicas indígenas, que hunden sus raíces hasta al menos el Bajo Imperio. Estas viejas edificaciones de sabor céltico, cimentadas en zócalos de piedra y paramentos de adobe, y sus correspondientes cubiertas vegetales apoyadas en maderamen perpendicular al suelo, perduran insistentemente y sin excesivo ánimo de desaparecer, en ámbitos rurales incluso en fechas muy avanzadas de la romanización.

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