El enigma del nombre de Maŷrit

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En el siglo XX se relacionó la etimología del topónimo Madrid con la principal actividad económica de la que eran capaces las comunidades que habitaban estas tierras, la ganadería. Así, a comienzos del siglo XX, el padre Fidel Fita (1835-1918), arqueólogo, epigrafista, filólogo e historiador, además de clérigo, aseguraba que el término Madrid provenía de una palabra de origen celta y que significaba vega: “Magan” o “Magus”. Para el ilustre medievalista Ramón Menéndez Pidal, Madrid procedería de “Magoritu”, que vendría a decir algo así como Vadogrande. Esta terminología implicaría un gran vado emplazado en los alrededores de los cerros de la Almudena y de las Vistillas donde los rebaños de los ganaderos autóctonos atravesaban cauces fluviales. El principal de todos ellos era el río Manzanares, siempre denostado el pobre. Otro arqueólogo e historiador patrio, Manuel Gómez Moreno argumentó que el nombre “Madrid” procedería de “Majadarit”, o conjunto de majadas, lugares donde los pastores dejan pacer (y a placer) los rebaños a su cargo. Incluso alguien defendió que “Madrid” provenía de “Meadarid”, nombre propio de origen germánico que portaría la persona que fundó un villorrio, posiblemente en el mismo lugar, o muy cercano al que Jaime Oliver eligió para instalar su Matrice.

Ninguna de estas hipótesis parecía tener fundamento, por lo que a Oliver Asín volvemos, y más que lo haremos, dado su gran prestigio como estudioso de Madrid. Ya hemos hablado de este ilustre lingüista en varias ocasiones. Pues bien, este erudito madrileño, catedrático del también madrileño instituto Ramiro de Maeztu, y famoso por su estudiantil equipo de baloncesto, publicó una obra de investigación con el preclaro y pleno de intenciones título de Historia del nombre Madrid, libro de cabecera de todos aquellos interesados en la Historia de Madrid (eso sí, pelín “vintage”). El ensayo fue galardonado con el Premio “Francisco Franco” en 1952, lo que quiere decir que los jurados de aquella época, bastante parcialillos, lo consideraron un trabajo de gran calidad. Sin ninguna duda lo es. Es una obra muy completa, que contiene numerosa información y argumentaciones de gran complejidad. En ella Oliver demostró un sobresaliente talante investigador, profundizando o mejor, sumergiéndose en un terreno muy poco trillado, como era el de los orígenes de Madrid. Nadie se atrevía, y menos en los tiempos tan tristes que corrían por la piel de toro. No era políticamente correcto asegurar un origen musulmán para la capital de la cristianísima España, como se oía de vez en cuando por ahí.

Pero Oliver Asín se dispuso a meterse en faena. En su teoría etimológica, el lingüista detecta la existencia de otros topónimos similares: Madrides, Madrices, Madridejos, Madres o Madriceiras, todos con la misma raíz. A todos asigna un origen toponímico con un nexo de unión: las fuentes de agua. Al primer Madrid ya hemos visto como le emplaza junto al arroyo de las fuentes de San Pedro y propone una denominación para el primitivo poblado de época preislámica, que él estima de época visigoda (si no anterior, incluso): Matrice. Este topónimo procede del bajo latín. No hay documentación preislámica que apoye su aventurada hipótesis, y en los textos árabes, la grafía que aparece para referirse al lugar concreto, es Maŷrit. Para Oliver, “Maŷrit” no podía derivar de “Matrice”. Para él, existe una doble denominación para el mismo lugar, que en realidad serían dos sitios diferentes, origen de la posterior teoría de los “madriles”. El Maŷrit del Alcázar islámico, que procedería de “Mayra” (palabra árabe que significa cauce, canal de aguas, madre de agua, aspiradero de agua), con el añadido de un sufijo romance -it (procedente del sufijo latino -etum, en su acepción de abundancia); y un Matrit derivado del romance mozárabe Matrice (arroyo matriz), que designaría los barrios orientales del arroyo, esto es, el cerro de las Vistillas, y los anejos de San Pedro y San Andrés, donde residiría la población hispanorromanogoda. Presumiblemente, según Oliver Asín, el personal autóctono ya tenía montado el tinglado antes de la llegada de los invasores bereberes de tez oscura y a medio islamizar.

Ya hemos visto en el capítulo anterior como el Madrid musulmán lo constituían dos montículos principales: aquél donde se alzó el primitivo Alcázar y el de las Vistillas, dos colinas entre las que corría el arroyo matriz que había dado su primer nombre a la futura ciudad, célebre desde fechas muy tempranas por su cielo azul y limpio. Quién lo diría. El arroyo bajaba por la actual calle Segovia, corriente que con el tiempo desapareció, pero bien documentada en tiempos de Alfonso X el Sabio como “Arroyo de la Fuente de San Pedro”, que nacía junto a Puerta Cerrada. Los musulmanes, hábiles captadores de agua (a la fuerza ahorcan, a tenor de su origen), buscaron infinitas “matrices” o canales subterráneos. Así pues, Maŷrit era el lugar donde abundaban las mayras o conjunto de mayras. En época musulmana, los mozárabes siguieron, erre que erre, llamándola Matrice y los árabes, machaconamente también, Maŷrit. Los Madriles. Con el tiempo, Matrice se transformó en Matriy y posteriormente en Matrit, de donde derivó Madrid. Al final los conquistados impusieron su topónimo y el nombre árabe de Maŷrit se perdió en el olvido.

Fernando Corriente rebate la argumentación de Oliver Asín, ya que si para él bien es cierto que la grafía “Maŷrit” está suficientemente documentada en las fuentes árabes, no es así en el caso del mozárabe “Matrit”, ni atestiguada en ningún sitio la doble denominación que presenta Oliver. Tampoco existiría ninguna dicotomía lingüística pare el pretendido asentamiento. Los Madriles no tendrían un origen etimológico. Más tarde hablaremos en profundidad de este concepto tan castizo y tan interesante. Corriente supone que desde la primera oleada de invasores norteafricanos, el nombre del poblado es árabe, por lo que no se sostendría ni la existencia de un término previo “Matrit” procedente del latín romance, ni por supuesto que se tradujera al árabe como “Maŷrit”. Según Corriente, parece como si entre un numeroso grupo de investigadores españoles existiese un atávico deseo inconsciente o consciente de hallar un origen plenamente hispánico, visigótico incluido, al étimo que denomina la capital de España. Estos autores en cierto modo, relegarían lo andalusí a un segundo plano por no considerarlo de suficiente calado cultural e ideológico autóctono. Se ha demostrado en numerosas ocasiones que esto no es así, que el legado andalusí existe por estas latitudes. Por tanto, concluye Corriente, el nombre de “Maŷrit” procedería directamente de los conquistadores y no de los supuestos pobladores hispanogodos previos. Para Corriente no existe poblado preislámico alguno emplazado sobre los dos cerros aludidos anteriormente.

En todo caso, sí que parece lógico pensar que la etimología de Madrid procede de conceptos hídricos, pues tanto Oliver Asín, refiriéndose al arroyo matriz, como las crónicas árabes andalusíes, norteafricanas u orientales, relacionan el topónimo con el conjunto de cauces de agua. En Madrid, el líquido elemento es protagonista absoluto. Madrid fue fundado sobre un terreno algo alejado de la corriente principal de la zona, el sufrido río Manzanares. Pero el primigenio solar madrileño contaría con abundancia de barrancos o corrientes de agua, ya fuesen externas, como el arroyo de San Pedro, o bien ríos subterráneos. Es bien conocida la existencia de un gigantesco acuífero que ocupa la práctica totalidad del subsuelo madrileño. No solamente de la ciudad, sino de gran parte de la Comunidad. Y los árabes, originarios de una tierra con dificultades tan serias de abastecimiento de agua, eran maestros en su búsqueda y extracción, por muy profunda que ésta se hallase.

Pero todavía hay otra hipótesis de enjundia. Joan Coromines (1905-1997), eminente etimólogo y filólogo, hace derivar el moderno Madrid de la castellanización del árabe “Maŷrit”, a través de una serie de variadas grafías cristianas, a saber: Magderit, Maydrith, Maydrid, Maiedrid, Magedrid, Magadrid, Maiedrit y Mayadrit. Cualquiera de ellas, a juicio de este autor pudo desembocar en el étimo actual. La grafía “Magerit” es la que aparece en la Crónica de Pelayo, obispo de Oviedo y en De Rebus Hispaniae, del arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada. En cambio Maŷrit es la forma invariable que aparece en los textos árabes. Además de las grafías proporcionadas por J. Coromines, en las crónicas cristianas aparecidas entre 1123 y 1254, se muestran formas como Magerit, Magerid, Magirit, Maierit, Maiarid, Maderito, Magerido y Macherito, que parecen todas variantes del topónimo árabe. Las variantes de la grafía de Madrid se alternan desde 1176. Por ejemplo, en el Fuero de Madrid de 1202, la grafía Madrid aparece 36 veces, Madrit, 5, Maidrit, 3 y Magirit, 2. Incluso los eruditos monacales que trabajan pacientemente en los scriptoria, se inventan sus propios “palabros” para referirse a la pequeña ciudad en la ribera del Manzanares, como Maioritum o Majoritum. Magrit se utilizó hasta bien entrado el siglo XIII y la forma Madrit comienza a predominar desde el XII. No hubo forma humana en estos años de que los redactores de las crónicas se pusiesen de acuerdo en este delicado asunto etimológico. Incluso algunos cronistas utilizan una forma intermedia de grafía, una especie de rara mixtura entre el topónimo árabe y el romance o mozárabe: Maidrit.

Isabel Gea ha encontrado una tercera variante, fuera de las clásicas acepciones mozárabes y árabes. Gea se refiere a un poco probable origen hebreo de Madrid, que derivaría de Madjri, que significa guía espiritual, lo que supondría el hipotético establecimiento de alguna que otra comunidad judía en los alrededores del arroyo de San Pedro. Y todavía hay más, que opiniones hay para todos los gustos. Mª Jesús Rubiera opina que Matrice, el posible nombre mozárabe que apuntó en su día Oliver Asín, no está documentado en textos altomedievales, y que en la pronunciación mozárabe de la época sería Madriche. Esta investigadora cree que la derivación de Maŷrit a Madrid es sencilla, puesto que no sería muy complicado traducir Maŷrit, procedente del dialecto hispano-árabe, por Matric, en latín culto. Según ella, entonces el nombre de Madrid procedería de un cultismo latino, y no de una palabra mozárabe. En su argumentación, Madrid procedería de la traducción de su topónimo árabe por sus propios habitantes arabizados y latinizados y posteriormente, castellanizados. Maŷrit, Magerit, Matriy, Matric, Madrid, no dejan de ser topónimos y sinónimos entre sí que hacen referencia a los canales subterráneos, a los viajes de agua. De hecho el primer escudo madrileño en la heráldica castellana portaba en su leyenda el siguiente texto: “Fui sobre agua edificada”.

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