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EL ESTIGMA DE SER HIJA DE STALIN

Hay ocasiones en las que aunque el mayor deseo de una persona es llevar una vida anónima y pasar desapercibida e sencillamente imposible. Por ser en este caso hija de quien era. Eso le ocurrió en este caso a Svetlana, hija del dictador soviético Stalin.

Stalin tuvo dos hijos varones que fallecieron antes de tiempo, esto es, prematuramente, aunque quizás en esos tiempos no tanto. Yakov falleció durante la Segunda Guerra Mundial y Vasili, alcoholizado en un país donde la ingesta de vodka es prácticamente una religión. Svetlana, la única hija falleció en 2011, con 85 años de edad. Svetlana, el ojito derecho de su padre, descubrió a los 16 años que su madre se había suicidado y que no había fallecido de enfermedad, como le habían contado desde siempre. La muerte de la esposa de Stalin estaba muy relacionada con la faceta de dictador despiadado del georgiano. A pesar de haber sido la niña mimada de su padre, a partir de su fatal descubrimiento, Svetlana se alejó de su padre pues no le perdonó este hecho.

 

Pero tuvo más motivos para odiarle, pues Stalin rompió cruel y abruptamente los lazos de su hija adolescente con su primer amor, el célebre cineasta Aleksei Kapler, quien superaba en 24 años la edad de Svetlana, y que fue enviado al Gulag durante 10 años. Kapler falleció en 1979.

Svetlana se dio cuenta de que su padre, solo en el fondo, amargado y frustrado, veía enemigos en todas partes, como buen dictador que se precie. La hija quiso vengarse de su padre a su manera, y a costa de hacerse daño a sí misma. Así, se casó dos veces seguidas sin estar enamorada, engendrando un hijo de cada uno de estos matrimonios, y divorciándose en ambos casos.

En 1956, Nikita Jrushchov, nuevo secretario general del PCUS, convirtió a Stalin de héroe en villano, denunciando sus múltiples crímenes. Svetlana pasó de la noche a la mañana a convertirse en la hija de un sanguinario dictador, pero lo único que deseaba era ser una ciudadana anónima y encargarse de unos hijos que la adoraban. Adoptó por ello el apellido de su madre, Alilúyeva, pero pasar desapercibida siendo hija de quien era, era una labor imposible y tarea inalcanzable. Formaba parte, a su pesar, de la élite soviética, y en 1963 conoció a un intelectual indio, Brayesh Singh, miembro del Partido Comunista de la India, hombre de mundo por haber viajado y residido en diversos países europeos. Al contrario que Svetlana, que como a la inmensa mayoría de los soviéticos se les impedía salir de la URSS. Singh logró obtener un visado de residencia en la Unión Soviética y comenzó a convivir con Svetlana y sus hijos pequeños en Moscú, aunque las autoridades soviéticas impidieron el matrimonio de una pareja que se amaba de verdad. Fue el mejor período de la vida de la hija de Stalin en todos los aspectos. pero la felicidad no duró demasiado. Jrushchov, demasiado aperturista para la conservadora mentalidad de la "nomenklatura" del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) fue apartado de la cúpula del poder por sectores muy conservadores, quienes auparon al cargo a Leonidas Brezvev, quien volvió a los oscuros tiempos de Stalin. Para el nuevo régimen soviético, el brillante Brayesh Singh era una molestia. Y como tal estigma, procedieron a neutralizarlo. El intelectual indio estaba enfermo de bronquitis asmática y dada su salud delicada, fue fácil acabar con él, obligándole a trabajar en exceso, dándole nuevas responsabilidades. No aguantó mucho la nueva situación decretada por el aparato estatal soviético y falleció en 1966.

Fallecido su compañero, Svetlana pidió permiso para viajar con sus cenizas a la India y esparcirlas en el río Ganges, según era costumbre del pueblo indio. Las autoridades soviéticas le concedieron su salida, pero tuvo que dejar como "rehenes" a sus hijos en Moscú. Pero tampoco conoció el anonimato en la India, y fue Indira Gandhi, la propia primera ministra de la mayor democracia del mundo, como les gusta denominarse a sí mismos a los dirigentes indios, quien denegó su petición de residencia en el gran subcontinente indio. Ante la negativa de un país que la agradaba sobremanera, pidió asilo en Delhi dentro de la Embajada de EEUU. Durante el tiempo en que Svetlana permaneció en la India, la milenaria civilización hindú le pareció alegre, libre y luminosa. Al menos, si la comparaba con el oscurantismo soviético de la época. El problema fue que en plena Guerra Fría, la petición de asilo de la propia hija de Stalin a los americanos fue un motivo más de fricción entre las dos grandes superpotencias. En abril de 1967 logró por fin aterrizar en los EEUU, un acontecimiento de primera magnitud en la potencia capitalista: la hija del dictador soviético abrazaba la democracia y el capitalismo y ponía tierra de por medio con el teórico paraíso comunista.

A finales de 1967, Svetlana consiguió acceder a un puesto de profesora en la Universidad de Princeton. Pero no conseguía estabilizar su vida mucho tiempo, pues dos años después, viajó al desierto de Arizona, a una comuna de arquitectos invitada por la viuda del gran arquitecto norteamericano Frank Lloyd Wright. Para esta señora, la presencia de la hija de Stalin en su Hermandad Taliesin debió suponer un plus de exotismo, pero también de publicidad y prestigio en determinados ambientes intelectuales norteamericanos. Svetlana se casó con un discípulo de Lloyd Wright, Wesley Peters, a quien pagó sua abundantes deudas, hasta quedar arruinada. Hastiada de la vida en la comuna, Svetlana abandonó Arizona con Olga, su hija de corta edad, habida de su matrimonio con Peters y retornó a Princeton. Pero el estigma de hija de Stalin la perseguía allá donde fuese y le impedía echar raíces, pues casi de inmediato se trasladó a California, y de aquí a Cambridge, en el Reino Unido.

Quiso reconciliarse con sus hijos, que seguían viviendo en la URSS, adonde regresó en 1984. Svetlana, presa de la maldición de los hijos de los dictadores, se sentía extranjera en cualquier parte del mundo, y no logró granjearse el afecto de sus hijos mayores, Yósif y Katia. Con más de 60 años, huyó de nuevo de la URSS de Gorbachov y de sí misma, y bajo la identidad de Lana Peters (apellido de su último marido), se refugió momentáneamente en el convento católico de St. Joseph, en Rugby (Reino Unido). Tampoco fue muy satisfactoria aquí su estancia y terminó sus días en una residencia de ancianos en Wisconsin (EEUU). Cuando murió a los 85 años, su hija menor, Olga, se encargó de llevar sus cenizas al Océano Pacífico, donde las dispersó. Por fin Svetlana Stalin podía descansar en paz.

 
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