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DEL COMUNISMO AL CAPITALISMO EN CHINA

China comienza a imponerse como la primera potencia del mundo. Pero no es la primera vez, ya que este enorme imperio aparece y desaparece de los primeros puestos de la Humanidad como el Guadiana, o salvando las distancias, como el antiguo imperio asirio. En su larguísima historia se ha visto de todo, pero nada comparado con lo que estamos viendo.

Cargada de sabiduría milenaria, China es actualmente el mayor mercado del mundo (India amenaza con desbancarle en este aspecto, pero se encuentra los suficientemente lejos demográficamente para que esto no ocurra). Un monumental ejército de 1.300 millones de habitantes (y subiendo a pesar de las políticas de control de natalidad que periódicamente tratan de llevar a cabo los mandarines rojos) trabaja y produce disciplinadamente para llevar a buen puerto los descomunales planes de los actuales emperadores. Como a finales de los 80 del siglo XX, el comunismo soviético y el de sus satélites cayó (simbolizado por la demolición del muro de Berlín), China se quedó sin los socios (con mayor o menor fortuna) con los que había recorrido el camino de la economía planificada desde el triunfo de la revolución china en 1949. Y hubo que reinventarse, pero sin abandonar la cúpula del poder los comunistas. Hubo dos opciones para los comunistas chinos: continuar defendiendo un sistema que aparentemente había fracasado (eso dicen los gurús del capitalismo) o manteniendo una ficción comunista, incorporar sin prisa pero sin pausa elementos de carácter capitalista, entrando de lleno en la econonía de mercado, con la ventaja de tener el mayor mercado de potenciales consumidores del mundo, lo que hacía de China una perita en dulce para los tiburones financieros y económicos de Occidente sobre todo. O eso pensaban éstos. No contaban en que los dirigentes chinos han sido lo sufientemente hábiles y astutos para dar la vuelta a la tortilla en beneficio propio. Todos cortejan a la poderosa China, desde los alemanes a los españoles, pasando por norteamericanos y japoneses.

Los líderes chinos señalaron los nuevos rumbos que debía tomar el imperio para recuperar su pasada gloria. Para ello debían derrotar al capitalismo, y para ello, debían combatirlo con sus propias armas, es decir sin confrontaciones bélicas, y se transformaron en capitalistas, pero al peculiar estilo del partido comunista chino y siguiendo las directrices del viejo líder Mao, Se habían vuelto comunistas capitalistas.

La nomenclatura comunistra china cuenta con un pueblo numerosísimo y cohesionado a través de un proceso milenario realizado por fuerzas militares y clanes que dominaban a otros y sometían, en fin a los de siempre, a los de abajo. El último eslabón de esta brutal cadena de dominación de los de abajo por los de arriba es el Partido Comunista Chino (PCCh), que sustituyó a la nobleza tradicional china por una nueva oligarquía que procedía de los elementos más preparados para el asalto al poder e inteligentes del pueblo llano, lo que convertía el proceso revolucionario chino en una auténtica novedad histórica. El PCCh comieza a dirigir los esfuerzos de la enorme fuerza de trabajo con que cuenta su país en una sola dirección, poniendo por encima de los intereses personales y particulares los intereses de su aldea, pueblo, ciudad, región, país y aún por encima de todos ellos, sobre todo, el Partido.

Conocemos en nuestras propias carnes los efectos del plan maestro de los jerarcas comunisto-capitalistas chinos, pues hemos visto como en las últimas décadas hemos sido invadidos por productos de dudosa calidad, y muy bajo precio, bolígrafos, juguetes y artefactos electrónicos de baja complejidad, ropa, zapatos, etc, que ha logrado que China se convierta en la gran fábrica del mundo. A costa de mantener un mercado laboral muy presionado (y diría que aplastado) por las directrices y de perfil muy bajo, pero que poco a poco ha ido adquiriendo algunos de los elementos que el trabajador occidental consiguió a su vez paulatinamente en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se dice que si el trabajador chino tuviese el mismo perfil consumista de un trabajador medio estadounidense, se necesitarían dos planetas Tierra para mantener ese nivel. El plan chino de convertirse en la fábrica mundial también ha generado un espectacular aumento de las emisiones contaminantes a la atmósfera, y un acaparamiento de materias primas para llevar a cabo la producción desmesurada que lleve a sus dirigentes a ocupar el rol que ocupan actualmente. Son la segunda potencia económica del mundo, por detrás solamente de EEUU, superando a la mismísima Japón.

Costes de producción realmente bajos, mano de obra abundante y muy barata y grandes volúmenes fueron la clave para el renacer de China como potencia, junto a una población disciplinada por la razón o la fuerza. El trabajador chino carece de derechos laborales, o jornadas de trabajo reguladas, y pocas de las comodidades de los trabajadores occidentales. Pero poco a poco van haciéndose con ellas, y llegará un momento en que los miembros del todopoderoso PCCh se las verá y deseará para manejar el malestar del trabajador chino, que toma conciencia de hombre y persona, y no de máquina, y que desea lo mismo que tienen sus homónimos occidentales. Pero estos derechos de los trabajadores parecen deteriorarse, y muy rápidamente, sobre todo desde que la gran debacle iniciada en 2008 (y gestada durante lustros) se ha ido llevando progresivamente por delante derechos adquiridos desde hace décadas. Los poderes económicos y políticos del mundo se han dado cuenta de que han dado más hilo del deseado a las clases medias de sus sociedades y se apresuran a cortar el grifo. Y eso es lo que sufrimos en las opulentas sociedades europeas y occidentales en general. Un proceso que todavía no ha alcanzado al poderoso (pero con pies de barro, según mi opinión) imperio comunisto-capitalista chino, que todavía está en plena mutación de sistema económico y que mantiene las riendas sobre sus súbditos. Un ejemplo del poder que ejerce el PCCh sobre su pueblo es el férreo control de la información que el chino medio recibe con cuentagotas y convenientemente filtrada, amén de la censura sobre los contenidos de Internet.

La ambición china de alcanzar un particular American Way of Life, conlleva en sí mismo el gérmen del fin del nuevo imperio chino, un poderío que finalizará cuando la crisis de valores, cohesión y decencia ataquen sus bases y a su gente. Algo como lo que ahora nos toca vivir en occidente, pero que parece que tardará aún un tiempo indeterminado en alcanzar a China, cuyos dirigentes disfrutan actualmente de un poder a nivel mundial del que nunca disfrutaron sus predecesores, que mantenían el poder sobre el gigantesco pero limitado espacio geográfico chino. Ahora no. Ahora el poderío económico chino ha desbordado desde hace tiempo sus fronteras y se extiende a nivel mundial. Gran parte de la deuda pública de los países occidentales, incluido EEUU, permanecen en mano de los bancos chinos, que se han convertido en nuestros principales acreedores. Ver para creer.

 

 
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