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DISPUTA POR EL VALLE DE LOZOYA

La historia del municipio de Lozoya se inicia bien entrado en el siglo XI, una vez los cristianos reconquistan la zona en busca del control de Toledo. Alfonso VI dona una "orden de población" a sus capitanes (y adelantados) Díaz Sanz y Fernando García. Más que carta pobladora, la orden real era más bien la concesión de un "adelantamiento" a los citados capitanes, que de este modo obtenían el dominio sobre el lugar, teniendo inmunidad para "hacer y deshacer a su antojo", estableciendo así un señorío en el valle. Era una manera del rey de expresar su gratitud a sus colaboradores por aportar efectivos a las campañas contra los musulmanes.

Pocos meses después de la fundación de Lozoya, las huestes cristianas entran en Mayrit (Madrid) (1083), después de tres años de lucha por la futura capital hispana. Casi a continuación surge un litigio territorial que no finalizará hasta que en 1833 se ponen las bases de la administración territorial de España con la división del país en las provincias que todavía subsisten. Y es que Madrid y Segovia se disputaban el control de tan apetecible valle, además del llamado Real del Manzanares. Segovia estaba incluida en la "Extrema Durii" (territorio situado entre el Duero y las sierras que componen el Sistema Central), y Madrid, dentro del reino de Toledo, que ya formaba parte de la Corona de Castilla.

Ambas partes tenían fe en sus argumentos: los segovianos recordaban su colaboración en las tareas de reconquista del valle de Lozoya y del Real y un "Fuero Breve" obtenido de manos de Alfonso VI. Pero los madrileños hacían una reclamación similar, mediante un fuero de estructura jurídica idéntica y que también era una donación del mismo rey, de fecha 17 de noviembre de 1083. La controversia estaba servida.

Enseguida hubo más problemas, ya que los musulmanes contraatacaron y en 1109 tomaron de nuevo Madrid y llegaron casi hasta las puertas de Segovia. El valle de Lozoya volvía a estar en manos musulmanas. Nuevamente cambió de manos en 1122, y de nuevo se reproduce la vieja disputa entre Segovia y Madrid. Alfonso VII "el Emperador" (rey de León y Castilla, que habían vuelto a unir sus Coronas, y que se autoproclamó "emperador" en 1135, expresando la pretensión leonesa de hegemonía peninsular y de exclusividad en la reconquista frente a los musulmanes, aunque el tiro avabó saliéndole por la culata al volver a disgregarse ambos reinos a las primeras de cambio, pues su testamento dividía León y Castilla para cada uno de sus dos hijos) confirma las reivindicaciones madrileñas, haciendo uso de "costumbres y fazañas", concediendo el Privilegio en el mismo año 1122, que daba las tierras en litigio desde el puerto de El Berrueco hasta el puerto de Lozoya (también conocido como de Navafría), con sus montes, sierras y valles.

En cambio, Alfonso VIII, otorga las tierras a Segovia, y contradice el Privilegio anterior, favorable a Madrid. Este rey hacía "carta de donación, concesión y confirmación a vosotros, Concilio de Segovia, para el presente y el futuro, valedera para siempre". Pero es que en 1202, el mismo rey concede la propiedad del sufrido valle a Madrid. El asunto sigue sin estar nada claro: ¿privilegios reales otorgados a unos y otros por el mismo monarca? No tenía nada de extraño, tal era el desbarajuste que sufría la administración real. El rey tenía consejeros que miraban por sus propios intereses y que contribuían con su esfuerzo en las campañas militares del rey. Ellos solicitaban del rey privilegios para su lugar natal, y así realizaban peticiones para disponer de poder territorial, con el que ya se había beneficiado el mismo concejo, realizando la misma maniobra. Y el rey tenía tanto en qué pensar, que le daba igual uno que otro. Pero con su indolencia, perpetuaba los conflictos entre concejos. Madrid y Segovia seguían rivalizando por el valle de Lozoya.

El rey, no obstante reconoce su incorrecta actuación y procuró solucionar las reclamaciones de ambos concejos vecinos, pero sin conseguirlo, pues la contradición continuaba presente. En 1217, Fernando III "El Santo" (curiosa costumbre la del siglo XIII de santificar a algunos soberanos europeos, algo que no deja de ser una contradición), sube al trono y se entera de que estos conflictos se solventaban a bofetadas. Así que trató de arbitrar en el asunto y ordenó al obispo de Córdoba y a Don Orduño, mayordomo de la reina madre Doña Berenguela que averiguasen los derechos que asistían a una y otra parte, para dar la posesión a aquélla que más derechos tuviere. Después de muchas indagaciones, se publica un nuevo Privilegio en 1286 (había pasado ya tiempo desde que el rey Fernando hubiese ordenado sus cuitas), y se beneficia en esta ocasión a Madrid. Pero los segovianos no cedieron en sus pretensiones y siguieron litigando.

En 1325, Sancho IV (hijo de Alfonso X "el Sabio") concede el privilegio ahora a Segovia. Fernando IV hace donación de nuevo a Segovia en 1350, y en este privilegio confirma todos los términos de anteriores donaciones otorgadas por sus antepasados. Posteriormente, Juan I "regala" el Real de Manzanares a su mayordomo, Pedro González de Mendoza, y el valle de Lozoya se lo vuelve a donar a Madrid.

Pero entretanto tanto ir y venir de segovianos y madrileños, a los lozoyanos les importaba un comino como pueblo y a sus habitantes poco interfería en su vida cotidiana, ganadera sobre todo. El poder efectivo del valle estaba en poder de la Sociedad de Quiñones, la oligarquía urbana de Segovia. Pero esta parte la vemos en otro capítulo (Las relaciones entre Segovia y Lozoya).

 

 

 

 
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