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Espías asados en Antioquía y caníbales en Maarat

 

ESPÍAS ASADOS EN ANTIOQUÍA Y CANÍBALES EN MAARAT

El tema de este artículo se enmarca en los tiempos atroces (¿y qué tiempos no lo son?) de aquella locura del género humano que se conoce como Primera Cruzada. Corría el año del Señor de 1098.

La ciudad siria de Antioquía permanece asediada por los cruzados oocidentales, empeñados en recuperar los Santos Lugares, espoleados por una oleada de fanatismo sin precedentes y procedente de la máxima jerarquía espiritual de Occidente, el Papa de Roma. Durante el sitio de esta gran ciudad, uno de los caudillos occidentales, un gigantesco normando de Sicilia, Bohemundo, logró que sus compañeros prometieran reconocerle como Príncipe de Antioquía si se conseguía conquistar la gran urbe siria. Y cualquiera le decía que no, visto cómo se las gastaba...

Tras un consejo de guerra particularmente animado, Bohemundo paseaba con Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa y posteriormente conde de Trípoli. Un grupo de soldados les trajeron a un hombre harapiento y con cadenas rotas en las muñecas, identificado por los guerreros como un armenio cristiano escapado de las cárceles de Antioquía. Pero alguno de los "civiles" que pululaban en el campo cruzado le reconoció como un espía turco, por lo que fue desenmascarado delante de todos en el campamento cristiano. Bohemundo supuso enseguida que el campamento era un nido de espías y que éstos, en buena parte, eran los causantes de la hambruna que padecían los cruzados, y por ello ideó una estratagema para librarse de tan molesta compañía.

Eso sí, la idea que se le ocurrió al normando estaba acorde con la crueldad de los tiempos (¿acaso no son todos los tiempos crueles?), pues no hizo otra cosa que llamar a los carniceros del ejército, a los que dio la orden de decapitar al desgraciado, para posteriormente asarlo y servirlo a la mesa de los famélicos barones, medio muertos de hambre tras el largo asedio. Una vez realizada tan cruel hazaña, Bohemundo anunció a bombo y platillo y a todo aquél que quisiera escucharle que ya conocía la identidad de todos los infieles que espiaban en el campo cruzado y que daría el mismo tratamiento a todo aquel delator y soplón que cayese en sus manos. Ni que decir tiene que los cond¡fidentes turcos salieron por patas, y cuanto más lejos, mejor. La huida de los espías permitió a los cruzados ganar una escaramuza y completar el cerco de Antioquía.

Según la leyenda, un cristiano convertido a la fe de Mahoma, y que gozaba de la confianza del gobernador turco de Antioquía, Yaghi-Siyan, posiblemente sobornado por Bohemundo, permitió una noche la entrada de varios cruzados en la torre de las murallas que guardaba. Cual Ulises salidos del caballo de Troya, los cruzados se dirigieron con rapidez a las puertas de la gran ciudad, que abrieron de par en par, y por donde entraron los occidentales sedientos de sangre. He aquí como los cruzados se apoderaron de Antioquía el 3 de junio de 1098, después de más de 200 días de asedio. Pero de sitiadores se convirtieron en sitiados, puesto que un ejército musulmán compuesto por tropas de los caudillos mahometanos de la región, llegaron a marchas forzadas intentando evitar lo inevitable.

Según el cronista musulmán Ibn al-Atir, "tras haber conquistado Antioquía, los frany han estado doce días sin comer nada. Los nobles se alimentaban de sus cabalgaduras y los pobres de carroña y de hojas". Los frany a los que alude el cronista sirio eran los cruzados, y era un término árabe derivado de "franco", que era como se conocía a los cruzados, debido a que la mayor parte de sus efectvos procedían de Francia. Los "rum" eran los bizantinos, que para los árabes eran romanos, "rum". En este caso de la conquista de Antioquía, las fuentes, excepto el episodio de los espías asados, no se hacen eco de episodios antropofágicos, aunque evidentemente, no significa que no se produjeran, auqnue fuese de forma aislada. Y es que cuando el hambre aprieta, cualquier cosa es buena para echarse a la boca...

El caso es que las tropas musulmanas que habían acudido a Antioquía a liberarla del yugo franco, poco a poco se dispersaron acusándose unos a otros de cobardía y deserción. Tal era el grado de disensión entre los caudillos musulmanes de la zona de Siria. Finalmente se desintegró el ejército sitiador "sin arrojar una sola flecha", víctima de los dimes y diretes entre sus caudillos. Antioquía quedó en manos definitivamente de Bohemundo y sus sucesores por mucho tiempo.

El episodio de los espías asados es reconocido las propias fuentes cristianas. Pero todavía hubo más episodios no menos escalofriantes relacionados con la conquista de la región antiocena por los cruzados. Los hechos acaecidos en la ciudad de Maarat dejaron en mantillas a los espías asados de Antioquía. Maarat era una ciudad a tres días de marcha de Antioquía. A fines de noviembre de 1098, miles de guerreros francos cercan la ciudad, que sólo es defendida por una precaria milicia urbana a la que se unen algunos cientos de jóvenes carentes de experiencia militar. Aún así lograron resistir el asedio cruzado durante dos semanas.

Durante la noche del día 11 de diciembre de 1098, los notables de Maarat arrancan de Bohemundo, el flamante príncipe de Antioquía, que estaba al mando de los cruzados, una tibia promesa de perdón a los habitantes de Maarat que detuviesen la lucha y a cambio además de la retirada de ciertos edificios. Pero una cosa es la promesa del jefe y otra la actitud de la soldadesca, sedienta de sangre (bueno, tan sedienta de sangre como sus propios comandantes). El caso es que al alba del 12 de diciembre, los francos penetran a sangre y fuego en la desdichada ciudad. Y en las crónicas de los hechos que sucedieron coinciden los cronistas de uno y otro bando. Luego, algo terrible ocurrió en Maarat. Dice Ibn al-Atir (que obviamente exageró el número de víctimas) que durante tres días los invasores mataron a más de cien mil personas y cogieron muchos prisioneros. Aunque no fuesen cien mil, sino diez mil, las cifras son sobrecogedoras y una muestra más de la barbarie humana. El cronista franco Raúl de Caen reconoce que en Maarat "los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados". Debió ser un espectáculo espeluznante, otro episodio de canibalismo y brutalidad extrema que dejó un pésimo recuerdo de los francos entre los habitantes de la región. Un recuerdo, que convenientemente adornado y maquillado por la tradición oral local, fijó en las mentes una imagen del cruzado difícil de superar y de borrar. Los turcos y los árabes no olvidarán jamás el canibalismo de los occidentales, y describirán en su literatura épica como fueron invadidos por un tropel informe de antropófagos.

Los cronistas occidentales, si bien reconocen la escabechina y el festín que se dieron con los desdichados habitantes de Maarat, lo justifican diciendo que lo hicieron para sobrevivir a la hambruna que una vez más, asolaba al ejército cruzado. Otra vez, como en Antioquia. Sus barones escribieron una carta oficial al Papa de Roma justificando su espantosa actuación en Maarat: "Un hambre terrible asaltó al ejército en Maarat y lo puso en la cruel necesidad de alimentarse de los cadáveres de los sarracenos". ¿Caníbales por necesidad? ¿caníbales por fanatismo? Los testimonios en las crónicas de ambos bandos no admiten dudas en cuanto a los hechos en sí, pero sí en cuanto a la motivación de tan execrable acto. Aunque una vez cometida la atrocidad, el motivo parece lo de menos.

El cronista franco Alberto de Aquisgrán participó personalmente en la batalla de Maarat, por lo que es un testigo en primera persona de los hechos. Este autor escribió aterrado lo siguiente: "¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los perros!". Es decir, a los ojos del cronista de Aquisgrán, el motivo era pura y simplemente el hambre atroz que padecían los invasores cruzados, a los que obviamente, no parecía funcionarles demasiado bien la logística en cuanto al suministro de vituallas para tan gran contingente.

Sea como fuere, la poblaciones de la región, atemorizadas por el comportamiento inconcebible de aquellos feroces extranjeros de ojos azules, ofrecen cada vez menos resistencia. Finalmente, los emires sirios enviaron a los jefes cruzados emisarios cargados de regalos y propuestas de ayuda en su avance incontenible por el país.

 

 

 

 
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