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Revista de Historia Medieval

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LAS SERRANAS DEL ARCIPRESTE DE HITA

El denominado LIBRO DEL BUEN AMOR, escrito bien entrado el siglo XIV por un tal Juan Ruiz, que se presentaba a sí mismo como Arcipreste de Hita, mostrando de este modo al mundo su condición de clérigo, tiene varios elementos reconocibles dentro de su estructura literaria, entre ellos un relato amoroso en forma autobiográfica, que vamos a tratar de forma somera en este artículo.

En el Libro del Buen Amor se narran sucesivas peripecias amorosas en primera persona del protagonista, que suelen terminar con su fracaso: el Arcipreste sufre el desdén de la dama, la dueña rechaza a la mensajera, es burlado por un mensajero, resulta forzado por las serranas o la dama por fin conseguida, va y se muere, como es el caso de Doña Garoza. La mayor parte de sus cuitas amorosas, aventuras y desventuras tienen como fondo un escenario urbano, excepto cuatro, desarrolladas en ambiente agreste cuando el Arcipreste se decide a "probar la sierra", donde se enfrenta a las serranas salteadoras.

En la literatura clásica castellana abundan los romances, las serranillas, y hasta obras de teatro cuyas protagonistas son calificadas de "serranas", o 'vaqueras', por su oficio de cuidar vacas. Eran mujeres que vivían 'en despoblado', es decir, en las sierras, en cuevas o en chozas. Se echaban al monte en ocasiones por despecho o por ser rechazadas por los hombres (como ocurre en algunas obras de Lope de Vega o Tirso de Molina), pero en las más por ser su único medio de vida. A veces estas serranas se dedicaban al bandolerismo, a atacar a hombres desprevenidos, a los que robaban, zurraban e incluso mataban. Juan Ruiz fue uno de estos hombres desprevenidos, a quien las serranas dieron una buena tunda al aventurarse por parajes poco hospitalarios entre los valles de Lozoya y los segovianos del otro lado de los montes Carpetanos. El propio Ruiz habla en sus relatos de cómo atraviesa el puerto de Malangosto o Malagosto, cuyo nombre se conserva hoy día, y de su encuentro en el puerto con alguna serrana.

Pasando yo una mañana
el puerto de Malangosto
asaltóme una serrana
tan pronto asomé mi rostro.
"Desgraciado, ¿dónde andas?
¿Qué buscas o qué demandas
por aqueste puerto angosto?"

Contesté yo a sus preguntas:
"Me voy para Sotos Albos"
Dijo: "¡El pecado barruntas
con esos aires tan bravos!
Por aquesta encrucijada
que yo tengo bien guardada,
no pasan los hombres salvos."

(grafía actualizada para facilitar la comprensión del texto)

Aunque también es posible que se extendiese el mito de la serrana salteadora y matahombres, para desprestigiar a tales mujeres, que vivían más libremente que sus convecinos, en un mundo de hombres, en el que poco tenían que decir.

El Arcipreste de Hita se encuentra con cuatro serranas vaqueras (la Chata de Malangosto, Gadea de Riofrío, Menga Lloriente de Cornejo y Aldara de Tablada), a las que trata de forma humilde y respetuosa, pidiendo amablemente y con respeto que le den posada. En el relato de Juan Ruiz, la imagen que se da de las serranas es que son mujeres de dar y tomar, y con las que en un enfrentamiento físico tenía las de perder, pues tenían fama de ser buenas luchadoras, con excelente manejo de la cayada y de la honda.

De los relatos del Arcipreste se desprende que las serranas exigían las más de las veces el pago de un peaje por pasar por sus dominios, o por orientar a los viajeros que se perdían por las sierras, lo que demuestra que conocían al dedillo el terreno que pisaban. Casi todos los encuentros del Arcipreste con las serranas se desarrollan de forma similar: se establece un tanteo mutuo para acordar condiciones. El hombre paga el servicio de la serrana (cobijo, comida, jergón para dormir o lo que fuese, e información de cómo continuar viaje) con especies: abalorios, 'joyas' vestidos, calzado, zurrones,... Incluso a veces hay intercambio sexual, porque es del agrado de ambas partes, o es exigencia de la fogosa vaquera. En algún momento parece también que alguna de las serranas está dispuesta a ayudarle a cambio de favores sexuales sin más.

El Arcipreste las describe habitualemte como fuertes, capaces, hábiles, hospitalarias y en el fondo, condescendientes y de trato fácil, excepto La serrana de la Vera en la que el clérigo da la imagen de una mujer cruel.


 

 

 

 
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