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Revista de Historia Medieval

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EL INFIERNO, ESE GRAN INVENTO

Si en su día el conservador papa polaco Juan Pablo II se refirió al infierno como un estado psicológico o una metáfora, negando su existencia como lugar, Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, indudablemente no menos conservador que su antecesor, volvió a situar un infierno localizado y con castigos eternos.

La irresistible expansión del laicismo en todo el mundo cristiano ha hecho que el Vaticano responda nuevamente, y como en tiempos pretéritos, con una "cruzada del miedo", ya que parece que no han servido de nada entre la mayoría de la población los preceptos emanados de concilios tan "conciliadores" con el común mortal como el Vaticano II.

En 1991 George Minois publicaba su 'Historia de los infiernos' en la que presenta un infierno muy anterior a la doctrina cristiana, tan antiguo como las primeras culturas del hombre, un lugar al que iban indistintamente todos los muertos, y completamente alejado de la tesis del castigo. El infierno cristiano toma elementos de antiguas descripciones que aparecen en relatos mesopotámicos, egipcios, helenos y otras culturas cercanas o situadas al mar Mediterráneo. La idea de un lugar de castigo para los pecadores aparecerá durante el siglo III en la imaginación del pueblo, y será tomada por los Padres de la Iglesia para crear su particular lugar de condenación. Y qué bien les vino.

San Agustín, en el siglo V, propone un infierno eterno al que irán todos los paganos. Durante el siglo VI la iglesia impone un dogma sobre el infierno que permanecerá prácticamente inmutable hasta el siglo XIII. La amenaza infernal será utilizada con fines políticos, y para mantener a la asustada población dentro de los límites tranquilizadores del poder estatal, representado no sólo por la jerarquía eclesiástica, sino también por la laica (señores y príncipes). Durante esos años medievales se va forjando poco a poco un temor real al castigo eterno entre la población. Los religiosos acentúan este temor aportando visiones y relatos. El infierno es recomendado como "ejercicio espiritual" que ayuda a no caer en el pecado. Se instituye la fe en Dios o más bien la fe en la jerarquía católica o en general en el poder establecido, sea político o religioso a través del miedo al castigo eterno propugnado por los ideólogos de la Iglesia, como el Papa Gregorio Magno.

El infierno del dolor físico y eterno queda relegado durante un breve periodo de tiempo al pueblo llano, cuyo terror se justifica cuando se trata de alcanzar la salvación. La aristocracia, muy astutamente, se evade del castigo. La reforma protestante sin embargo revitaliza la imagen brutal del infierno. Pero como nada es para siempre, los fieles se aburrirán de la pastoral del miedo durante las supuestas "luces" del siglo XVIII, lo que obligará a la iglesia a trazar nuevas estrategias, ya que el averno se pone en tela de juicio, y además aparecen críticas contra la doctrina oficial de la iglesia. Y no sólo eso, si no que su propia idea de lugar físico entra en decadencia hasta el siglo XX: se racionaliza, se transforma en un estado psicológico, o en una metáfora, como alude Juan Pablo II. Pero también se trata de demostrar su existencia mediante la lógica y las matemáticas. No obstante, el miedo al infierno irá perdiendo fuerza, y comenzará una época en el que el laicismo cobrará más importancia.

Pero a fines del siglo XX y comienzos del XXI, la pastoral del miedo se torna de nuevo un arma eficaz, especialmente entre los "neocons", sobre todo en EEUU, donde se atemoriza a los niños sobre las penas del infierno a través de representaciones e imágenes terroríficas. Tanto en la postura de determinados elementos extremadamente conservadores norteamericanos, como en círculos vaticanos, la lucha contra los "infieles" se recrudece a través del miedo. Siempre el miedo, ese miedo que mantiene quieta, tranquila y aterrorizada a la sociedad. Aunque hoy día, los poderes establecidos utilizan otras muchas armas, no menos eficaces para mantener callada a la sociedad. Y pienso en la ayuda que supone la tecnología para ello: todo tipo de aparatitos electrónicos visuales y auditivos, amén deln gran ivento del siglo XX (el internet) que nos impiden pensar en los problemas reales, o al menos nos hacen elucubrar en menor medida sobre el poder que el Estado mantiene sobre cada uno de los elementos que componen una sociedad. La tecnología como apoyo inconmensurable del miedo. Tengo miedo a perder todo lo que me han concedido los poderes. ¡No sin mi I-Pod!

Como conclusión, el infierno es tanto una cuestión religiosa como una invención popular, y según Minois fue la presión del pueblo la que obligó a la Iglesia a fijar una doctrina oficial respecto a tan espinoso asunto. Los teólogos acabaron de convertir el infierno, con su inacabable retahíla de visiones y relatos escabrosos en un arma de disuasión, en la prueba de una justicia divina e implacable.

En nuestros tiempos desaparece el infierno tradicional y se identifica más bien con las angustias cotidianas de la conciencia moderna, aunque a algunos poderes muy conservadores les pese y traten de contrarrestarlo.

 
© by Diego Salvador desde 2006
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