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Revista de Historia Medieval

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ATENTADO CONTRA EL REY CATÓLICO

Uno de los más importantes personajes de la Historia de España que sufrió un atentado contra su persona y pudo contarlo fue el mismísimo Fernando el Católico. Los hechos tuvieron lugar en la Plaza del Rey en Barcelona y los protagonistas directos el monarca y un aparente desequilibrado sesentón que pretendía ser el verdadero rey de Aragón. El frustrado asesino se llamaba Juan Canyamás, de quien no se sabe prácticamente nada antes de su brutal irrupción en la historia. Era posiblemente un payés de remensa, un campesino a quien el Espiritu Santo había ordenado quitar de en medio a Fernando y ocupar él mismo su lugar. Por desgracia, su aparente locura llevó al desgraciado a una muerte espantosa, acorde con la magnitud de su delito. Quizás hubiese algo más que ni los más crueles tormentos pudieron arrancarle, pero esto entra ya dentro del resbaladizo terreno de la hipótesis.

El atentado tuvo lugar el 7 de diciembre de 1492. Granada había caído en enero de ese año y Cristóbal Colón había llegado a la isla de Guanahaní, que había tomado por las costas orientales de Asia. Pero la política exterior e interior de los RRCC estaba en plena efervescencia y había más tensión de la deseada entre sus protagonistas. Los reyes estaban en Barcelona junto con sus hijos para firmar con los embajadores del rey francés Carlos VIII la devolución a la Corona de Aragón de los condados transpirenaicos del Rosellón y la Cerdaña, principal caballo de batalla entre Francia y Aragón. Ese día fue el elegido por Canyamás para descargar su furia. Se abalanzó sobre el rey cuando descendía las escaleras del Palacio Real Mayor de Barcelona y le hirió con un profundo corte en el cuello con una terciana o espada corta, y no logró asestar un segundo que posiblemente hubiese acabado con la vida del monarca, porque fue reducido por los allegados del Católico, quienes le metieron tres cuchilladas. A Fernando le salvó ese día que el golpe fuese amortiguado por el collar rígido del jubón y por una gruesa cadena de oro que el rey llevaba al cuello, que desvió el tajo hacia el hombro. A pesar de todo, sangró abundantemente y sufrió rotura de clavícula. El propio rey se echó la mano al cuello y se taponó en lo que pudo la cuchillada con alguna de las prendas que portaba. Fue llevado al interior del palacio, donde los cirujanos le dieron varios puntos de sutura. Ante el temor de una revuelta popular, el rey se levantó del lecho del dolor y se dirigió a la ventana en presencia de una demudada reina Isabel, desde donde saludó a sus súbditos. El rey no había muerto a pesar del intento, y quiso cortar de raíz la formación de los posibles tumultos en la ciudad condal ocasionados por la incertidumbre de la situación.

Fuerte y vigoroso como era, con las semanas se recuperaría de la herida y podría recibir a Colón que volvía ufano de su primer viaje con exóticos regalos para sus Altezas Reales. ¿Y qué fue del presunto regicida? Pues este pobre lo pasó bastante mal. Cuando le apuñalaron los guardias de Fernando, éste ordenó con toda la fuerza de voz que su estado le permitió que no le matasen, pues quería conocer el móvil de su criminal actuación. Algunos de los consejeros reales eran de la opinión de que el acto de Canyamás estaba relacionado con conflictos ocurridos anteriormente en el reino de Aragón, la rebelión de los payeses (campesinos) contra los abusos de la nobleza catalana. Fernando había terciado en el conflicto y había eximido a los payeses de la mayoría de sus obligaciones para con sus señores mediante el pago de una indemnización a los mismos en 1486, algo que en la práctica no se cumplió del todo por parte de la nobleza.

Joan Canyamás era, según el archivero real de Barcelona, Miquel Carbonell, un payés de origen catalán exiliado en Francia y que había sufrido en sus propias carnes toda la dureza del conflicto entre la nobleza y los siervos. Posiblemente este hecho lo enloqueciese o fuese un fanático ansioso de venaganza. Fuese lo que fuese, lo cierto es que fue torturado a conciencia para que confesase el motivo de su crimen y si tenía cómplices. De la boca del desgraciado sólo salió que el Espíritu Santo se lo había ordenado y que él era el verdadero rey de Aragón, pues aseguraba ser hijo bastardo de Juan II. Esta fue la versión oficial, aunque Carbonell descubrió que las personas que había alojado al reo antes del atentado, no veían en él atisbo alguno de locura. Nunca se sabrá entonces si fue algún tipo de venganza contra el rey por mediar en el conflicto o en castigo a la escasa atención que a juicio de algunos prestaba a los asuntos aragoneses, o en verdad Canyamás estaba completamente chiflado. Si no lo estaba, se cuidó muy mucho de soltar los verdaderos motivos que le habían llevado a matar al rey y si tuvo cómplices o no, a pesar del dolor que soportó. De las tensiones existentes entre las diferentes nacionalidades dela nueva entidad política de los Reyes Católicos, da cuenta el cronista Bernáldez al ser detenido más muerto que vivo Canyamás (o Cañamares, en castellano):

"E en este caso, muchas eran las opiniones: unos dezían, "¡francés es!"; otros dezían: "¡navarro es!"; otros dezían: "¡no es sino castellano!"; e otros dezían: "¡catalán es el traidor!" Y Nuestro Señor quiso non dar lugar que muriessen gentes; que maravilla fue non perderse la cibdad, segund lo que dezían las nasciones unas a otras".

Tensiones que tan solo el enorme carisma de los monarcas podía ser capaz de superar.

Fernando quiso tener clemencia del hombre por considerar que no estaba en sus cabales, pero sus consejeros decidieron que el hecho merecía un castigo de una magnitud de acuerdo con el enorme delito que no se había consumado por verdadera casualidad. Esto lo realizaron las personas que integraban el Consejo de Ciento barcelonés sin que ni el rey ni la reina supiesen nada. Ordenaron rápidamente su desmembramiento público, durante un siniestro paseo por la ciudad de Barcelona, a la vista de todos, quienes se burlaban y escupían al pobre condenado. En un castillete de madera encima de un carro lo ataron a un palo desnudo, y durante la procesión comenzó la bárbara ejecución, que Carbonell describe con crudeza. En primer lugar, donde el sitio del atentado, le cortaron "un puño y medio brazo", con los que había cometido el crimen frustrado. Continuó el cortejo hacia otra calle, donde el verdugo le arrancó un ojo. Más allá, le extrajeron el otro ojo y le seccionaron la otra mano. "Así caminando lo desmembraron quitándole ora un miembro ora otro, hasta sacarle el cerebro; y así le hicieron morir sufriendo, que era cosa de piedad. Y nunca se movió ni habló ni decía nada ni se lamentaba, como si diesen sobre una piedra; y con gran barullo de muchachos y de gente joven que le caminaban en derredor, delante y detrás". Lo que quedaba del payés fue entregado al populacho, que apedreó sus sangrientos despojos. Finalmente, fue incinerado. Aunque en algún momento, según Esteban de Garibay «ahogáronle primero por clemencia y misericordia de la Reyna».

El cronista Bernáldez informó de esta manera del cruentísimo final de Joan Canyamás, que no tiene desperdicio: "Fue puesto en un carro e traído por toda la cibdad; e primeramente le cortaron la mano con que dio al rey, e luego con tenazas de fierro ardiendo le sacaron una teta, e luego un ojo, e después le cortaron la otra mano, e luego le sacaron el otro ojo, e luego la otra teta, e luego las narizes; e todo el cuerpo e vientre le abocadaron los herreros con tenazas ardiendo, e fuéronle cortados los pies; e después que todos los mienbros le fueron cortados, sacáronle el coraçón por las espaldas. E echáronlo fuera de la cibdad, donde los moços e mochachos de la cibdad lo apedrearon e lo quemaron con fuego, e aventaron la ceniza al viento"

«Le cortaron la mano derecha con quelo fizo e los pies conque vino a lo fazer, e sacaronle los ojos con quelo vido e el corazon con quelo penso»

 

 

 
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