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Revista de Historia Contemporánea

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LA "GLORIOSA" DE 1868

 

El Pacto de Ostende, firmado en agosto de 1866 unificó el criterio de todas las fuerzas de oposición a Isabel II: demócratas, progresistas y meses después, los unionistas liberales. Durante los dos años siguientes, la desintegración del sistema político isabelino se aceleró de forma irreversible. Los últimos vestigios del liberalismo político cayeron en el olvido y se redujeron las reglas del juego a los tejemanejes de la camarilla palaciega. Las frágiles bases que sustentaban socialmente el régimen se venían abajo. La represión se dirigió de nuevo a los sectores intelectuales más críticos, como Sanz del Río, Nicolás Salmerón o Giner de los Ríos.

La integración de los unionistas en el Pacto de Ostende significó el divorcio casi definitivo entre Corona y espadones y además el apoyo de un gran sector del ejército a la causa antiisabelina, pero por otra parte Prim y Serrano subastando la Coronapermitió dar a la oposición un giro a la derecha que silenciaba las voces demócratas que clamaban por una revolución social, dejando vía libre para el clásico método del pronunciamiento militar. Y es que con la muerte en abril de 1868 del general Narváez, y con él el último apoyo real militar a la monarquía, con lo que la descomposición de la misma podía considerarse ya casi como un hecho. Casi todo el ejército basculaba hacia los altos mandos unionistas. El sucesor al frente del Gobierno de Narváez, González Bravo, civil, no militar (algo muy importante, pues carecía de los apoyos del Ejército) se enfrentaba temerariamente a la cúpula militar: había desterrado de la Península en julio de 1868 al general Serrano, y a otros de gran peso en el gremio, como Dulce, Zabala, Córdoba, Echagüe, Caballero de Rodas, Serrano Bedoya y Letona.

A la vista de la actuación represiva del civil González Bravo contra el estamento militar, se creó en Madrid un comité secreto compuesto de unionistas y progresistas (apartados los demócratas), que hicieran de puente entre el general Juan Prim, que estaba en Londres, y los generales unionistas en Canarias. Incluso el cuñado de Isabel II, el duque de Montpensier fue desterrado, por sospechas de aspiración al trono, una vez expulsada Isabel II por el futuro y más que probable pronunciamiento militar. Montpensier aparecía apoyado por la mayoría de los generales unionistas, visto el carácter conservador social del hipotético candidato.

En el verano de 1868, el sistema isabelino, y con él, el Gobierno, se encontraban totalmente aislados del resto del país: están enemistados con la mayor parte de la élite política y militar española. Y no sólo con ellos, sino con el poder económico, que movía sus hilos, y las clases medias y populares. La Corona estaba madura para caer. En la conversión del futuro pronunciamiento militar en un cambio de régimen político, los sectores populares urbanos desarrollaron un activo papel. Todo el mundo sabía que Isabel II y su régimen iba a caer.

El pronunciamiento de septiembre en Cádiz se extendió como un reguero de pólvora por el país, sin apenas resistencia. A primeros de mes, todo estaba preparado: Ruiz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta se trasladaron a Londres para reunirse con Prim, y juntos llegaron a Gibraltar el día 14, mientras que el buque San Buenaventura ponía proa a Canarias para recoger a los militares desterrados, y todos se juntaron en Cádiz para dar el golpe definitivo a la dinastía. El pronunciamiento militar del 18 de septiembre supuso la caída de Isabel II y de su dinastía. Los revolucionarios pidieron la convocatoria de elecciones por sufragio universal y la puesta en marcha de una nueva forma de gobierno, que no se especificaba, a través de la formación de unas Cortes Constituyentes. Se criticaba duramente a la Reina, pero no había nada claro en cuanto al tipo de gobierno que debía asumir la nación.

Como antes dije, la revolución se expandió desde Cádiz al resto de España, con activa participación popular, estimulada por demócratas republicanos o no republicanos. El 19 dimitió González Bravo, y el 28 la derrota de Alcolea de los realistas dirigidos por el general Novaliches, selló el fin (momentáneo) de la dinastía de los Borbones. Al día siguiente, Madrid se unió a la revolución y la Reina se exilió a Francia.

Se iniciaba el Sexenio Democrático, con el reconocimiento el día 30 de la Junta revolucionaria madrileña, destacando la contribución del mundo intelectual a la difusión de los valores democráticos, reponiendo en sus cátedras a personalidades del prestigio de Sanz del Río, Castelar, García Blanco, Fernando de Castro, Nicolás Salmerón, Manuel Mª del Valle y Giner de los Ríos.

 
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