| Inicio | Contacto | Viaje por España | Revista Historia | Biblioteconomía | Noticias carpetanas | Madrid críptico | Blog |
Revista de Historia Contemporánea

El Estraperlo
La Mano Negra
Paco el Sastre
Asalto a Cu-Cut!
El Calígula español
El Tigre del Maestrazgo
Kalimaaaa...!
Institución Libre de Enseñanza
Ramón Franco, Hermanísimo
El Vita en México
Los nihilistas rusos
Los tesoros de los nazis
Benjamin Disraeli, escritor
El cura Merino, regicida
De los Hannover a los Windsor
Un fantasma recorre Europa...
Zollverein
Garibaldi en Sudamérica
Nacionalismo magiar bajo el Imperio Austro-Húngaro
El Tratado de Nanking
Isabel II y Francisco de Asís
En las estepas de Asia Central
¡Qué verde era mi valle!
El príncipe Piotr
Rosa de Oro
Congo, coto privado
Max Aub
New Deal contra la Gran Depresión
El Nazi noruego
La República Socialista de Chile
Prodigioso Tesla
La división administrativa de Javier de Burgos
El final del primer Reich
Fundación del Sinn Féin
La rebelión de los cipayos
Fundación de la Cruz Roja
Fundación de Liberia
El Canal de Isabel II
La política del "Big Stick"
La Gran Colombia de Simón Bolívar
La "Gloriosa" de 1868
El Nacionalismo musical ruso
El Positivismo Histórico Alemán
La Comuna de París
El origen primero de la República de Weimar
El solitario de Neuschwanstein
Semblanza de una significativa ausencia

 

 

EL CURA MERINO, REGICIDA

 

No, no es el famoso cura Merino guerrillero, que se ganó justa fama combatiendo contra las tropas napoleónicas durante la cruenta Guerra de la Independencia (1808-1814). No, aquél fue Jerónimo Merino Cob (1769-1844), pero éste del que hablamos en este artículo es otro cura Merino, Martín Merino Gómez (1789-1852).

MarMartín Merinotín Merino tomó los hábitos franciscanos en la comunidad conventual de Santo Domingo de la Calzada, donde ejerció de monje hasta la llegada de los franceses a España. Entonces salió por patas y se alistó voluntario en un partida guerrillera en las cercanías de Sevilla. Cuando la guerra daba sus últimos estertores, se ordenó sacerdote en Cádiz en 1813, reintegrándose a su convento franciscano en Santo Domingo de la Calzada.

De encendida ideología liberal, aprovechó el púlpito para lanzar encendidas soflamas antiabsolutistas, por lo que de nuevo tuvo que desaparecer una temporada, exiliándose en Francia en 1819. No corrían buenos tiempos para los liberales en la España del "Deseado", el nefasto Fernando VII.

Con el triunfo liberal y el consiguiente Trienio, Merino volvió a España en 1820, Colgó los hábitos al año siguiente y participó en la revuelta madrileña contra el absolutismo de Fernando VII del 7 de julio de 1822, por lo que dio con sus huesos en la cárcel, de la que escapó, de nuevo encaminándose a Francia.

En 1830 residió una temporadita en Angers, y finalmente obtuvo un beneficio en la villa de Saint-Mèdard-en-Jalles, cerca de Burdeos, donde permaneció ejerciendo el ministerio de los púlpitos hasta 1841, año en que parece que sintió morriña de España y se dispuso a regresar. En Madrid se le nombró modesto capellán de la iglesia de San Sebastián.

Con parte de un premio de lotería que le tocó en suerte en 1843, subvencionó el periódico “La Tarántula, Periódico satírico, de política, costumbres”. Muchos de sus feligreses no estuvieron de acuerdo en que su párroco escribiese diatribas desde esa atalaya, y se quejaron amargamente al ecónomo y al Teniente de cura de la parroquia de San Sebastián. Merino es trasladado a la parroquia de San Millán.

De carácter arrogante, irascible y solitario, ávido lector y buen conocedor de los textos clásicos, residía en el callejón del Infierno, 2, acompañado por la criada Dominga Castellanos.

Merino, con la mosca detrás de la oreja, y con su liberalismo radicalizado, y poco más allá que acá, se dispuso a dar el golpe de su vida. Y vaya si lo dio, aunque no lo llevó a buen puerto, pues se le ocurrió al buen hombre atentar nada más y nada menos que contra la reina Isabel II, el 2 de febrero de 1852, quien regresaba de oír misa en la basílica de Atocha, donde dio gracias por el nacimiento de la Infanta Isabel. Merino se había vestido con las ropas que Atentado de Merino contra Isabel IIle eran propias a su profesión, y se había introducido hábilmente dentro del recinto del Palacio Real. ¡Cómo iban a parar a un cura los guardias! ¡Era impensable que se propusiese alguna maldad! Cuando la Reina bajaba de la carroza, Merino al verla se arrodilló, y ella por cortesía con un clérigo, se inclinó saludándole. En ese fatídico momento, el cura Merino se abalanzó sobre la soberana cuchillo en mano (que había adquirido en el Rastro), y la hirió en el costado derecho al supuesto grito demencial de "¡Toma, ya tienes bastante!". Pero ni la reina murió ni Merino escapó, ya que ni siquiera lo intentó, siendo inmediatamente detenido por los Alabarderos Reales. Interrogado por los motivos de su acción, les soltó esto: "Que era por su deseo de lavar el oprobio de la humanidad, vengando en cuanto esté de su parte, la necia ignorancia de los que creen que es fidelidad  aguantar la infidelidad y perjurio de los reyes".

En rápido juicio, el regicida fallido fue condenado a muerte, y a sufrir dicha pena siendo ejecutado a garrote vil, sentencia que se cumplió muy pocos días después. Antes de la ejecución, había que despojar al regicida de sus derechos sacerdotales, porque no estaba bien aquello de ejecutar a un clérigo, y cargó contra él el peso protocolario y ceremonial de la Iglesia para anular todo lo que oliese a sacerdocio en aquel hombre impío. Fue conducido al patíbulo con una hopa y birrete amarillos con manchas encarnadas, vestimenta reservada a los regicidas y parricidas. El hombre iba hecho un poema...

El atentado fue presentado por algunas facciones como una conspiración contra la monarquía por parte del clero, dada la condición eclesiástica del regicida, e incluso se atribuyó a Merino la condición de masón. Pero se averigüó que el culpable había actuado en solitario.

Muchas veces ha sido tachado de loco, pero es posible que su objetivo real fuese derribar el Gobierno conservador del general Narváez, castigar su sanguinario régimen y vengar a los 'mártires' del progresismo español. Como Narváez estaba muy protegido, con severas medidas de seguridad en torno a él, ya que el muy taimado espadón se temía atentados contra su vida, Merino arremetió contra la popular reina, curiosamente más desprotegida.

"Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado, es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo", declaró serenamente Merino en su juicio. ¿Realmente estaba tan loco o fue un idealista progresista desesperado y desnortado por la situación que vivía, como tantas otras veces, España?

 

 
© by Diego Salvador desde 2006
Revista de Historia Medieval Revista de Historia Moderna Revista de Historia Contemporanea Revista del Mundo Actual Revista de Arqueologia Revista de Historia Antigua Revista de Prehistoria