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LA COMUNA DE PARÍS

La Comuna de París fue un breve movimiento que algunos califican de insurreccional (desde el punto de vista del poder establecido, obviamente, al que se le fue de la mano) y que gobernó la ciudad de París entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871, instaurando un proyecto político popular autogestionario, en una experiencia política calificada como anarquista o comunista, según los distintos autores que han estudiado este fenómeno que causó una verdadera sacudida en la Francia derrotada por los prusianos.

Francia y Prusia se enfrentaron en una corta querra que llevó a los prusianos a cercar la capital gala durante cuatro meses, al final de los cuales, cayó el gobierno imperial de Napoleón III. El rey prusiano Guillermo I fue proclamado emperador o káiser de Alemania en el emblemático palacio de Versalles, dando comienzo al segundo Reich, el segundo imperio Alemán, que finalizó traumáticamente con la conclusión de la I Guerra Mundial.

La caída del II Imperio francés provocó el advenimiento de uLevantamiento Comunalna forma de gobierno que obviamente no era nueva para el Estado francés. La República provisional presidida por Adolphe Thiers se instaló en Versalles, tras la salida inmediata de las tropas prusianas, pues gran parte del pueblo parisino se negaba a entregar su soberanía a las nuevas autoridades (y el deseo inconfeso de una autonomía municipal de la que disfrutaban otras ciudades francesas), cansado de las fechorías de un Estado que les había traido el sufrimiento de un asedio tan duro como aquél al que le sometieron las tropas prusianas. Y decidieron no rendirse ni entregar sus armas. El vacío de poder provocó que la Guardia Nacional Francesa, la milicia ciudadana, asegurase la continuidad del funcionamiento de la administración y de la vida cotidiana de la ciudad.

Los acontecimientos de los últimos meses no habían hecho más que radicalizar y acentuar el enorme descontento extendido en París, cuya población exigía ya y de una vez por todas la implantación de una república democrática, y que debían considerar al gobierno de Thiers como demasiado tibio y poco acorde a las exigencias de los ciudadanos de la capital gala. Además el pueblo parisino temía que tras la caída del gobierno dictatorial del emperador Napoleón III, volviesen los viejos monarcas borbónicos, de quien tampoco se tenía demasiado buen recuerdo, y a cuyo régimen se había combatido duramente en las barricadas de las revoluciones de 1830 y 1848. Tanto esfuerzo para nada, debieron pensar muchos. Y exacerbados los ánimos por la derrota en la guerra contra el vecino prusiano, optaron por aguantar e instaurar un régimen de autogestión ciudadana que nada tuviese que ver con los tradicionales sistemas políticos al uso y puestos en marcha por la burguesía triunfante en la revolución de 1789, momento en el que este estamento consiguió el acceso al Poder, apoyado en un pueblo llano que en poco tiempo dejó de contar para los nuevos gobernantes.

Lógicamente al gobierno provisional republicano francés le sentó a cuerno quemado esta decisión de la ciudad de París y reaccionó con la violencia que se le supone a aquél que está a punto de perder su superior status social y político. Al intentar el gobierno de Thiers arrebatarles el control de las baterías de cañones (adquiridas por los parisinos por suscripción popular) para defender la ciudad, éstos explotaron y se alzaron en armas. Thiers ordenó a los funcionarios de la administración abandonar la capital. La Guardia Nacional, dueña de la situación en la capital, convocó elecciones para el consejo municipal, cuyo resultado fue el triunfo de los sectores republicanos y socialistas más radicales, muy polarizados a consecuencia del conflicto y del asedio.

La Comuna fue un sistema político al margen del régimen republicano estatal y gobernó París durante 60 días. Muchas de las medidas que promulgó el gobierno comunal estaban encaminadas a paliar la extrema pobreza que aquejaba a gran parte de las capas medias y bajas de la población parisina a consecuencia de la guerra que habían sufrido directamente sobre sus propias carnes. Los decretos promulgados por el órgano de gestión comunal tuvieron rasgos verdaderamente revolucionarios, puesto que se autogestionaron fábricas abandonadas por sus dueños, se crearon guarderías para los hijos de las obreras, se proclamó el Estado laico, las asambleas se celebraron en las iglesias, se perdonarons alquileres impagados y se cancelaron gran parte de los intereses de las deudas. La escasez de comida, sumada al constante bombardeo prusiano, había desembocado en una situación de desesperación generalizada que los líderes comunales trataron de calmar y paliar.

Evidentemente, el nuevo gobierno provisional, dominado por la burguesía capitalista (y que antes había apoyado al gobierno imperial), no podía permitir esta actuación tan favorable a la mayoría de la población, y de inmediato ordenó el nuevo asedio de París para tratar de controlar una situación que parecía irse de las manos. Tras un mes de combates, el asalto final al casco urbano provocó la lucha callPersonas ejecutadas en la represión de la Comunae por calle y casa por casa, aguantando como pudieron los irredentos parisinos el chaparrón que los poderes establecidos enviaron en su contra para cortar de raíz una insurrección que bien podía haberse extendido al resto del país, en una suerte de nueva Revolución como la de 1789, pero de corte más popular. La Comuna fue reprimida con extrema dureza, en la llamada Semana Sangrienta entre el 21 al 28 de mayo de 1871. El balance final fue de unos 30.000 muertos (muchos de ellos ejecutados en la sumaria represión subsiguiente al levantamiento) y el sometimiento de París a la ley marcial durante cinco años. Era el precio por sublevarse contra el poder establecido desde arriba, por mucha forma republicana que éste tomase. Contra el poder del Estado no cabía oposición y así se encargó de recordárselo el gobierno de Thiers a los rebeldes parisinos. Los cimientos del Estado habían temblado y estado a punto de derrumbarse por el estallido de ira popular, hastiada ya la población de la presión a que le sometió el Estado durante años, que tuvo su guinda final en una guerra a la que les condujeron las clases elevadas,

El movimiento obrero, que por entonces no estaba escindido en anarquistas y marxistas, celebra este acontecimiento como la primera toma de poder de las clases proletarias en la historia de Europa occidental. Para Marx fue el primer ejemplo concreto de una dictadura del proletariado en la que el Estado es demolido y abolido, pero su rival intelectual Bakunin respondió que al no depender de una vanguardia organizada y no haber arrebatado el poder al Estado francés o intentado crear un estado revolucionario, la comuna parisina era anarquista. Cada cual barría para casa, como podemos comprobar.

 
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