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CONGO, COTO PRIVADO

En el siglo XIX, durante el desvergonzado reparto europeo de África, el Congo, cuyo territorio albergaba grandes riquezas (o alberga, si es que algo le dejaron los sicarios del rey de los belgas) fue entregado al rey Leopoldo II de Bélgica (1835-1909), quien lo gobernó durante décadas con mano de hierro, como si se tratara de su hacienda privada. Una vez leí que este monarca era uno de los grandes genocidas de la Historia, a la altura de campeones sin tacha, como Hitler, Mao o Stalin. No es para menos: en la desaforada búsqueda de caucho, marfil y minerales, los belgas asLeopoldo II, genocida reconocidoesinaron a más de 5, 10 ó 15 millones de congoleños en los primeros 30 años de su dominio (el número varía según las fuentes, en todo caso una barbaridad de víctimas).

Leopoldo II, había enviado emisarios por todo el mundo para que informasen sobre la existencia de regiones ricas donde poder asentar sus reales y explotar a gusto y sin cortapisas. Ansiab territorios sólo para él no como parte de un imperio belga a formar, sino para establecer una especie de "coto privado" en el que poder actuar con total impunidad. Stanley (el de la famosa frase "¿el Dr. Livingstone, supongo?") fue uno de esos emisarios a sueldo.

El dominio belga fue sanguinario, incluso para los brutales estándares del colonialismo europeo en África. La explotación de los recursos económicos del Congo mientras fue propiedad de Leopoldo II, fue la historia de una sangría humana, una de las mayores de la historia contemporánea. y miren vds., que las ha habido para todos los gustos, a cual más bestial. Las dos guerras mundiales sin ir más lejos. En dicha explotación se utilizó exclusivamente mano de obra indígena en condiciones de esclavitud.

Leopoldo II se dedicó en Europa a disfrazar de altruísmo su "obra", en defensa del libre comercio y lucha contra el comercio de esclavos. Pero al tiempo, en un alarde de hipocresía cruel, dictaba normas por las que expropiaba a los pueblos indígenas congoleños de todas sus tierras y recursos e incitaba a su ejército privado, la Fuerza Pública, a servirse de todo tipo de vejaciones, torturas, secuestros y asesinatos para someter a la población a los trabajos forzados que, en un brevísimo periodo de tiempo, hicieron de este monstruo uno de los hombres más ricos del mundo. El rey, através de sus acólitos, hizo instaurar un régimen de terror, en el que fueron frecuentes los asesinatos en masa y las mutilaciones.

Después de que John Dunlop inventara los neumáticos de caucho, la demanda mundial de látex, su materia prima, se había disparado en la industria automovilística y de bicicletas, y se inició una carrera comercial internacional para dominar el mercado. Y Leopoldo fue de los primeros que controlaron este lucrativo negocio.

Para aumentar la producción, los soldados del Estado Libre del Congo cobraban primas en función de las cantidades suplementarias de caucho recolectado, lo que les incitaba a endurecer cada vez más los métodos de presión sobre los trabajadores. Cercenar las manos a la altura de las muñecas se hizo tan habitual, que los brutales capataces y negreros las usaban como moneda informal. Pero también cortaban orejas, decapitaban y amenzaban o les hacían lo mismo a las familias de los resistentes. Había órdenes tajantes de doblegar la voluntad del indígena como fuese en aras del enriquecimiento de Leopoldo. Las condiciones de vida, y trabajo eran miserables. Eran muchos los que sucumbían víctimas del hambre, de las enfermedades y de los malos tratos. Nunca hubo dudas que Leopoldo II (que nunca estuvo en Africa) conocía de primera mano lo que allí pasaba, pues "preocupado" por la muerte de muchos trabajadores a causa de las brutales condiciones, con lo que descendía alarmantemente la mano de obra, y por ende, la producción, sugirió que se empleara también a niños para el trabajo. Y se quedó más ancho que largo.

Para financiar su monumental negocio, el monarca se sirvió de la estafa y del engaño sobre su supuesta obra civilizadora, consiguiendo aportaciones y préstamos que nunca devolvería, de todo tipo de empresas, instituciones y del propio estado belga. El embuste fue gigantesco. Creó su propia empresa para la extracción del caucho y marfil, y concedía tierras a empresas privadas a cambio de un porcentaje sobre los beneficios. Después del declive del caucho, tomará especial importancia la explotación minera iniciada por las compañías concesionarias de Leopoldo II, como la Compañía del Katanga, creada en 1891. Un auténtico lince para, los negocios, el angelito.

Durante demasiado tiempo, este montaje quedó impune. Desgraciadamente no es lo mismo matar europeos que africanos. Pero ya había sospechas desde que en 1890, el misionero americano G.W. Willians denunció las brutalidades de las que fue testigo directo. La mayor parte del pueblo belga debió permanecer ajeno a los criminales y facinerosos tejemanejes a los que se entregaba aquel que les gobernaba por la gracia de Dios. La publicación en la prensa de los relatos y datos recogidos por escritores como Mark Twain y Joseph Conrad, misioneros como Willians Sephard, diplomáticos como el británico Roger Casement (cuyo Informe, público al año siguiente, tuvo un impacto considerable en la opinión pública) , y sobre todo los trabajos de Edmund Dene Morel consigueron finalmente, que los gobiernos europeos y EEUU comenzaran a investigar y oponerse al exterminio sistemático que se estaba llevando a cabo en el Congo.

Siguiendo el hilo, se llegó al ovillo, que no era otro que el rey, pero desde su cómoda posición, lo único que pudieron hacer fue desposeerle, dentro de los posible, de su hacienda privada. Las consecuencias inmediatas de esos informes se limitaron al arresto de algunos soldados del Estado Libre acusados del asesinato de centenares de congoleños en 1903. El rey Leopoldo, pese al escándalo, mantuvo su control sobre el Congo hasta 1908, fecha en la que el parlamento belga, no pudiendo hacer más oídos sordos al sonoro rechazo internacional, obligó a Leopoldo a ceder sus dominios del llamado (con mucha sorna, desde luego) Estado Libre del Congo, quedando todo el territorio bajo la autoridad del gobierno, pasado a llamarse Congo Belga. Cuando el gobierno belga tomó en sus manos la administración, la situación en el Congo mejoró de manera significativa. Los cambios económicos y sociales transformaron el Congo en una "colonia modelo", aunque eso sí, bajo un sistema colonialista de corte paternalista. Las condiciones de los nativos ciertamente se suavizaran, pero su rol de semi-esclavitud se mantendría prácticamente hasta el día de su independencia.

 
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