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Revista de Historia Antigua

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Origen de los maronitas
Alejandro, hijo de Zeus
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¡¡Por Endovellico!!
Retógenes Caraunio
Tomiris y los masagetas
Nearcos, almirante macedonio
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ALEJANDRO, HIJO DE ZEUS

 

Dice la leyenda que allá por el año el año 357 AC, un Faraón egipcio al que los griegos llamaban Nectanebo, visitó la corte de Filipo II, Rey de Macedonia. Era un consumado mago quien sedujo en secreto a Olimpia, Princesa de Epiro y esposa de Filipo.
Aunque en ese momento, ella lo ignoraba, el mago era en realidad el dios que los egipcios llamaban Amón-Ra, los griegos Zeus, y los Sumerios, Marduk, quien había ido hasta ella disfrazado de Nectanebo. Y así fue que su hijo Alejandro resultó ser el hijo de un dios.

A Alejandro le preocupaban los rumores de que, en realidad, no era hijo de Filipo, sino el fruto de una unión ilícita entre su madre y Amón-Ra. Y las tensas relaciones entre Filipo y Olimpia sólo sirvieron para confirmar las sospechas.

La Historia nos dice que en 331 AC, Alejandro se dirigió a Egipto, donde fue recibido como un libertador, y sin perder más tiempo, se dirigió hasta el Gran Oasis de Siwa, sede del Gran Templo y Oráculo de Amón-Ra, en el noreste de Egipto. Se creía que los primeros Faraones egipcios eran hijos de Amón, y Alejandro, el nuevo dirigente de Egipto, quería que el dios le reconociera como su hijo. Allí, el mismo dios le confirmó a Alejandro su verdadero parentesco y que moriría joven, así reafirmado, los Sacerdotes Egipcios lo deificaron como Faraón, a lo que se añadieron una serie de manifestaciones divinas: Zeus hizo caer lluvia benéfica y unos cuervos hicieron de guías a la pequeña tropa extraviada por el desierto. De ese modo, su deseo de escapar a su destino mortal se convertía no en un privilegio, sino en un derecho.

Dos textos documentan el encuentro del rey macedonio y el profeta egipcio: el de Plutarco y el de Diodoro de Sicilia. Pero la consulta de Alejandro en el interior del templo fue secreta y sin testigos inmediatos, por lo que la tradición ha manipulado estos detalles. Tras saludar al gran sacerdote Zammon, Alejandro fue admitido a solas ante la propia efigie del dios a la que se le atribuía la posibilidad de moverse, hablar, y aceptar o rechazar los papiros en los que se escribían las preguntas. Alejandro preguntó: "Decidme, oh Zeus, ¿venceré a mis enemigos?". Y Amón le contestó "El imperio del mundo te pertenece. Tu siempre vencerás hasta el día que seas llamado al cielo". Reafirmado en sus poderes, abandonó el templo y el Magno se despidió de Zammon diciéndole: "Dios es el padre común de todos los hombres, pero por una predilección que deriva de su ser perfecto, elige entre los mortales solo a los mejores. ¡Sólo ellos pueden proclamarse en verdad hijos suyos!".

Situada a veinte metros por debajo del nivel del mar, el tesoro de Siwa son sus trescientas lagunas naturales y el enorme vergel de olivos y palmeras que se extiende como un milagro por toda la región. El agua, principio de la supervivencia, originó un espacio civilizado y sació la sed de Alejandro Magno en una fuente de dátiles y sabiduría única en el mundo. Otra leyenda relata que una mañana de febrero del año 331 antes de Cristo, al amanecer, cuando los dos soles de Siwa (el real y el que se refleja en el gran lago) apuntaban a la mañana, Parammon, uno de los sacerdotes más jóvenes del Oráculo, divisó dos cuervos aproximándose desde el norte. Según las profecías, esa era la señal que anunciaba la llegada del hijo de Dios. El resto de religiosos, con la cabeza rasurada y una túnica de hilo blanco hasta los pies, preparaban el sacrificio del día y se aplicaban a las labores rutinarias del templo entre salmodias y letanías, ajenos al suceso. Casi derrotado por el desierto, a sólo unas horas de distancia, Alejandro, con veinticinco años y entumecido por culpa de una larga noche fría, se acercaba siguiendo el vuelo de dos cuervos. Llegó acompañado de sus cronistas y de un pequeño ejército, casi desnudo y muerto de sed.

Alejandro fue uno de tantos gobernantes de la antigüedad que declaró abiertamente su filiación divina, haciéndose adorar en vida.

El día 1 de febrero de 1995, los periódicos de todo el mundo comunicaban que dos días antes, a 25 kilómetros del oasis egipcio de Siwa, cerca de la frontera con Libia, la arqueóloga griega Liana Souvaltzi había hallado el lugar donde reposaba la momia de Alejandro. La delegación griega que había visitado el oasis de Siwa en febrero del año 95 no encontró sin embargo ninguna prueba de que allí estuviera el cuerpo de Alejandro. Los trabajos llevados a cabo no habían aportado ninguna certeza mínimamente razonable. Y a finales de 1996, el Consejo Superior de Antigüedades Egipcias acordó por unanimidad suspender definitivamente las excavaciones.

Parece que más cerca de la realidad es que su general y amigo Ptolomeo interceptó el paso de la carroza fúnebre y la desvió hacia Menfis. Posteriormente, la momia real, en su sarcófago de oro, con la cabeza hacia el sol poniente, fue depositada en un hipogeo en el centro de Alejandría, la ciudad que fundó al regresar, deificado, del oasis de Siwa.

 

 
 
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