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Revista de Historia Antigua

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LA FALCATA IBÉRICA

La falcata es una espada de acero, con filo curvo, aparentemente originario de las tierras donde floreció la cultura ibérica en el zona mediterránea de la Península Ibérica. Y digo aparentemente, porque numerosos estudios sitúan su origen en el ámbito griego, un arma conocida como kopis. Si fuese cierto que este arma fue introducida en la península por los helenos (que puede ser), no es menos cierto, que fue adoptada por los pueblos íberos y transformada según los gustos locales, y además mejorada sensiblemente. He visto en cerámicas de origen griego, figuras que portan falcatas (quizás más bien fuesen kopis griegos), pero no estoy en condiciones de asegurar que no fuesen exportadas desde la Península Ibérica a través de contactos entre colonizadores helenos e indígenas levantinos o si el flujo fue en sentido contrario. Lo que sí entra dentro de la posible y muy probable es que los maestros herreros ibéricos la hicieron más apta para el uso militar de sus guerreros. Como resultado de esta adaptación en suelo hispano, el proceso desembocó en la creación de la famosa falcata ibérica.

Existe algún mosaico en el que aparece Alejandro Magno y sus compañeros cazando leones, y alguno de ellos porta una espada de este tipo.


Es un arma cuyos ejemplares ya estaban muy extendidos antes del desembarco romano no solo en el área ibérica, sino también en zonas del interior de la Meseta donde la cultura celtibérica era mayoritaria, y en donde convivía sin problemas con las largas espadas de antenas de tradición céltica características de la Edad del Hierro. No obstante, el 90 % de ellas se han encontrado en el norte de Andalucía y en Levante.

Sus dimensiones de medio metro aproximado de longitud, le asimilan a la espada corta romana, el gladius. En realidad no había dos falcatas iguales, ya que se fabricaban por encargo, y sus forjadores tenían que tomar medidas, como en un traje a medida, ya que su longitud dependía de la medida del brazo de su dueño

La falcata ibérica fue un arma muy apreciada entre las legiones romanas, cuyos herreros posiblemente la tomaron como modelo para rediseñar la tradicional espada romana. Los romanos quedaron impresionados por la calidad del material y del diseño de la falcata ibérica, tanto por su capacidad de corte como por su flexibilidad. Los maestros armeros la colocaban sobre sus cabezas doblándolas hasta que la punta y la empuñadura tocaban sus hombros. La hoja era tan flexible que no se rompía sino que volvía a su posición original.

El proceso de manufactura de estas armas era un tanto especial y siguiendo una técnica desconocida hasta entonces por los romanos, ya que los herreros ibéricos trataban el hierro enterrando las planchas bajo el suelo entre dos y tres años, lo que generaba una oxidación que lograba eliminar las partes más débiles. Los análisis modernos realizados en algunas falcatas ibéricas demuestran que la calidad del acero así obtenido (por oxidación del hierro bajo tierra) está entre pobre y aceptable, pero nunca muy buena.

Finalmente la hoja se forjaba uniendo en caliente tres láminas de hierro. La lámina central presentaba una prolongación que se convertía en la empuñadura, desplazada hacia un lado del eje de simetría de la espada. La empuñadura podía decorarse con planchas de hueso o marfil, en función de la jerarquía del portador y dueño de la falcata. La hoja presentaba en ocasiones acanaladuras en el filo, que permitían aligerar el peso del arma, así como una decoración en damasquinado.

Su forma curvada sugiere su empleo como arma de filo, pero algunos ejemplares recuperados presentan contrafilo, que es el filo del borde contrario al filo principal, y que ocupa casi el tercio más próximo a la punta. También parece que se utilizó como arma de estocada, debido a esta característica.

La empuñadura tiene una forma muy particular, ya que se recurva hacia el filo para proteger los dedos de la mano de quien la esgrime. Habitualmente presenta una talla de animal, generalmente caballos y aves, probablemente recuerdo de antiguos cuchillos ceremoniales cuya primitiva forma de hoz acabó originando la falcata como utensilio de guerra.

Durante los primeros encuentros de las tropas romanas con los indígenas hispanos, y algo sorprendidos los romanos (expertos guerreros) por la potencia de corte de las falcatas, se procedió a reforzar con hierro los escudos y armaduras de los legionarios para soportar con mayor eficacia un ataque con armas de estas características, cuya tecnología fue rápidamente asimilada por los ejércitos republicanos de Roma.

Como la falcata ibérica se fabricaba en exclusiva para su dueño, una vez fallecido éste, y si las condiciones lo permitían, era enterrado con ella, previamente inutilizada para que nadie después pudiese beneficiarse de su uso y disfrute. La inutilización de la falcata formaba parte del ritual del paso al más allá del guerrero muerto, y si era en combate, mejor que mejor, pues no en vano era lo que los fogosos hispanos anhelaban.

La falcata estuvo en uso durante unos 500 años, hasta que su utilización decayó durante el siglo I a.C., debido sobre todo al desarrollo de nuevas técnicas de armas combate basadas en la distancia, como las lanzas, los arcos, las jabalinas y las hondas, por lo que la falcata pasaba a ser un arma de combate secundaria en la infantería.

 
 
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