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Revista de Historia Antigua

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CICERÓN VERSUS PUBLIO CLODIO

Publio Clodio Pulcro fue un político romano tardorrepublicano, nacido en 92 a.C. y asesinado por una facción rival en 52 a.C. en unos disturbios callejeros. Era hijo de  Apio Claudio Pulcro y de  Cecilia Metela Baleárica, un niño de familia bien, cuya familia era muy rica y que formaba parte de la más rancia nobleza romana. Pero su instinto barriobajero, que lo tenía, y muy desarrollado, le hizo cambiar la pronunciación de su nombre original, Claudio, a Clodio para adaptarlo a la de sus queridas  clases bajas. Casó con  Fulvia, posteriormente esposa de Marco Antonio y tuvo una hija, Clodia Pulcra, primera esposa de Octavio y con la que estuvo muy brevemente unida en matrimonio. Personalmente la figura de Clodio me recuerda mucho a la de César, pero desprovista ésta última del componente "gamberro" de Clodio.

Luchó en la  Tercera Guerra Mitridática a las órdenes de su brutal cuñado, el enérgico Lucio Licinio Lúculo. Pero "enreda" como era, Clodio instigó una revuelta de los soldados porque pensaba que Lúculo le trataba con escasa consideración. En Siria casi pierde la vida durante un motín, del que posiblemente fue de nuevo instigador. Un angelito. Regresó a Roma en 65 a.C., y procesó a Catilina por  extorsión, pero éste, conociendo la reputación de Clodio, dio la vuelta a la tortilla, sobornándole, consiguiendo la absolución. No parece que Clodio estuviera implicado en la conjura de Catilina de  63 a. C. Incluso parece que prestó ayuda a Cicerón, posteriormente su enemigo más implacable.


La fecha clave en la vida de este provocador nato fue el mes de diciembre de  62 a. C. En esa fecha, enamorado de la frívola mujer de Cayo Julio César, Pompeya Sila, no se le ocurrió otra cosa que asistir a los misterios de la Bona Dea, que sólo admitía a mujeres y que estaba absolutamente prohibido a los varones, disfrazado de mujer. Fue descubierto por la madre del pontífice maximo (César), Aurelia. Fue llevado a juicio, pero evitó la condena sobornando al jurado. Julio César se divorció de Pompeya Sila a consecuencia del hecho, porque aunque pensaba que ella no le había sido infiel, para él no bastaba que la mujer del César fuese honesta. También debia parecerlo.

Las violentas declaraciones públicas que hiciera Cicerón como acusación pública durante el juicio por el sacrilegio de la Bona Dea debieron hacer surgir la animadversión entre ambos. La mayor parte de los datos biográficos de Clodio porceden de Cicerón quien, evidentemente, no le deja muy bien parado, lo que para nosotros es un problema, pues es difícil buscar y encontrar un mínimo atisbo de objetividad en la vida de Publio Clodio.

La visión que se ha tenido de Publio Clodio hasta hace muy poco es la de un facineroso dispuesto a utilizar cualquier recurso, violento las más de las veces, con tal de lograr el asalto al poder. Es la imagen de un tipo ambicioso al servicio de los poderosos, marioneta de Pompeyo, Craso o César, traicionando a uno u otro según sus intereses personales, por lo que tampoco podemos tacharle de simple marioneta, puesto que tiene sus propios objetivos. Es un hombre sin escrúpulos, que no tiene problema en poner en un brete a los mejores ciudadanos, entre los cuales, se encuentra Cicerón, que es quien nos ha transmitido estos rasgos execrables de la personalidad de Clodio: un monstruo depravado proclive a desviaciones mal vistas por la sociedad como inclinaciones homosexuales, incestos, travestismos, asesinatos y otras atrocidades. En fin, un individuo cuya violenta muerte a manos de otro demagogo, Milón, fue justo castigo a su perversidad y depravación. Este sombrío cuadro de la personalidad de Clodio procede de la leyenda negra que Cicerón tejió contra él.

Es posible, pero no lo sabemos con certeza, vistos los datos biográficos tan sesgados que nos han llegado de su vida, que desde su adolescencia se habría mostrado como un ser impúdico y vicioso por naturaleza, un adúltero que, sin importarle un comino el escándalo que levantan sus actos, comete incesto habitualmente con sus hermanas. Ya hemos visto como comete sacrilegio, introduciéndose disfrazado de mujer en los ritos sagrados de las mujeres romanas de la Bona Dea, buscando satisfacer su lascivia en la persona de la esposa del pontífice máximo, Pompeya Sila y Cayo Julio César, respectivamente.

En asuntos ya decididamente políticos, y según las mentes bien pensantes, Clodio es de los que intentan destruir la República oligárquica y conservadora al pretender cambiar algún elemento del orden establecido. En la invectiva ciceroniana Clodio es perfectamente equiparable a Catilina, aquel noble que urdió una conspiración que a punto estuvo de derribar la República tal y como la concebían sus dirigentes. Se consideró también a Clodio incluso el sucesor del conspirador más famoso de la Roma republicana. Clodio utiliza según Cicerón, las mismas tácticas, tiene el mismo programa político que Catilina e incluso se vale de los mismos seguidores que el fallido conspirador que trató de cancelar las deudas, entre otras medidas demagógicas. La calumnia y el insulto se cebaron en Clodio, pero no podemos pretender que éste fuese un santo, sino un producto más de la situación política romana del último siglo antes de nuestra era. Clodio actúa en un momento en el que la República estaba en plena descomposición y donde los más fuertes pugnaban por un poder similar en cierto modo al monárquico, sin quererlo llamar así y deseando mantener la apariencia republicana. En la biografía de Publio Clodio, ni la verdad ni la objetividad tienen hueco. Aquí sí que es cierto aquello de que "todo es según el color con que se mira". Y el colorcito de marras es el de su archienemigo Cicerón. A Cicerón le odiaban tanto Clodio como Fulvia, su esposa (entre otros muchos personajes de la Roma de entonces), y cuando ésta se casó con Marco Antonio y tuvo oportunidad, pidió a su marido que el cadáver del gran abogado, político, orador de Arpino fuese mancillado, en venganza de todas las injurias recibidas. Sus manos cortadas, fueron clavadas en la puerta del Senado y su lengua atravesada de forma significativa por un clavo, después de ser asesinado en los acontecimientos que siguieron a la muerte de César. Marco Antonio también se la tenía jurada y se encargó de buen grado que el cadáver de su enemigo Cicerón sufriera estas mutilaciones.

Parece que Clodio era mucho más popular e influyente políticamente que Cicerón en su época, algo que podría justificar la persecución dialéctica a que sometió el segundo al primero. Lo malo del caso de Clodio es que la historiografía moderna ha aceptado la visión ciceroniana casi sin reservas, y toma partido por el Padre de la Patria (como se autodenominó Cicerón, cuando logró desbaratar la conjura de Catilina), como defensor del orden frente al violento y revolucionario tribuno de buena familia. Pero parece que Clodio no era tan revolucionario, pues no olvidemos que a pesar de su actitud provocadora y demagógica, pesaba en él su pertenencia a la clase alta romana, y que además recibió apoyos de muchos correligionarios, sin cuya ayuda no hubiese alcanzado el importante rol político desempeñado. Era una especie de fuerza de choque que los más poderosos se encargaban de alquilar a golpe de talonario (en Roma el que más y el que menos aceptaba sobornos de diversa cuantía por prestar sus servicios, como César sin ir más lejos), sin olvidar que el propio Clodio tenía también sus propios intereses y que se arrimaba en cada momento al sol que más le calentaba, o que más beneficios económicos y políticos le proporcionasen. Clodio renunció a su estatus de patricio para poder presentarse a las elecciones a tribuno de la plebe, magistratura vedada a los patricios y que solo podía ser ejercida por un plebeyo.

Trabajos especializados en los últimos años sobre Publio Clodio tratan su figura de forma objetiva, en la que podemos ver a Clodio como un político hijo de su época, que puso en marcha tácticas novedosas y la utilización sistemática y coordinada de la plebe urbana, algo que hacía también en los mismos días el propio César, quien utilizó al Clodio tribuno de la plebe para conseguir trepar al máximo poder que le permitían las leyes de la República. Según Benner «hay que colocar a Clodio al lado de políticos como Mario, Sila, Pompeyo y César. Le faltó el esplendor del general victorioso, la gloria del organizador provincial o el olfato del estadista genial y “divino”, pero demostró su singularidad en el marco de la política cotidiana en Roma».


 
 
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