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Revista de Historia Antigua

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LIVIO DRUSO, EL AMIGO DE LOS ITÁLICOS

 

Marco Livio Druso, llamado el Joven, para diferenciarle de su padre, del mismo nombre, fue un político y militar romano, que logró sobrevivir a la devastadora derrota que sufrieron las legiones romanas en la batalla de Arausio (105 a.C.) en la Galia frente a una invasión de pueblos procedentes del norte de Europa, los cimbrios y teutones. El pánico se adueñó de la Urbe, que temió una nueva invasión como la celta del 390 a.C. Pero Cayo Mario, elegido cónsul por segunda vez (y después varias veces más, in absentia, esto es, mientras estaba lejos de Roma restableciendo el orden en la provincia transalpina) reformó el ejército, profesionalizándolo e incorporando a las últimas clases de Roma dentro del ejército, a pesar de la oposición y escándalo de gran parte de la nobleza y en general de los ciudadanos de las primeras clases. Aprovechando con gran eficacia estas reformas y dado que era un genial estratega militar, Mario logró vencer a estos pueblos germánicos en las batallas de Aquae Sextiae (102 a.C.), en las que acabó con los teutones y Vercellae (101 a.C.), en la que venció a los cimbrios, a estos últimos ya en el valle del Po, en lo que se conocía como Galia Cisalpina.

Pero vayamos a Marco Livio Druso. Fue dado por muerto en Arausio, al igual que otros oficiales más de las legiones, entre ellos, algunos nobles itálicos, con los que trabó amistad y por los cuales se fue informando del descontento existente entre los aliados por la situación de discrimininación que sufrían los auxiliares itálicos con respecto a los romanos, cuando en realidad no existían diferencias ni étnicas ni culturales. Solamente (pero nada más y nada menos) la restringida ley de ciudadanía romana se interponía entre la igualdad de la potencia rectora peninsular con los aliados itálicos. Pero esa discriminación hacía que la brecha entre ambas comunidades se ensanchase cada vez más. Los itálicos habían colaborado como el que más en la gran expansión romana del siglo II a.C., y en buena lógica, se veían con todo el derecho del mundo a participar de los beneficios que proporcionaba el estatus jurídico de ciudadanos romanos. Pero no era así, ya que el Senado romano se negaba una y otra vez a conceder dicho codiciado título a sus aliados, a pesar de las continuas reivindicaciones efectuadas desde todos los rincones de Italia.

Livio Druso formaba parte de la nobleza patricia romana, la de más rancio abolengo, ésos que se consideraban descendientes directos de los fundadores de la ciudad, de los compañeros de Rómulo. Fue un hombre de firmes convicciones conservadoras cuyo pensamiento fue evolucionando a lo largo de los pocos años que vivió, una evolución intelectual que posiblemente tuvo su origen en el desastre de Arausio, donde las disputas entre los comandantes de las legiones, pertenecientes a la nobleza romana, fueron la causa inmediata de la derrota. Fue elegido tribuno de la plebe en 92 a. C., y al contrario que su padre Marco Livio Druso el Censor, siguió una política favorable a la plebe, aunque desde posiciones aristocráticas y la poltrona senatorial.

En el año 91 a.C., Livio Druso trató de conceder la ciudadanía de pleno derecho (optimo iure) a los aliados itálicos (socii), que ya planteaban repetidamente sus peticiones desde la época de Tiberio Graco, tribuno de la plebe que se hizo célebre por el radicalismo de sus planteamientos, lo que le llevó a la muerte. Druso también trató de la fundación de colonias para veteranos de guerra y planteó la reorganización de los tribunales, retirando el mando de los jurados al orden ecuestre. En compensación por su ley judicial, hizo incluir entre los senadores un número de caballeros igual al de los Padres Conscriptos, pero no hizo más que irritar a ambos órdenes, a pesar de su buena fe.

Presentó una lex frumentaria demagógica y devaluó la moneda, con lo que enriqueció al Tesoro y alivió las deudas, a costa de los caballeros, que eran acreedores universales. Druso ofreció un acuerdo secreto a los aliados italianos a través de los notables itálicos (como Quinto Popedio Silón, líder marso) con los que contactó después de Arausio, prometiendo la ciudadanía romana para todos, a cambio de que corrieran con los gastos de la nueva distribución de tierras, una ley de Reforma Agraria más radical que la anterior de los hermanos Graco. Sin embargo, se opusieron los terratenientes, que evidentemente opusieron todas las trabas posibles para no perder sus tierras, pero también la plebe de Roma, que no querían ver igualados sus derechos por los itálicos.

Sus propuestas, aunque provenían de un noble poco sospechoso de radicalismo (a pesar de la lex frumetaria que impulsó), sobresaltó a algunos sectores conservadores del Senado romano. En 90 a.C. fue asesinado de una certera puñalada en el bajo vientre que resultó mortal de necesidad (no se conoce la autoría del asesino, pero cualquiera pudo ser, dada la gran cantidad de enemigos que se había ido forjando durante su tribunado). Su muerte fue el detonante de un conflicto que ocasionó muchos muertos y estuvo a punto de resquebrajar el Estado romano. Los itálicos, muerto aquél en quien habían depositado sus esperanzas de mejora de sus estatus jurídico en la República oligárquica romana, perdieron definitivamente la paciencia y cambiaron sus reivindicaciones pacíficas por las violentas. Se rebelaron y formaron una confederación independiente, con capital en Corfinio, a la que se concedió el nuevo nombre de Itálica, eligiéndose un Senado independiente del romano, compuesto por 500 miembros y con acuñación de moneda propia.

No vamos a entrar en el sangriento desarrollo de la guerra de los Socii, pero a pesar de la derrota itálica después de 3 años de lucha sin cuartel, Roma terminó concediendo la ansiada ciudadanía, en primer lugar a aquéllos que no se habían sublevado, y posteriormente a todos los itálicos, con tal de que se sometieran a la férula romana, de la mano de la promulgación de la Ley Plauta Papiria (89 a.C.). Fue necesaria una guerra fratricida para que las reivindaciones pudiesen llevarse a buen puerto. A pesar de todo, todavía fue necesaria una última campaña militar para someter a las poblaciones de montañeses de la Italia central, que desconfiando de la propuesta romana, se negaban a rendirse.

 
 
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