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Revista de Historia Antigua

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LA CONJURA DE CATILINA

En el año 63 a.C. hacía ya 15 años que había muerto el dictador Lucio Cornelio Sila, tras haber dimitido de su cargo, algo inaudito. Sila trajo el terror a Roma en forma de proscripciones, y dictó una legislación nueva muy conservadora, que favorecía sobremanera a la clase senatorial a la que el mismo Sila pertenecía, con la prohibición de los tribunos de la plebe como referente principal.

Desde el año 70 a.C. se empieza a cuestionar la legislación silana por parte de los senadores con propuestas más favorecedoras a los derechos del pueblo, a los que se llama populares en contraposición a los que favorecen los derechos de la nobleza y autodenominanados boni u optimate (los hombres buenos). LucCicerón acusa a Catilinaio Sergio catilina era uno de esos senadores populares, muy ambicioso y a la par cargado de deudas, de las que quería librarse, para lo cual consideraba la guerra civil como laúnica forma de hacerlo.

Cayo Julio César, pese a su juventud (37 años), era en aquellos tiempos el político más capaz e influyente en el pueblo, el verdadero líder del partido popular. aunque el verdadero "padrino" de la política de Roma era Cneo Pompeyo. Marco Licinio Craso, rival de Pompeyo, es el hombre más rico de Roma, aspiraba además a ser el más influyente, y se acerca a César al que presta apoyo financiero ilimitado en las elecciones y en sus extravagantes gastos.

Catilina ya se había intentado presentar al consulado en el año 66 a.C. pero sus muchos enemigos maniobraron hábilmente para impedir su elección pues se le acusaba de malversación durante su propretorato en el norte de África. Erre que erre, Catilina se volvió a presentar a la más alta magistratura, en el año 64 a.C., apoyado nada menos que por Craso y César. Las sospechas que despertaba Catilina, hombre de dudosa reputación, hicieron que perdiese las elecciones y un “hombre nuevo”, Marco Tulio Cicerón, alcanzase por primera vez desde Cayo Mario el consulado.

Catilina, iracundo ante la derrota de él, un patricio de la gens Sergia ante un miserable palurdo (Cicerón, un hombre nuevo que ni siquiera había nacido en Roma, según su razonamineto y el de otros muchos nobles de la Urbe), y con lo que se esfumaban sus posibilidades de cancelación de deudas, urdió un plan para alcanzar el poder de forma violenta, procedimiento que Salustio denominón “La conjuración de Catilina”. Pretendía tomar al asalto el Senado por medio de bandas arMarco Tulio Cicerónmadas y derrocar a los cónsules matando a aquellos senadores que no aceptasen el nuevo orden encabezado por él. Ni más ni menos.

Para ello, envió a su colaborador Cayo Manlio a reunir un ejército en Etruria mientras él reclutaba entre algunos aristócratas insatisfechos seguidores a su causa con promesas de altos cargos y grandes fortunas. Cicerón, mientras tanto no estuvo ocioso, y mantuvo una red de espías a su servicio que le descubrió informaciones muy reveladoras, que le libraron de un intento de asesinato pero le faltaban pruebas para desenmascarar los tejemanejes de Catilina.

Ante el aviso de Craso de que iba a haber una masacre de hombres importantes, Cicerón promulgó un edicto especial preparado para la ocasión: “senatusconsultum ultimum”, un edicto especial que daba poderes ilimitados al cónsul y suspendía las demás magistraturas como último recurso ante una amenaza al estado, algo que no gustó demasiado a muchos senadores. Pero Cicerón, que era un gran jurista, supo dar las vueltas pertinentes para su aprobación por la Cámara.

Sin embargo el día 28 de octubre del 63 a.C. no se produjo la masacre anunciada lo que dejaba a Cicerón en una posición débil y más solo que la una en sus acusaciones. El 8 de noviembre Cicerón cogió el toro por los cuernos y acusó en el Senado a Catilina de ser el instigador de la rebelión en un discurso elocuente de ésos que solamente Cicerón sabía pronunciar, lo cual acabó de convencer a los senadores. Catilina, puesto en evidencia gracias a la genial oratoria del cónsul, fue abandonado por sus seguidores senadores, acto que resultó vergonzoso para un hombre orgulloso como Catilina quien tras despreciar agriamente a Cicerón huyó de Roma a uña de caballo para unirse a las tropas rebeldes de Manlio.

Mientras tanto la red de espías de Cicerón le informaba que muchos conspiradores permanecían aún en Roma con intención de causar daños. Incluso uno de los informadores del cónsul, acusó a Craso de haber enviado un mensaje a Catilina alentándole a seguir. Pero como Craso era muy poderoso y tenía muchos deudores entre los propios senadores, la opinión general fue que era mejor aplacarle antes que provocarle. Así que la acusación quedó en agua de borrajas.

La conjura terminó finalmente con la derrota de las legiones de Catilina y Manlio. Catilina se suicidó, dando fin a la conjura. Cicerón fue declarado “padre de la patria”, y durante toda su vida alardeó de haber salvado la República.

Pero todavía quedaba debatir qué hacer con los conspiradores detenidos en Roma. El 5 de diciembre se reúne el Senado, Cicerón pide a algunos senadores hablar primero y estos solicitan aplicar "el castigo supremo‟, aplicar la pena de muerte sin juicio en virtud de la vigencia del “senatusconsultum ultimum”. Pero César se marcó un discurso brillantísimo, en el que defendió la necesidad de juzgar a los acusados y no aplicarles la pena de muerte sin juicio previo, y apeló a las tradiciones por las cuales ningún noble romano era ejecutado, sino que se le exiliaba o retenía en alguna provincia como prisionero. Los senadores que habían pedido el castigo supremo, recularon y dijeron que tal castigo era el exilio, no la pena de muerte. Pero habló Catón, lider de los boni, quien con su verborrea incontenible y un discurso encendido vino a decir que una señal de clemencia sería tomada como debilidad, por lo que los acusados debían ser ejecutados. Catón y César fueron enemigos acérrimos toda su vida.

Se había aprobado la pena capital gracias a la intervención de Catón (posteriormente llamado de Útica). César no se rindió e intentó que se votase por separado la condena a muerte y la confiscación de bienes, pero su moción no prosperó y debió salir por patas del Senado ante los furibundos senadores. Veinte años no se fue tan de rositas como en esta ocasión y fue asesinado en las escalinatas del Senado por un grupo de senadores conservadores.

Cicerón, no fue aceptado por los optimate ni fue del agrado de la facción popular, aunque en los últimos años de su vida, tomó claro partido contra César y los populares.

 
 
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